18 Jun. 2019 | 20:46
18 Jun. 2019 | 20:46
Opinión

Sobre magos y economistas

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  • Ambos muestran con gran espectacularidad distractora una parte periférica y engañosa de la realidad, mientras escamotean hábilmente la parte principal, el núcleo más trascendente de ella. Sólo que unos lo hacen para entretener sana y honestamente a los espectadores, en cambio los economistas mercenarios para justificar el latrocinio perpetrado por los grandes grupos económicos, para los que trabajan.

    Martín Tetaz, especialista en pronósticos fallidos.
    Martín Tetaz, especialista en pronósticos fallidos.

    Por Adolfo R. Lupinucci (*)
    Especial para ANDigital

    Aunque parezcan actividades muy diferentes, hay una cierta similitud entre la economía y el ilusionismo. Tanto magos como economistas muestran –con gran espectacularidad distractora- una parte periférica y engañosa de la realidad, mientras escamotean hábilmente la parte principal, el núcleo más trascendente de ella. Sólo que unos (los magos) lo hacen para entretener sana y honestamente a los espectadores, en cambio los economistas mercenarios para justificar el latrocinio perpetrado por los grandes grupos económicos, para los que –estos mismos economistas- trabajan.

    La parte principal ocultada (y eso no debemos perderlo de vista) es la transferencia continua de beneficios hacia esos grupos económicos por parte del resto de la población.

    Todo lo demás queda firmemente supeditado a ese objetivo básico. Así, la ideología, la represión o el discurso (la posverdad y el estructuralismo) pasan a ser instrumentos totalmente secundarios, a usar cuando las circunstancias coyunturales así lo requieran. Pero siempre en apoyo del objetivo principal citado. Ahora preguntémonos:

    ¿Por qué los economistas son mayoritariamente anti estatistas y partidarios del mercado?

    ¿Por qué los economistas insisten en el ajuste (que siempre pagan los más vulnerables)?

    ¿Por qué los economistas nos quieren convencer de la falsa Teoría del Derrame?

    Todas estas difíciles preguntas tienen –sin embargo- una respuesta muy simple y sencilla:

    Porque los economistas forman parte de los grupos que se benefician materialmente por defender las ideas (antipopulares y antinacionales) de los favorecidos por este modelo de saqueo. Ellos tienen bien resuelta su situación personal, por el hecho de ser simples cómplices menores -pero beneficiarios- de esa misma situación. Por eso son redituables oficialistas.

    ¡Además saben muy bien cómo cuidar la quintita lograda!

    Entonces critican reiteradamente el déficit fiscal (lo periférico) y ocultan que el mismo está formado principalmente por el pago de intereses de la deuda externa (lo principal). Obligación originada –en parte- por la impúdica estatización de la deuda empresarial privada, a manos del Gobierno militar y continuada por los turnos “democráticos”.

    Se oponen vehementemente a la intervención del Estado en la economía, pero callan hipócritamente cuando esa intervención favorecen a sus mismos patrones económicos (estatizaciones de la deuda externa o de la empresa Ítalo).

    Debemos concientizarnos que los intereses de una sociedad no son homogéneos, es más: suelen ser contradictorios Lo que para unos es beneficioso puede ser perjudicial para otros (y viceversa). Por ello es imposible la tan cacareada “unión de los argentinos”.

    No puede haber unión entre grupos con intereses opuestos y conflictivos. ¡Y menos en un sistema decreciente y de “suma-cero”! A lo sumo se puede dar (por corto tiempo) un cierto equilibrio inestable (solución peronista) y el famoso “fifty-fifty”. O sea: “mitad y mitad” en la distribución. Eso si se cuenta con un líder de talla y con envergadura que lo sostenga y haga posible.

    El mismo Juan Domingo Perón solía decir que la economía era una cosa muy simple, cuando alguien la hace complicada es que intentan embaucarnos.

    Ahora la tarea se centra en identificar y desenmascarar a estos esbirros apátridas, carentes de los más mínimos valores morales. Exponerlos al escarnio y la vergüenza pública. Denunciar su conducta fenicia y despreciable. Una primer manera sería recordar -y repensar- la letra premonitoria de “Qué vachaché”, que escribiera Enrique Santos Discépolo (en 1926) ante una época que ya se presentaba como muy similar a la actual.

    Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda...Plata, mucha plata y plata otra vez... Así es posible que morfés todos los días, tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.

    El verdadero amor se ahogó en la sopa: la panza es reina y el dinero Dios.

    ¿Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita?

    ¿Que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas?

    ¿Que no hay ninguna verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional?

    Vos resultás -haciendo el moralista, un disfrazao...sin carnaval...

    Para después rematarla magistralmente…

    “¿Qué vachaché? ¡Hoy ya murió el criterio! Vale Jesús lo mismo que el ladrón...

    Mientras repensamos, sigamos disfrutando de la actuación de los magos. Ofrezcamos sinceras disculpas por usarlos como antipática pero (argumentalmente) necesaria equivalencia comparativa: Hagamos –en ellos- un justo reconocimiento y homenaje a todos los que –a diferencia de los economistas de marras- se ganan honradamente la vida.

    (*) Divulgador histórico ensenadense
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