03 Aug. 2020 | 23:05
03 Aug. 2020 | 23:05
Novedades editoriales

La semiótica del alfajor

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  • Facundo Calabró plasma en un libro su interminable investigación en torno a la golosina más vendida del país. “Es como un signo privilegiado que puedo leer como un texto. Pese a su apariencia trivial, es el centro en el que se cruzan muchas historias”, confiesa ante ANDigital. El recreo con Fulbito, el género marplatense y el mito Capitán del Espacio.

    CIUDAD DE BUENOS AIRES (ANDigital) “Mi rol de catador tuvo mucho de accidente y este libro es el accidente cúlmine”. De este modo, Facundo Calabró, periodista y estudiante de Letras de la UBA, se refiere a la publicación de En busca del alfajor perdido, un riguroso derrotero de la golosina más amada por los argentinos.

    “Abrí el blog hace unos cinco años, sin mayor expectativa que la de disfrutar mucho de pensar en cosas sobre las que supuestamente no se puede pensar, lo absurdo, lo cotidiano”, confiesa ante ANDigital, para luego dar cuenta que “emplear un lenguaje refinado y categorías académicas para analizar un alfajor parece un chiste; pero voy descubriendo a medida que investigo y escribo que un análisis de este tipo puede ser serio”. 

    “El alfajor es como un signo privilegiado que puedo leer como si fuese un texto y pese a su apariencia trivial, es el centro en el que se cruzan muchas historias de distintas naturalezas con múltiples sentidos. Así que la meta fue rastrearlos e ir conformando el gran sistema de los alfajores, con las relaciones entre los nombres, las históricas y los diálogos entre sí”, acota.

    Valiéndose de “conversaciones” con Jorge Luis Borges y el “ser argentino”; la evolución desde los remotos orígenes árabes y una rezagada consolidación de la industria alfajorera local, Calabró plasma en su obra ese providencial “borramiento de la fórmula original, llegando a la vaguedad”, situación que, paradójicamente, permitió el suceso del producto.

    “El proceso de ‘barbarización’ le dio su éxito. Esa mutabilidad intrínseca hace que persista a diferencia de otros dulces coloniales que se quedaron en el exotismo”, sentencia.

    También da cuenta de mojones como la apertura de la primera fábrica de Havanna en 1948 y la instalación de la planta Guaymallén a mediados de la década del 50, todo en el marco de “un proceso lento porque hubo que adaptar las máquinas para inyectar dulce de leche, ya que no estaban preparadas las líneas importadas”.

    “La publicidad llega muy tarde, en los 80, con la irrupción de Terrabusi y Bagley en este segmento”, grafica, mencionando además el apartado en el que aparecen las propagandas en camisetas y canchas de fútbol.

    El modelo marplatense

    “Para conocer los rasgos propios hay que compararlos con los modelos preexistentes, no se puede empezar todo de nuevo. Cuáles son los rasgos de un alfajor que lo distinguen de acuerdo al modelo que respondan. Havanna instauró el paradigma marplatense, bañado en chocolate, galleta azucarada con miel, manteca, con el huevo entero; muy distinta a la galleta histórica que es más rústica”, precisó el catador.

     
     
     
     
     
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    Havanna no nació de un repollo. Por la misma época, otras empresas incipientes decidieron aprovechar el auge del turismo que vivía Mar del Plata y convertir al alfajor en el suvenir por excelencia. Así surgió y se consolidó el género marplatense, que hoy ya es casi universal. . La mayorías de esos nombres —varios fueron famosos: Baby, Trassens, Gran Casino— desaparecieron con el tiempo. Unos pocos, como Balcarce, sobrevivieron, pero los sucesivos cambios de dueño fueron lastrando su identidad. El Cóndor, una confitería fundada en 1957, podría haber corrido suerte parecida si en 2013 una nueva sociedad no se hubiera hecho cargo de la marca y de su histórico café del barrio Güemes. . El Cóndor tiene unos diseños finísimos; conjuga, como Havanna, la modernidad cool con una sofisticación que viene de lejos, que es eco de esa "marplatensidad" instaurada en los años 50, patente en la elegancia de las formas y el equilibrio sin tachas de los sabores —no es la originalidad la ambición que guía a El Cóndor, sino el renuevo de la tradición, de lo que ésta tiene de esencial, de extemporánea. Actualizar, sacudirle el polvo, anudar pasado y presente, es su para nada desdeñable mérito.

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    En la génesis de su blog, la primera reseña fue una comparación, entre un clásico popular como Jorgito y un producto de ribetes míticos: Capitán del Espacio.

    “La operación es disociar la mercancía objetiva de su mito, no siempre es una relación proporcional y es el caso de Capital del Espacio, ya que si fuese así, Cachafaz, por ejemplo, es mucho mejor en calidad objetiva: chocolate real versus baño de repostería. Sin embargo no generó el fenómeno que sí logró Capitán del Espacio”.

    “Las razones no hay que buscarlas en el producto, que de todos modos tiene un sabor inconfundible, sino en todo el resto: el secretismo que caracterizó las prácticas de la empresa, la dificultad para acceder a ellos, algo de sentimiento barrial y también conseguir el alfajor. No sé si fue recurso de marketing o más bien una actitud fortuita que fueron desarrollando”, enumeró Facundo, antes de aseverar que “hay sectarismos en el mundo del alfajor”.

    De “Fulbito” a la sofisticación

    “Lo primero que me sorprendió en la investigación es el problema de definir al alfajor, por cómo ha mutado. No podés pretender que sea sólo el marplatense, sería desconocer la esencia e ignorar su funcionamiento interno. Yo también experimento cierta desconfianza a lo nuevo, sobre todo cuando llega desde los discursos de lo saludable o la porción; pero la realidad es que los alfajores mutan por naturaleza. De aquí a 50 años lo que hoy nos parezca una rareza quizás sea muy natural”, estima.

    Luego remarca que su intención “es la de observar, analizar y mirar con fascinación el fenómeno, tratando de describirlo y entenderlo”, sin situarse en el púlpito de la autoridad o, peor aún, en el rol de influencer.

    Como sucedió con varias generaciones de niños, más cerca de las penurias económicas que de la holgura, hubo un producto iniciático. El fiel compañero del recreo, honrosamente, tiene su reivindicación en la apertura de En busca del alfajor perdido.

    “Fulbito fue el alfajor de la infancia. Horrible. Es otra de las bellezas del mundo alfajor: le podemos toma cariño a cualquier cosa. Fue mi despertar en el mundo alfajorero y cada vez que lo veo, como le pasa a muchos, vienen a la mente recuerdos y sensaciones. Mi infancia es indisociable de ello. Hoy contiene mucho más significados de los que podríamos asumir en un principio”, reflexiona.

    El viaje continúa, pues en un txt de su computadora, el catador de alfajores tiene el listado de los aún a probar: “muchos son de ciudades que nunca en mi vida escuché; esta búsqueda va rigiendo mis movimientos por el país y así conocí mucho de Argentina gracias a los alfajores, esa asociación con las identidades regionales, actuando casi como embajadores”.

    Y sentencia: “lo que nos producen los alfajores puede tener que ver con eso de sentirse un poco niños, recuperar esa capacidad de asombro que supimos tener”. (ANDigital)

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