21 Sep. 2017 | 21:35
21 Sep. 2017 | 21:35
Bitácoras bonaerenses

Las PASO y el regalo de Macri-Vidal a Cristina: octubre con final abierto

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  • Una mano a mano entre Unidad Ciudadana y Cambiemos movió un escenario de las Primarias que no estaba previsto. Acusaciones y una simulación de balotaje para las generales.

    “Ganamos”, aseguró CFK ceca de las 4 AM.
    “Ganamos”, aseguró CFK ceca de las 4 AM.

    Las urnas hablaron, aunque no todas, pero la realidad de los votos ya está posada sobre la mesa electoral de este 2017. Una jornada cargada de sorpresas, tensiones, claros y oscuros que mostraron que en la provincia de Buenos Aires, la más grande e importante del país, la polarización aún está vigente. Decir que las encuestadoras se equivocaron a esta altura ya es redundante, aunque las consultoras no hacen gala de tener buena puntería. Pero más allá del papelón de la carga ultra demorada de datos, el resultado provisorio anticipa lo que era una posibilidad: una victoria ajustada de Cristina Fernández de Kirchner sobre Esteban Bullrich. Cabe destacar que la jugada que plasmaron desde el oficialismo a la hora de la carga de votos, deja mucho que desear en cuanto a lo que pregona el gobierno y su discurso de cambio. María Eugenia Vidal, Marcos Peña, Rogelio Frigerio se ocuparon de repetir que en las elecciones pasadas –cuando el kirchnerismo era gobierno– las demoras “eran similares”. Lo curioso, más allá de la picardía (por catalogarlo con una palabra agradable) es que hubiera sido ejemplificador que el Gobierno Nacional le pusiera una impronta de rapidez y transparencia a los escrutinios y no abrazase los mismos vicios de la administración anterior. Similitudes mejoradas.

    Las diversas consultas a fuentes, la forma de carga de los datos y hasta los propios discursos de Vidal y Macri, mostraron que los datos cargados a las 21 horas de este domingo –con una ventaja de Bullrich sobre Cristina de casi 7 puntos– fueron mostrados así de forma intencional y para sacarle un jugo esporádico a esa realidad pasajera. La Gobernadora y sus candidatos, cuando hablaron desde el bunker de Cambiemos montado en Costa Salguero, se cuidaron milimétricamente de no emitir la palabra “triunfo”, “victoria” o algo que se le pareciera. No fue un olvido o parte de la emoción electoral. Es que desde la mesa política de Cambiemos, a las 18 horas, cuando cerraron los comicios, tenían los datos de que había paridad entre Unidad Ciudadana y el oficialismo. El efecto de hablar en horario estelar, la intención de dejar un título favorable (o no tan adverso) en los principales diarios, al final le resultó al oficialismo un boomerang que, en menos de dos horas, se expandió sin parar por toda la gran aldea bonaerense. Con discurso medido, similar al que dio Vidal cerca de las 22, Cambiemos hubiera podido capitalizar los resultados electorales y salir mejor parado de lo que al final quedó en el discurso y el imaginario social. Remarcar que se hizo una buena elección en la Provincia, destacar lo que falta por hacer, hablarle a quienes no los votaron y, de paso –en la aventura polarizadora–, remarcar que el presunto “triunfo aplastante” de Cristina no se hizo realidad y mostrar a una CFK en retirada. Todos condimentos que hubieran cambiado el aroma de una noche electoral que, aunque adversa, hubiera tenido sabor a victoria. Error de trazado táctico.

    Pero no, con las picardías y temores evidentes, transformaron una tibia victoria de la expresidenta en una remontada épica que la devolvió al centro de la escena con más fuerza de lo podría haber tenido. Es como cuando un equipo de fútbol tiene dos fechas para enfrentar a un rival difícil, con más tradición. La de visitante, en la previa, los pronósticos le dan un resultado adverso, con una interesante cantidad de goles en contra, un 2 a 0. Pero en el partido, durante los 90, el equipo va perdiendo por un gol, que en la fecha de visitante es más que remontable. A los 80, el DT manda a los jugadores a embarrar el partido, como si se estuviera perdiendo por más de 3 goles. No sólo eso, la hinchada comienza a hacer disturbios, a intentar suspender el partido. Producto de errores propios –no futbolísticos– el equipo adversario se envalentona, logra empatar a los '90 del segundo tiempo y, para colmo, en el tiempo adicionado mete el segundo: 2 a 1. El equipo, que de local levantó el partido, más allá del gol de visitante y que en el siguiente match la tiene muy complicado, se quedó con los laureles de una victoria épica generada por el equipo contrario. Si bien no se trata de un partido de fútbol, la sensación colectiva que quedó de las PASO –con alegrías y enojos– es que “ganó Cristina”, pero no sólo porque el escrutinio definitivo pueda brindar ese resultado, sino porque la espantosa forma de cargar los datos, el ocultamiento del resultado final, las palabras y actitudes discursivas medidas y hasta temerosas de los dirigentes de Cambiemos, convirtieron una victoria ajustada de Cristina en un “triunfazo”. Muchos analistas van por más y hasta se detienen en la curiosa decisión del Gobierno Nacional de cargar sólo hasta el 95 por ciento de los datos escrutados. ¿Por qué Cambiemos apeló a tapar una ajustada victoria de Cristina? Es una pregunta que, por ahora, no tiene respuesta, y todo el mundo espera que el escrutinio definitivo la otorgue. Claros y oscuros de un movimiento extraño.

    Por otro lado, en lo estratégico, de cara a octubre, ¿qué escenario deja una victoria ajustada de Cristina o, en todo caso, un “empate técnico”? En los búnkeres y mesas políticas de Cambiemos y Unidad Ciudadana sabían que si Cristina ganaba por cuatro o más puntos de diferencia era “irremontable” de cara a octubre. Asimismo, ambos espacios eran –y son– concientes de que una victoria de la expresidenta por menos de tres puntos no es suficiente para ganar el gran partido de octubre. El no contar con resultados certeros complica el análisis. Pero supongamos que Cristina ganó por un punto y, pese a la épica regalada por Cambiemos, los pronósticos sostienen que no parece suficiente para consagrarse en las generales. Lo más probable es que Cambiemos, Vidal y sus candidatos apelen a profundizar la polarización, el “pasado versus el futuro”, la “grieta”, el “miedo a Cristina”. Estrategia que irrumpió en el tablero electoral del oficialismo en las dos últimas semanas de la campaña, cuando los números que les llegaban eran realmente adversos. Del “no hablar de Cristina” se viró a la máxima polarización de la mano de sobreexponer a Vidal como la cara más que visible de la campaña de Cambiemos. Se acrecentaron los actos con ella a la cabeza, las apariciones es spots y, sobre todo, en la última semana previa a la votación, una raid maratónico de la Gobernadora desfilando por los principales programas de televisión en los canales más vistos del país. Esa remontada final, según confiesan en Cambiemos y lo reconocen en Unidad Ciudadana, levantó las chances de Esteban Bullrich, que en toda la campaña cometió más errores, derrapes con polémicas, que aciertos. Sin ser candidata, Vidal fue la candidata, se puso más que nadie la campaña al hombro, caminó lo más que pudo y llevó de la mano a sus candidatos. “Lo que no hizo Cristina con Daniel Scioli”, recordará algún peronista enojado. El empuje de “Mariu” todoterreno.

    Vidal fue la candidata sin estar su imagen en la boleta, levantó a los candidatos de Cambiemos cuando parecía que se aproximaba una derrota contundente ante Cristina. Pero, desde otro punto de análisis, con semejante presencia, ¿los por ahora provisorios 34.19 puntos de Esteban Bullrich son realmente un traslado electoral importante de la política con mejor imagen positiva del país hacia su candidato? En los antecedentes, Cristina –que no hizo campaña pegado o suplantando a Scioli en el 2015 o a Martín Insaurralde en el 2013– logró mejores resultados en lo porcentual siendo Gobierno. Por otro lado, es interesante la mirada que hacen otros analistas que destacan que si bien el provisorio 34.11 de CFK es menor a lo que sacó en 2015 Aníbal Fernández, el “peor candidato del kirchnerismo” para la Provincia, posan su mirada en que lo hizo sin el PJ, sin apoyo de sindicatos grandes, con una campaña austera y prácticamente por las redes sociales, sin grandes desembolsos en publicidad y con el desgaste natural de 8 años de gestión y de 12 de estar en los primeros planos de la política nacional. A todo esto hay que agregarle una dirigente salpicada por grandes causas judiciales por presunta corrupción y demonizada por las grandes corporaciones mediáticas. Pero, más allá de esos detalles, o del sello nuevo Unidad Ciudadana, o del voto duro que a 12 años sigue consolidado en la provincia de Buenos Aires, siendo un tercio del padrón general: ¿Le alcanza a Cristina para soñar con un triunfo en octubre? La matemática política-electoral (que no es certera e irrefutable como la real), muestra que para la expresidenta un tibio triunfo puede transformarse en una derrota en octubre, producto de la polarización y el balotaje simulado que desde Cambiemos intentaran instalar. La otra complicación se posa en a qué sectores Unidad Ciudadana le puede sacar puntos para aumentar su caudal. Las malas lenguas (muchas veces acertadas), dicen con enojo que “tres de los casi seis puntos de Randazzo, podrían haber ido hacia Cristina”. Es probable que pueda haber un “efecto ganador” tibio de cara a octubre, si es que el escrutinio final da el triunfo a Cristina que, dicho sea de paso, le pondrá más épica de la que le regaló Cambiemos este domingo. Parte del voto a Randazzo es voto opositor, descontento con el oficialismo y que en algún punto tiene simpatías por el kirchnerismo o, al menos, mejores recuerdos económicos en sus bolsillos. A Sergio Massa, que nunca hay que darlo por muerto, es más difícil que le pueda sacar algo. El voto en blanco o quienes no fueron a votar, son un objetivo que la expresidenta puede tener en mente. Cambiemos, por su parte, espera por el tigrense, los votos tienen que llegar de 1País y así sacar la diferencia. Todo es probable, todo es posible. Se terminó el primer tiempo de este partido. Para el segundo faltan más de dos meses. Pocos días en el calendario, una eternidad en la arena política bonaerense.

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