19 Nov. 2019 | 08:01
19 Nov. 2019 | 08:01
Análisis

La economía argentina lateral

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  • A pesar de algunos “veranitos”, la tendencia de la economía argentina ha sido de caída en los últimos años.

    Por Roberto Feletti (*)

    En los mercados bursátiles definen un título-valor público o privado como de cotización “lateral” cuando su precio se mueve en serruchos de subas y bajas, pero en una curva descendente, porque el crecimiento no recupera el nivel del último descenso.

    Una mirada de ciclo largo sobre la evolución del PBI argentino, al menos desde la recuperación de la democracia al presente, refleja un comportamiento de expansión sostenida en un lustro y derrumbes pronunciados por imperio de las agudas crisis vividas en este lapso, siendo las más relevantes la hiperinflación de 1989 y el crack de la Convertibilidad en 2001.

    Sin embargo, a partir del año 2012, el PBI nacional ha asumido un comportamiento definitivamente “lateral”, con contracciones y expansiones interanuales acotadas, pero sin afirmar un sendero de crecimiento. Este desempeño se ha agudizado en el año 2016 y pareciera que ha ingresado en un tobogán que, de pronunciarse, puede repetir los colapsos antes citados.

    ¿Por qué razón la economía ha asumido, en los últimos ocho años, este desenvolvimiento de serrucho ondulado con tendencia a la baja, sin poder ser corregido por las políticas públicas aún de gobiernos de distinto signo?

    En un esfuerzo estilizado de poder vincular las políticas monetaria y fiscal de forma cuantitativa con el comportamiento del sector externo, reflejado en la variación de las reservas internacionales y el impacto sobre el PBI, elaboramos el cuadro que sigue, que relaciona las variaciones interanuales de los cuatro componentes referidos.

    El cuadro está dividido en tres etapas: el último bienio expansivo, 2010-2011, que marcó la recuperación de la crisis financiera internacional de fines del 2008, el período 2012-2015, de una economía regulada y administrada con restricción externa y, finalmente, el lapso abierto en 2016, signado por una economía desregulada y con abundancia de dólares financieros.

    Período 2010-2011

    La tasa de crecimiento promedio anual fue de 8 %. Se basó en un ordenamiento del sector externo a fines de 2009, caracterizado por tres elementos: apoyo de instituciones multilaterales (U$S 5.500 millones), utilización del excedente de reservas para el pago de la deuda (Fondo de Desendeudamiento por U$S 6.500 millones) y Canje II de la deuda en default (alcanzando el 92,4 % de reestructuración). La distensión externa alcanzada permitió una política de estímulos monetarios y fiscales expansivos, con tasas de crecimiento reales que operaban favorablemente en el aumento de la demanda. La contundente reelección de Cristina con más de 54 % de los votos dio inicio a un ataque especulativo de los mercados, que tensionó nuevamente al sector externo. La lectura de ese período revela que el orden en el balance de pagos permite una política monetaria y fiscal de estímulo, pero que, sin regulación cambiaria, las ganancias acumuladas en el ciclo de bonanza revierten la solvencia externa.

    Período 2012-2015

    Esta etapa estuvo nítidamente signada por lo que se denomina restricción externa y la tasa de crecimiento promedio anual fue de 0,4%. La caída de demanda de las manufacturas argentina en nuestra región, la disminución paulatina del precio de los productos primarios, el desequilibrio de divisas del sector energético en una economía fuertemente expandida y los vencimientos de deuda con los tenedores privados generaron una demanda de dólares que limitaba capacidad de importar insumos para continuar el crecimiento. A lo que debe agregarse la convalidación legal (“fallo Griesa”) del ataque especulativo de los “fondos buitres”.

    El control de cambios y la administración del comercio exterior fueron las herramientas dominantes en el lapso. Los estímulos monetarios y fiscales fueron sostenidos, rechazando tenazmente cualquier política de ajuste sobre el consumo interno para equilibrar las cuentas del balance de pagos. El uso de las reservas acumuladas en los períodos previos permitió este desafío. La conclusión es que una política monetaria y fiscal expansiva, en un contexto de restricción externa, impide consecuencias gravosas para el pueblo, pero acota las posibilidades de crecimiento económico.

    Período 2016-2018

    Este es un ciclo caracterizado por la apertura comercial y financiera y la desregulación de los mercados, que arroja una tasa de crecimiento promedio anual de -0,7 %. A diferencia del gobierno previo, Cambiemos decidió resolver la restricción externa con abundante endeudamiento público y desenvolverse con una cuenta capital del balance de pagos superavitaria por los préstamos internacionales y una cuenta corriente deficitaria por el aumento de las importaciones, el giro de utilidades y dividendos al exterior y los servicios de intereses abultados. Este devenir que tomó U$S 70.000 millones de los mercados para financiar una enorme renta financiera, que luego se giraba al exterior, desembocó en dos años y medio en una crisis. Cambiemos buscó amortiguarla con el ingreso de un préstamo “Stand By” suministrado por el FMI, cuyos desembolsos, hasta el presente, redondean los U$S 45.000 millones. Con la dilapidación de semejante shock externo -en la recomposición de ganancias extraordinarias para los agentes económicos más poderosos del país-, el gobierno de Cambiemos destruyó el activo heredado de un país desendeudado. Curiosamente, la política monetaria y fiscal sólo acompañó la expansión de esa enorme oferta de divisas en el año 2017, momento de las elecciones de medio término. En el resto, el comportamiento de esas políticas fue errático, no armónico entre sí, hasta concluir en el famoso programa “doble cero” (cero emisión monetaria/cero déficit fiscal). Esto directamente profundizó la catástrofe provocada en la economía real por la crisis externa, destruyendo el consumo como motor de la demanda. La conclusión de esta etapa es que un enorme shock externo, derivado del endeudamiento, que totalizó U$S 115.000 millones frescos, no estimuló por las vías monetaria y fiscal la expansión de la economía, sino que recompuso ganancias empresariales atesoradas en el exterior.

    El recorrido de la economía argentina en la segunda década del siglo permite plantear dos cuestiones. El ordenamiento del sector externo, o al menos su holgura por un influjo de recursos, es una condición necesaria para la expansión, pero no suficiente. A la vez, los estímulos monetarios y fiscales son claves para sostener el mercado interno, pero no poseen multiplicador al resto de la economía si se carece de una oferta de divisas razonable.

    La reflexión inmediata arroja que las políticas monetaria y fiscal deben armonizarse con las cuentas del balance de pagos. No obstante, esta obviedad, que ha costado la lateralidad de la economía argentina, debe ser leída al calor de la estructura de la economía real para preguntarnos cuán autónomos pueden ser la producción y el consumo argentinos respecto del ingreso de dólares en un país diverso, con recursos naturales esenciales como alimentos y energía, o, a la inversa, cuál es el equilibrio del sector externo necesario para impedir un freno a la expansión.

    Son respuestas más cuantitativas que cualitativas, pero que involucran la política de equilibrios macroecónomicos, la política exterior y las expectativas de consumo del pueblo argentino.-

    (*) Secretario de Economía y Hacienda de La Matanza y exdiputado nacional del Frente para la Victoria.

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