18 Aug. 2018 | 03:11
18 Aug. 2018 | 03:11
Enfoques

Paradojas del mundo virtual: Cerca de los más lejanos, lejos de los más cercanos

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  • La reclusión transitoria o permanente ya es moneda corriente. Las conexiones las realizamos por medios móviles o inteligentes y cada vez necesitamos menos del otro. No hay contacto humano/humano. Confundimos acceso con cercanía; chatear con hablar... ¿Será el momento de una “dieta” tecnológica?

    ¿Tan imprescindible?
    ¿Tan imprescindible?

    Por la licenciada Sandra Ojman (*)
    Especial para ANDigital

    Existe una tendencia cada más notoria en el comportamiento de algunas personas en retraerse cada vez más, de transformarse cada vez más en seres recluidos socialmente, pero no virtualmente.

    Las conexiones las realizan por medios móviles o inteligentes y cada vez necesitan menos del contacto con el otro. No hay contacto humano /humano.

    Si por el caso viven solos, podemos pensar que un individuo se levanta en su casa; desayuna leyendo noticias en su teléfono, tablet o notebook, puede hacer una rutina de ejercicios bajadas de alguna nueva app, luego comenzar a trabajar en red, pide algo por delivery al súper o a algún restaurante. “Habló” por mensajes de WhatsApp y termina su jornada viendo “cine” en una plataforma de streaming o escuchando música.

    No sólo no necesitó salir de su casa, sino que no necesitó siquiera hablar con nadie ¡No usó su voz!

    Una jornada así descripta no es ciencia ficción y repetida incontables veces transforma a los sujetos en personas menos necesitadas del contacto con el otro.

    Desaparece paulatinamente la voz, el decir, el mirar, el tocar, hasta el olor.

    Y como sucede con todos los hábitos, los vamos incorporando a nuestro ritmo y empieza a crearse un universo cada vez más chico.

    Por un lado, está presente la creencia que el mundo y el universo se amplían por la cantidad de cosas y accesos a los que tengo ilusión de poder acceder, pero por el otro, el universo de lo íntimo, del contacto personal, directo, se hace cada vez más pequeño.

    Confundimos acceso con cercanía. Chatear con hablar. Acceder a estar conectados con un amigo que vive lejos por WhatsApp es genial y nos permite sortear la distancia que de otro modo sería imposible, pero no es imposible que nos juntemos con un amigo que vive a 20 cuadras.

    En ese caso, la tecnología nos debería ser útil para poder acordar el momento del encuentro, no para suplantar ese acercamiento humano, directo, cálido, que incluye un apretón de manos o un abrazo.

    Porque entonces resulta paradojal y lo que más debería acercarnos, en cambio, nos aleja cada vez más.

    Si esto ocurre en generaciones a las que llamamos inmigrantes digitales – somos todos aquellos que nacimos antes de la era digital, algo así como “antes de internet“ (AI), ¿qué queda para aquellos que son nativos digitales y que usan las aplicaciones como un fin en sí mismo y no como un medio para alcanzar otro tipo de vinculación? A veces lo usan como único medio para relacionarse.

    Incluso, las personas están y no están. Físicamente comparten una mesa, pero están atendiendo las notificaciones que le llegan a su teléfono. Están más ocupados en responder a las relaciones o chat virtuales que a la pregunta que le formula quien está enfrente.

    Atienden un problema que le cuenta un amigo en WhatsApp y no se prestan a escuchar al que le pidió tomar un café para compartir una problemática.

    No cabe duda, internet nos abrió un mundo nuevo de oportunidades, encontrarnos con familia y amigos que hace añares no veíamos, armar parejas, encontrar trabajo, escuchar la música que deseamos, informarnos y elegir cuándo y qué queremos ver, pero eso no se contrapone con la posibilidad de seguir cultivando y enriqueciendo las relaciones reales, en el contacto directo, estando ahí.

    La reclusión de las relaciones “en directo” nos lleva a estados de ostracismo y de malestar compatibles con estados depresivos. Regular el uso de los dispositivos si no surge naturalmente se torna necesario.

    Si una persona es consciente que no puede apartarse de su dispositivo móvil y que todo lo resuelve sin necesidad de “hacer contacto real”, quizás deba ponerse a dieta tecnológica e intentar resolver algunas cuestiones de su vida cotidiana a la vieja usanza, dispuesto a conectarse con los demás.

    Podría también, tratar de comprender qué razones lo llevan a replegarse en la soledad de las aplicaciones y evitar así la conexión con su entorno. Pero la responsabilidad no es de la tecnología, sino de quien hace uso de ella.

    Los emoticones son divertidos y sintéticos, y geniales para resumir emociones, pero no siempre resulta buena tanta síntesis. Dar lugar a manifestar los sentimientos, salir a buscar el encuentro nos hace bien, nos enriquece, nos ayuda y nos sostiene emocionalmente y nos aleja de la soledad.

    Para nosotros, como sujetos sociales es importante mantener el contacto con nuestro entorno y con las demás personas desplegando los sentidos del cuerpo, nada puede reemplazar al contacto directo, a la mirada que acompaña, al abrazo protector, al apretón de manos que sella un encuentro o un acuerdo, el beso de bienvenida y de despedida. El conjunto de sensaciones que no sólo registra nuestro intelecto, sino que registra nuestro cuerpo cuando escuchamos la voz de una persona querida, sentimos su aroma, nos encontramos en un silencio compartido.

    Volviendo a las paradojas del mundo virtual podemos decir que logra acercar a los más lejanos, pero aleja a los más cercanos.

    Mucho se puede hacer al respecto, como usar más el teléfono, volver a las llamadas. Reemplazar el chat por un encuentro en “vivo” y con café, concentrarnos en atender a quien tenemos delante. Apagando las notificaciones si queremos lograr un momento de intimidad y de placer, buscando siempre que lo nuevo que aparece nos sirva para, sea un medio, pero no un fin en sí mismo.

    (*) Psicóloga
    Fundadora de Consulta Online

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