27 Sep. 2022 | 21:47
27 Sep. 2022 | 21:47
Más que fútbol

Villa Española no debe morir jamás

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  • El club fue intervenido por el gobierno uruguayo. Para la derecha, buscar a los desaparecidos es sancionable. También empatizar con la comunidad, incorporar libros o programar recitales.

    Por Ezequiel Scher (*)

    Nebio Melo Cuesta escribía bajo el seudónimo de Zanabria en el semanario Marcha de Montevideo. De pibito, hablaba -y escuchaba- como un veterano de la política. Laburaba de periodista y de técnico en lechería. Militaba en el Partido Comunista Revolucionario. En 1974, se tuvo que tomar el palo a Argentina. Dos años más tarde, en febrero de 1976, cafeteaba por Barrancas de Belgrano cuando la policía irrumpió, pidió documentos y lo levantaron. Hay hipótesis que indican que lo hicieron deambular por Campo de Mayo, por el penal de La Plata, que lo devolvieron a Uruguay y que lo torturaron en La Casona de Punta Gorda. Luisa, su mamá, lo buscó tanto que se transformó en una de las referentas de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos y Desaparecidos.

    Hay un equipo en la segunda categoría del fútbol uruguayo que se llama Villa Española. Hace algunas semanas, presentó una camiseta que en la espalda tiene dibujado el rostro de ella y una frase: “Llega un momento que los familiares son todos tuyos, todos tuyos. No peleás por encontrar al tuyo, peleás por encontrar a todos”.

     

    El jueves, el club fue intervenido por el gobierno uruguayo. La justificación la twitteó el ministro de Educación y Cultura de Luis Lacalle Pou: “El artículo 5 del estatuto de Villa Española obliga a la institución a mantener una absoluta prescindencia en materia política o religiosa”.

    Es decir: en la Uruguay del ministro, buscar a lxs desaparecidxs es sancionable.

    El estadio se llama Obdulio Varela. En homenaje al héroe del Maracanazo. Poesía. De verdad. Enclavado en un barrio de laburantes al que si se le pone una mirada cenital se le descubre otro culto. Las callecitas que lo rodean se llaman Adagio en mi país, Doña Soledad y Stefanie. Todas canciones de Alfredo Zitarrosa. “Al Villa con amor, al rojo corazón, al amarillo del sol que nunca falla”, sonaban las cuerdas vocales del Canario Luna en tema dedicado al equipo de sus amores.

    En un alambrado de la cancha, hay un cartel: “No a la discriminación, no a la homofobia, no al racismo”. Pablo da Silveira, el ministro, escribe en sus redes sociales: “El MEC hace lo que siempre hace en estos casos: recibió una denuncia, analizó sus fundamentos, dio vista, analizó la respuesta de la institución, entendió que no era satisfactoria. Entonces decidió la intervención”.

    Es decir: en el Uruguay del ministro, estar en contra de la homofobia es sancionable.

    Es un martes por la mañana de noviembre de 2021. Villa Española todavía no descendió. A las 9.54, comienza un partido que culminará 3–0 a favor de Liverpool. Al lado, está la escuela 382. Pública. Que durante años buscó un terreno en el que ubicarse hasta que el club decidió cederle una parte del terreno. Una de las maestras conforma la Asamblea de la institución deportiva. Durante la pandemia, el equipo entregó canastas familiares para que las familias pudieran sobrevivir. Entonces, aprovechan el recreo, caminan y se ubican en la tribuna para alentar a sus jugadores. Al costado, tienen juegos de plaza.

    Es decir: en el Uruguay del ministro, que un club empatice con su comunidad es sancionable.

    A un presentador de un noticiero se le escapó su condición de clase y las llamó: “Las de la loma del quinoto”. Se apropiaron de ese nombre y así se autodenominaron. Desde el club, comenzaron a sumar a mujeres del barrio para manifestarse en las marchas del 8M -Día de la Mujer- y el 25N -Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres-. Hace cuatro años que realizan un taller de género con el plantel profesional. Para esta temporada, la institución sumó un psicólogo que trabaja desde el cuestionamiento a las masculinidades. Determinaron cláusulas obligatorias en los contratos de cada jugador para que el club pudiera abordar de la manera en que crea pertinente cualquier situación de violencia.

    Es decir: en el Uruguay del ministro, la deconstrucción del patriarcado es sancionable.

    Al costado de la cancha, al lado de los baños donde va el público en los días del partido, hay lechugas, tomates, acelgas y brócolis. El 1 de abril, el plantel profesional dedicó un post entrenamiento a realizar una jornada en la huerta del club. Mathías Riquero, un futbolista de la casa, heredó el interés por la vegetación de su padre, un ruralista. Desde Punta de Rieles, comenzó a traer plantines para forestar el club. Resultaba una forma de convocar al barrio y de repensar la calidad del alimento. La idea de una gastronomía sin agroquímicos conforma una mirada de la salud incorporada hasta en el comedor del Manchester City. Hoy divulgada por basquetbolistas de la NBA.

    Es decir: en el Uruguay del ministro, una vida más sana es sancionable.

    A algunas cuadras del Obdulio Varela, brilla la Cantina Sócrates. En homenaje al futbolista brasileño que la rompió en Corinthians y en la Selección de Brasil del Mundial 82. Un artista de la pelota que a fuerza de tacos y de comprensión del juego encarnó el ambiente de la post dictadura. Villa Española le puso así a su Centro Cultural. Un espacio de toques de música para nada amateur. Por su escenario la rompieron Yamandú Cardozo de Agarrate Catalina, Juan Casanova y Luciano Supervielle, entre montones. Un espacio ideado para que los barrios populares puedan encontrarse con artistas de alto rango. Que se volvió tan popular que es difícil hallar una fecha libre.

    Es decir: en el Uruguay del ministro, que los clubes de fútbol hagan recitales es sancionable.

    “Me parece que se olvidaron unos libros”. Los visitantes tocaron la puerta del local. Faltaba un rato para el partido y era la primera fecha en que hacían de locales en el Obdulio Varela. Por irregularidades, Villa Española llegó a permanecer ocho años sin competir. Estaba de nuevo en Primera. De pie. Con su estilo. A los vestuarios, les habían metido unos cajones de verdura barnizados poblados de una suculenta biblioteca. Esa tarde, a los rivales no les entraba en la cabeza la posibilidad de leer un rato a Eduardo Galeano o a las poesías de Agustín Lucas. Pensaron que era un error. Pero no. Era cultura de barrio.

    Es decir: en el Uruguay del ministro, que el fútbol incorpore los libros es sancionable.

    Pero no se puede explicar este fenómeno sin el nombre de Santiago López. Eternizado como el Bigote. Un delantero capaz de llamar a Luis Suárez o a Darío Benedetto y que lo atiendan. Y lo escuchen. Un personaje sacado de cuentos que ni existen. En su contrato, posee una cláusula que aclara que si el Indio Solari hace un recital él tiene derecho a ausentarse a un partido. El último día de la Memoria de Uruguay, habían invitado a familiares de desaparecidos y desaparecidas a que fueran a la cancha con carteles. La policía no dejaba ingresarlos porque decía que con palos de madera -los que sostenían las pancartas- no se podía. Bigote abandonó su condición de jugador, se fue a pelear afuera y casi se va detenido. La AUF -la AFA uruguaya- los respaldó: “La defensa de derechos humanos es un valor universal y no política partidaria”. La intervención nace desde el Estado y supone, tras un dominó de papeleos, que prontamente habrá elecciones en el Villa para ver de qué lado cae la mecha.
    Bigote no le teme al bulto. No intenta caretear la situación. Las cosas se dicen por su nombre. No le molesta que tilden de políticas a las actividades de Villa Española. Le resulta un discurso lógico de la derecha que gobierna en Uruguay. Mientras el ministro escribía guarangadas, redactó en su instagram: “Todo es político, nosotros elegimos la política cultural, la que intenta aportar y transformar de a poco para tener todos un lugar mejor. Señores del MEC pasen y vean la cultura de barrio bien de adentro y llévenla con ustedes para siempre, salú”.

    (*) Periodista
    Publicado en Cenital

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