22 Oct. 2019 | 08:01
22 Oct. 2019 | 08:01
Análisis

Voluntarismo y conformismo argentino, dos caras de la misma moneda

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  • El futuro tiende a ser imprevisible. Se trata de seguir una vía intermedia, que no pierda de vista los datos de la realidad, que comprende tanto la situación actual como los recursos de cualquier naturaleza disponibles hoy para promover, acaso de a poco, su modificación. 

    Por Ricardo A. Guibourg (*)

    Una de las manifestaciones más comunes de nuestra conocida grieta podría ejemplificarse así. Un ciudadano sostiene que la política económica está equivocada, porque el empleo se contrae, los salarios no alcanzan, la inflación permanece y la deuda externa crece. Otro repone que esos son los efectos de una crisis, generada por el déficit fiscal crónico, la falta de inversión y la ineficiencia de la economía, factores que deben repararse con sacrificio.

    El primero, a su vez, propone un modelo alternativo, de crecimiento, producción, desarrollo de la industria nacional y mayor distribución de los recursos. Y el otro pregunta de dónde saldrán los fondos para emprender ese camino, a lo que sigue un interminable intercambio de reproches.

    Gran parte de ese debate discurre por los vericuetos de las propagandas electorales, lo que tiende a trabar cualquier entendimiento razonable acerca de los argumentos de uno y otro; pero – aun más allá de la coyuntura nacional y de sus protagonistas – sirve de ejemplo para plantear la diferencia entre dos actitudes opuestas con las que los problemas suelen abordarse: el conformismo y el voluntarismo. Propondré un par de ejemplos.

    Hace muchos años recomendé a un joven funcionario judicial que investigara y publicara para avanzar en su carrera. Abriendo los brazos, me dijo: “¿Escribir? ¿Sobre qué? ¡Si ya está todo dicho!”. Era un conformista: no concebía que algo pudiera hacerse para modificar lo dado.

    En 1870, Mariano Melgarejo, dictador boliviano, decidió enviar tropas a París. Un general le explicó que París estaba del otro lado del océano. Melgarejo le respondió: “¡No sea tonto! ¡Tomaremos un atajo!”. El hombre era voluntarista: aun contra toda evidencia, suponía que su proyecto era factible.

    Esas dos actitudes extremas, expuestas a modo de caricaturas pero susceptibles de versiones más moderadas, están presentes en muchas de nuestras discusiones. El conformismo puede invocarse como prudencia y realismo; el voluntarismo, elogiarse como audacia y perseverancia inquebrantable ¿Qué enfoque deberíamos asumir?

    Es preciso reconocer que, en principio, no hay una decisión tajante. Por un lado, a la hora de concebir proyectos es indispensable considerar la situación en la que nos encontremos y prever su posible evolución futura.

    Por el otro, que hoy no estemos en condiciones de llevar adelante un plan no implica necesariamente que no lo estemos en el futuro (cuyas posibilidades eventuales se amplían como un abanico a medida que se incrementa el horizonte temporal).

    Hoy no tenemos los recursos, pero podemos empezar a reunirlos y tal vez, con perseverancia, logremos un día lo que hoy deseamos.

    ¿No hay, pues, un camino aconsejable? Sí, lo hay, pero siempre con algún riesgo, ya que el futuro tiende a ser imprevisible. Se trata de seguir una vía intermedia, que no pierda de vista los datos de la realidad, que comprende tanto la situación actual como los recursos de cualquier naturaleza disponibles hoy para promover, acaso de a poco, su modificación. Identificar y emprender ese camino aleatorio pero sensato es la virtud del buen político. Entregarse de antemano es pusilanimidad. Proponer metas que se saben irrealizables es parecerse al dictador Melgarejo, tal vez por ignorancia. O seguir al pie de la letra el teorema de Baglini, acaso por picardía.

    (*) Director de la Maestría en Filosofía del Derecho (UBA)

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