domingo 01 de febrero de 2026 - Edición Nº4334

Interés general | 1 feb 2026

Enfoques

Nueva pandemia invisible: la atrofia emocional silenciosa

Las señales están en todas partes: falta de registro del cansancio, intolerancia a la frustración, conversaciones superficiales, vínculos más cortos y decisiones tomadas desde la saturación.


Por Verónica Dobronich (*

En los últimos meses se popularizó hablar del sedentarismo cognitivo: la tendencia a dejar de pensar porque la tecnología, la inmediatez y los algoritmos resuelven por nosotros. Pero mientras miramos ese fenómeno, otro igual de profundo, y mucho más silencioso, avanza sin pausa: la atrofia emocional, una pérdida gradual de sensibilidad interna que afecta la forma en que decidimos, trabajamos y nos relacionamos. Es un fenómeno menos visible, pero más determinante para la vida personal y laboral.

Hoy vemos profesionales capaces de procesar cientos de estímulos diarios, pero incapaces de identificar qué sintieron en una reunión clave. Líderes estratégicos que no registran su propia saturación. Equipos brillantes en lo técnico, pero emocionalmente frágiles. No se trata de falta de capacidad, sino de desuso: así como un músculo se atrofia cuando no se ejercita, nuestras habilidades emocionales se debilitan cuando vivimos en modo automático.

Tres fuerzas explican esta atrofia emocional. La primera es la desconexión interna: reaccionamos rápido, pero sentimos poco. Todo sucede “afuera”, mientras nuestra vida emocional queda postergada. La segunda es la velocidad como anestesia. La urgencia se convirtió en un analgésico emocional: si no paro, no siento. La tercera es la productividad emocional, que nos lleva a habilitar solo emociones “funcionales”, como la motivación o el optimismo, mientras relegamos miedo, frustración o cansancio. Pero negar emociones no las hace desaparecer: solo debilita nuestra capacidad de gestionarlas.

Las señales de esta atrofia están en todas partes: falta de registro del cansancio, intolerancia creciente a la frustración, conversaciones superficiales, vínculos más cortos y decisiones tomadas desde la saturación. En las organizaciones se traduce en antilíderes que evitan conflictos, confunden feedback con juicio o creen que hablar de emociones es una pérdida de tiempo. 

El costo es enorme: rotación, desgaste, baja confianza y una cultura donde la gente opera, pero no se involucra.

Según estudios recientes sobre salud mental y bienestar laboral, las cifras son alarmantes. Una encuesta global de 2025 reveló que el 62 % de los colaboradores declara sentirse quemado (burnout). Otra investigación indica que aproximadamente uno de cada cuatro trabajadores en el mundo reporta síntomas persistentes de agotamiento, desconexión emocional o pérdida de eficacia laboral. 

En Argentina, un estudio reciente señala que el 37 % de los trabajadores debió faltar al trabajo por agotamiento o burnout. Además, más de tres cuartos de los trabajadores reconocen que el estrés laboral impacta su salud física: dolores, alteraciones del sueño y fatiga. Estos datos evidencian que la saturación emocional y la desconexión interna no son casos aislados: se han convertido en norma.

¿Por qué esto es más grave que el sedentarismo cognitivo? Porque mientras la inteligencia artificial puede replicar procesos lógicos, hay algo que ninguna tecnología puede sustituir: intuición, empatía, percepción social y claridad emocional. La IA puede procesar datos; la inteligencia emocional permite interpretarlos con criterio humano. Sin entrenamiento emocional, incluso el líder más preparado puede tomar malas decisiones.

La buena noticia es que la atrofia emocional tiene antídoto, y no requiere más información sino más entrenamiento. Pausas breves para identificar qué sentimos. Momentos intencionales de desaceleración para procesar. Espacios seguros en los equipos. Prácticas de empatía, regulación emocional, asertividad y autoconciencia. Liderar desde la presencia, no desde la reacción.

Hoy, lo verdaderamente disruptivo no es pensar distinto: es sentir distinto. En un mundo que puede automatizar casi todo, las emociones reguladas se vuelven nuestro diferencial más humano, el que sostiene la claridad, la creatividad y la calidad de nuestras decisiones.

La inteligencia emocional ya no es un “plus”: es la competencia que define si avanzamos con lucidez o si nos dejamos arrastrar por la velocidad. Recuperar la musculatura emocional no solo mejora nuestro bienestar; redefine la manera en la que trabajamos, lideramos y construimos futuro.

(*) Especialista en Gestión de personas, inteligencia emocional y liderazgo

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