12 Dec. 2018 | 08:44
12 Dec. 2018 | 08:44
Opinión

Los miserables

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  • Individuos socialmente encumbrados, pero con una clara dependencia económica de los mismos grupos poderosos. Mercantilizan cierta cobertura mediática-ideológica que justifique y disimule el usufructo imperante.

    Ínfulas.
    Ínfulas.

    Por Adolfo R. Lupinucci (*)

    Cuando Víctor Hugo escribió su célebre novela “Los miserables”, lejos estaba de imaginar que -un siglo y medio después- ésta serviría para describir fielmente a ciertos protagonistas de nuestra sociedad actual. En ambas (novela y sociedad) podemos encontrar los mismos actores, los mismos conflictos, las mismas conductas: Grupos económicamente dominantes, con una total falta de escrúpulos y un solo fin: la búsqueda afanosa del enriquecimiento individual, aun al costo de marginar a sus semejantes en el intento. 

    Sólo aspiran a mantener sus grandes privilegios.

    Individuos socialmente encumbrados, pero con una clara dependencia económica de esos mismos grupos poderosos. Mercantilizan cierta cobertura mediática-ideológica que justifique y disimule el usufructo imperante.
    Sólo aspiran a mantener su condición de socios menores.

    Grupos heterogéneos de segregados, excluidos y desocupados, que reclaman y se rebelan ante la injusticia reinante.

    Sólo aspiran a sobrevivir.

    Repasemos el caso de un conocido periodista matutino de una radio líder:

    Se ufana de ir periódicamente a cenar con empresarios importantes. Suele concurrir a cotizados ágapes de algunas cámaras empresariales o a la Embajada de los Estados Unidos, para los festejos del 4 de julio. Todos los años viaja a Escocia a jugar al golf y -frecuentemente- reitera ínfulas de melómano culto y entendido. Además, presume de sus relojes costosos, sus relaciones importantes y su exitosa vida.

    ¿Qué entrega a cambio?

    Una cerrada defensa de los intereses de esos grandes grupos económicos, dominantes que realiza diariamente desde su programa.

    Obvio: Está furiosamente en contra de los paros, los piquetes, el “welfare state”, el improductivo gasto social y el déficit fiscal. Lo más redituable (para él) pasa a ser “el mercado” y la “iniciativa privada”. Por ello oculta –cuidadosamente- el hecho que ese (tan abominado) déficit fiscal provenga del pago de los intereses de la deuda privada y estatizada.

    Deuda tomada por esos mismos grupos económicos que hoy lo contratan y costean su buen pasar. Deuda que –de una manera u otra- pagan todos los demás argentinos. Pero eso no parece importar demasiado…

    Desde esa impúdica comodidad se dedica a descalificar, apostrofar y estigmatizar a todo lo que pueda constituirse en amenaza para sus mezquinos intereses. Defiende el statu quo, su cómoda forma de vida, así como la de sus mandantes. No está solo en la tarea: es acompañado (con entusiasta complicidad) por una runfla de economistas sumisos, humoristas obsecuentes y otras yerbas por el estilo.

    Quizás estas conductas puedan ser bien resumidas por un certero soneto. El del gran poeta lunfardo Felipe Fernández (“el Yacaré”) que, en el último verso de “Batiendo la justa”, recomienda con descarnada sabiduría:

    “Hay que salvar –compadre- la busarda”.

    Recordemos que el inventor de este tan acomodaticio y lucrativo género no era otro que el inefable Bernardo Neustadt. Pero –al menos- éste tuvo el mérito de la originalidad de la propuesta, además del necesario talento periodístico para ejercerla. Aun así no pudo evitar ser alcanzado por la célebre condenatoria que hiciera León Trotsky a los mencheviques rusos de Martov, allá por noviembre de 1917…

    “¡Id donde pertenecéis: al Basurero de la Historia!”.

    Para el citado paradigma comunicacional, la sentencia se cumplió inexorable… y allí -efectivamente- fue a parar don Bernardo.

    Esto nos lleva a plantearnos una cruel duda existencial: Quizás, a estas mentalidades fenicias no les interese demasiado el juicio de la historia. Ni tan siquiera un juicio menor, como puede ser la simple opinión que los demás simples mortales puedan tener de nosotros.

    Consideran que ese primer juicio es solo una debilidad ética de individuos reconocidamente superiores y con fuertes convicciones. Pero –en el fondo- idealistas e ingenuos. El segundo juicio –no tan heroico- quizás sea herencia de algún lejano mandato paterno: “Serás lo que quieras: Pero primero debes ser una buena persona, porque para eso te dejo mi apellido”, solía decirme –sabio y sentencioso- mi ejemplar y recordado padre.

    En cambio el único “mérito” de esta copia mal hecha y devaluada no es otro que un servilismo incompatible con cualquier mínima dignidad humana.

    Ese comportamiento utilitario seguramente dará razón a otra célebre frase. Esta vez de José Ingenieros y extraída de su libro “Las fuerzas morales”:

    “No imites al siervo que se envilece para aumentar la ración de su escudilla”.

    Mientras tanto pensemos que –a corto plazo- hará falta ampliar la capacidad de nuestro propio “Basurero de la Historia”, ante la posibilidad cierta que aumente considerablemente la demanda de ingreso al mismo.

     

    (*) Divulgador histórico ensenadense

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