22 Nov. 2018 | 07:34
22 Nov. 2018 | 07:34
Apostillas Mundialistas

No tuvimos nuestro maracanazo

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  • No tuvimos fiesta en Río de Janeiro. La pena es muy grande, sin embargo siento orgullo... 

    “El fragor de la lucha ya se extingue,
    por doquier, de la muerte la amargura.

    Ya el odiado enemigo se distingue
    alejándose de prisa en la llanura.

    Ya los fieros enemigos se alejaron,
    no resuena el ruido de sus botas,
    nos pasaron por encima y nos ganaron,
    nos dejaron en derrota.

    Perdimos, perdimos, perdimos otra vez.”

    Les Luthiers Volumen III

    No tuvimos fiesta en Río de Janeiro, no tuvimos nuestro maracanazo. La pena es muy grande ya que se nos escapó una buena chance para ser campeones del mundo. Sin embargo siento orgullo, agradecimiento hacia este grupo, no hay nada que reprochar. Vivimos un Mundial extraordinario, fue un mes hermoso, nuestra Selección nos dio grandes alegrías y estuvo a muy poco de darnos el gran regalo que todos esperábamos. Por todo esto es que el orgullo y el agradecimiento le ganan a cualquier otro sentimiento.

    Nuestro pintoresco grupo dejó todo en las tribunas. Tanto que Kingsley, como Patience Ogbeide perdieron cinco kilos cada uno durante los 120 minutos que duró el partido. Desde el minuto cero estuvieron bailando una danza tribal que convoca a los dioses para dar buena fortuna a los cazadores de su tribu cuando salen de sus aldeas para buscar alimento. Los once muñecos vudú con la camiseta de Alemania eran pisoteados a cada paso de este ancestral baile. No me queda ninguna duda que Sami Khedira sufrió los efectos de tan poderosa magia al quedar marginado a minutos de empezar el partido por una supuesta “descompensación”.

    El padre de los Mansilla estaba desorbitado. Repetía cual mantra futbolero: “Vaaaaamos que se puede, vaaaaamos que se puede”. La madre, la hija y el hijo, durante todo el partido tuvieron los dedos, las piernas y los brazos cruzados. Les resultó muy incómodo no poder beber agua ni poder ir al baño durante tanto tiempo. Pero ninguno se quejó. Al respecto me dijo la madre “¡mirá lo que meten estos pibes! ¿Y yo me voy a quejar? ¿No me voy a aguantar todo el partido doblada y con ganas de hacer pis?”.

    Sin dudas que cada uno de los hinchas de nuestra Selección aportó lo suyo, desde su lugar, para que obtenga la Copa. Preben no tuvo el regalo de cumpleaños que tanto deseaba, pero no se puede quejar, no se fue del todo perdedor de la cancha. Una hermosa teutona de su edad, conmovida por sus lágrimas del final del partido, le propuso ser su premio consuelo. Como imaginarán aceptó. Volvió recién hoy a la tarde, a minutos de nuestro viaje de regreso con una sonrisa que no le entraba en la cara. “Linda piba”, le dije. Mientras se ponía colorado me contestó: “Muy linda. Además, tenía una amiga…”. Me alegré por él. Si eso no es salir campeón del mundo, pega en el palo.

    Dicen por ahí que la vida es eso que sucede entre Mundial y Mundial. Ayer terminó el de Brasil… y faltan cuatro años para el de Rusia. Seguiremos viviendo nuestras vidas. Masticaremos más derrotas que victorias, ya que nunca la tuvimos fácil. Porque conocemos muy bien el sabor amargo de perder, es que sabemos disfrutar cuando nos toca ganar.

    Y quién te dice que no nos volvemos a ver en Moscú, en el 2018, tomando un vodka en plena Plaza Roja. Llenos de vida, palpitando nuestro corazón celeste y blanco, con cada partido que juegue la Selección argentina.-

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