Por Fernando Straface (*)
Lo ocurrido en Venezuela constituye un hecho de impacto global, por su efecto directo en el equilibrio internacional de poder, comparable a otros grandes hitos recientes del sistema internacional.
No se trata de una suma de hechos aislados, sino de la ejecución de una gran estrategia de Estados Unidos, que es aún más relevante y más visible que los detalles operativos de la intervención.
Estados Unidos decidió ejercer de manera explícita, directa y no condicionada su influencia en el continente americano, marcando un quiebre con décadas de retórica multilateral y no intervención.
La reactivación de la Doctrina Monroe, resignificada por Donald Trump como “Doctrina Donroe”, funciona como mensaje político: el hemisferio occidental es una zona estratégica bajo responsabilidad estadounidense.
El petróleo venezolano ocupa un lugar central en esta estrategia: Venezuela posee las mayores reservas probadas del mundo, un recurso crítico para la seguridad energética global.
Hasta ahora, esas reservas estaban siendo explotadas bajo un régimen dictatorial contrario a Estados Unidos que abastecía de petróleo barato a China, la potencia emergente en disputa directa con Estados Unidos por la preeminencia global.
Desde la óptica estadounidense, un recurso estratégico de esa magnitud no podía seguir dependiendo de un régimen alineado con Rusia, China e Irán.
La intervención busca recuperar el control político y económico sobre la explotación petrolera, incluyendo la restitución de derechos vulnerados a empresas estadounidenses.
Pero el objetivo no es sólo económico a corto plazo: el petróleo venezolano es una pieza clave en la competencia geopolítica global, en un contexto de disputa por energía, cadenas de suministro y poder estratégico.
En términos políticos, no hay discusión posible: Venezuela es una dictadura, que concentra el poder, reprime libertades y viola sistemáticamente los derechos humanos.
La celebración por el fin del dictador convive con un debate legítimo sobre el “cómo”, es decir, sobre la legalidad y legitimidad de la intervención en el marco del derecho internacional.
La intervención representa una tecnología política alternativa, más eficaz que los mecanismos institucionales tradicionales para enfrentar quiebres democráticos. El multilateralismo surgido tras la Segunda Guerra Mundial, con la ONU como eje, queda tensionado frente a este tipo de acciones unilaterales.
Este episodio interpela de manera directa a las instituciones multilaterales, especialmente a la ONU, sobre su capacidad real para responder a crisis de este tipo.
Estados Unidos justificó la intervención señalando a Maduro como jefe de una estructura criminal ligada al narcotráfico, lo que habilitó, desde su narrativa, la extracción directa del poder.
Las reglas tradicionales del sistema internacional están en crisis y atraviesan una transición rápida y conflictiva.
Se consolida un enfoque realista de las relaciones internacionales, donde priman las relaciones de poder por sobre las normas escritas.
Avanza una lógica de áreas de influencia, con Estados Unidos en el continente americano, Rusia en su periferia regional y China en Asia.
Este nuevo orden no está institucionalizado, pero se manifiesta en los intentos de Trump de negociar entendimientos estratégicos con Rusia y China, respetando esferas de influencia.
Frente a la tragedia humanitaria venezolana, emerge el concepto del bien superior: el bienestar de millones de ciudadanos sometidos a represión, pobreza y exilio.
El éxodo de más de 8 millones de venezolanos constituye uno de los desplazamientos humanos más grandes de la historia moderna.
La salida de Maduro es vista como un primer paso para terminar con la tiranía, aunque el proceso posterior aún es incierto.
No está definido el camino institucional inmediato: la asunción de las autoridades opositoras electas no parece, por ahora, la opción prioritaria de Estados Unidos. Por el contrario, se afianza una trayectoria posible de entendimiento entre Estados Unidos y el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez con el petróleo como denominador común.
La legitimidad internacional de la intervención de Estados Unidos en Venezuela dependerá de la voluntad y eficacia para avanzar en un cambio de régimen -una verdadera transición democrática, con restitución de derechos, institucionalidad y participación de la oposición.
(*) Director del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones de la Universidad Austral y profesor de la Escuela Gobierno