21 Oct. 2020 | 09:32
21 Oct. 2020 | 09:32
Análisis

La comedia argentina no es “Corazón loco”

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  • Es tremendo pensar que en 2020 tengamos que soportar la glorificación ruin de un personaje miserable secundado (un decir) por dos personajes femeninos que parecen definidos apenas por un solo adjetivo por cabeza (“la conchuda” y “la sumisa”).

    La más reciente (y más espantosa) película salida de la unión entre Adrián Suar y Marcos Carnevale.
    La más reciente (y más espantosa) película salida de la unión entre Adrián Suar y Marcos Carnevale.

    Por Juan Pablo Martínez (*)


    “Corazón loco”, la más reciente (y más espantosa) película salida de la unión entre Adrián Suar y Marcos Carnevale, pareciera marcar (o esperamos que así suceda) una especie de punto de quiebre dentro de la comedia mainstream local, algo cercano a un acabose que ojalá se lleve a cabo.

    Pero bien sabemos que el género, en su vertiente más industrial, ha sufrido todo tipo de tropezones durante más de 60 años, y el hecho es que encontrarse con un buen exponente de esto resulta más bien difícil.

    Lo más deprimente de todo es que, si nos remontamos al cine argentino clásico, donde reinaban directores como Carlos Schlieper y Manuel Romero, nos encontramos con películas no sólo brillantes sino totalmente de avanzada en lo ideológico. Es tremendo pensar que en 2020 tengamos que soportar la glorificación ruin de un personaje miserable secundado (un decir) por dos personajes femeninos que parecen definidos apenas por un solo adjetivo por cabeza (“la conchuda” y “la sumisa”: así, prácticamente, las describe la película) cuando en los años 40 teníamos a Mirtha Legrand y a Paulina Singerman viviendo vidas felizmente libertinas (la primera en “El retrato”, de Schlieper, 1947) o iniciando movimientos obreros un par de años antes de la llegada del peronismo (la segunda en “Elvira Fernández, vendedora de tienda”, de Romero, 1942).

    Después vinieron las dictaduras, vinieron Enrique Carreras y Abel Santa Cruz, vinieron la moral y las buenas costumbres y todo se destruyó hasta tal punto que incluso hoy en día la comedia industrial parece anclada en ideas totalmente rancias.

    De los 90 dominados por producciones espantosas y familieras a cargo de Telefe ni hablemos, y la vertiente cinematográfica de Pol-ka no le anduvo muy lejos en sus primeras producciones (no olvidemos -o sí, olvidemos- a “Cohen vs. Rosi”, una de las peores comedias de la historia del cine).

    Un poco más tarde llegó al cine Rodolfo Ledo y se trajo consigo toda esa desidia absoluta a la hora de hacer las cosas que lo caracterizaba en sus ciclos televisivos, y su opera prima, “Papá se volvió loco”, marcó otro hito de la “comedia industrial argentina de mierda”. Una película brutalmente misógina que tiene más de un punto en común con “Corazón loco” -al igual que la telecomedia “Naranja y media”, también de Ledo- y que contiene el que tal vez sea el peor gag que se haya visto jamás (el del baño del avión), un ejemplo de pereza jamás superado incluso por la filmografía posterior de Ledo.

    A fines de los 00 hubo un pequeño intento por parte de Suar de aggiornarse un poco, y en 2010 llegó “Igualita a mí”, dirigida por Diego Kaplan y con Suar y Florencia Bertotti de protagonistas, tal vez la película más sólida de la “factoría Suar”.

    Allí se permitieron poner en crisis (y también en ridículo) al típico canchero insoportable que suele interpretar el actor de marras, y la presencia de una extraordinaria Bertotti elevaba mucho el nivel de todo. Pero poco después el tándem Kaplan-Suar volvió con “Dos más dos”, una película que amagaba con evolucionar un poco más pero terminaba dando el volantazo y convirtiéndose en algo totalmente reaccionario.

    Luego la “screen persona” de Suar fue involucionando cada vez más y sus personajes fueron volviéndose cada vez más oscuros hasta desembocar en los seres depreciables que interpreta en las dos películas que hizo con Carnevale (la otra es “El fútbol o yo”, tristemente célebre por a. ser una porquería, y b. haberle hecho decir a un personaje femenino: “Yo soy la anti mina: me gusta el fútbol y no te rompo las pelotas” [momento nefasto que se puede ver acá]).

    Pero cada tanto aparecen propuestas mucho más interesantes y menos ancladas en esos valores conservadores. En el año 2009, Hernán Goldfrid estrenó “Música en espera”, una comedia romántica protagonizada por Natalia Oreiro y Diego Peretti (y con Norma Aleandro haciendo un papel secundario excepcional) que salía airosa en su intento de volver a aquellas grandes comedias del cine argentino clásico aunque pasadas por el filtro de la comedia romántica estadounidense más reciente.

    Y también está el caso de nuestro auteur de la comedia industrial: Ariel Winograd viene construyendo una carrera más bien sólida y dedicada exclusivamente al noble oficio de hacer comedias; es alguien que tiende a alejarse de los lugares comunes rancios de varios de los mencionados más arriba y que piensa las cosas desde el presente.

    Tal vez su mejor película, por desfachatada, por anárquica, por osada a la hora de faltarle el respeto a cualquier noción de “estructura de guion” (un poco a la manera del cine de Ferrell-McKay) sea “Permitidos” (2016), una película que acumula capas y capas de absurdo en un crescendo hermoso y sostenido que, además, está repleta de grandes personajes-actores y tiene a Lali Espósito en una de las actuaciones más brillantes del cine argentino reciente.

    Finalmente está el gran milagro de la comedia industrial local: la extraordinaria “Tiempo de valientes” de Damián Szifron (2005), que hace que uno, incluso si gusta de “Relatos salvajes”, se pregunte por qué diablos Szifron no siguió haciendo películas como esa.

     

    (*) @jpmclovin / hacedor del podcast Los jóvenes viejos 

    Columnista de cine y series en “Un plan simple”, sábados de 10 a 13 horas por FM 94.7.

    Publicado en Las Veredas.-

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