Valijas que no cierran, rutas cargadas, vuelos completos y travesías en barco: el verano es, para muchos, sinónimo de movimiento. Y también del regreso de un clásico incómodo: los mareos que se producen durante el viaje. Lejos de ser mera sugestión, este malestar frecuente —conocido médicamente como cinetosis— tiene una explicación científica. Desde el Hospital Universitario Austral, un especialista cuenta por qué ocurre, cómo aliviarlo y cuándo es motivo de consulta.
La cinetosis aparece cuando el cerebro recibe información contradictoria de dos sistemas clave para el equilibrio: la vista y el oído interno. Mientras los ojos pueden estar fijos en un interior quieto —el auto, la cabina del avión, el camarote—, el oído interno registra aceleraciones, frenadas y cambios de dirección.
El doctor Claudio René Márquez, otoneurólogo del Hospital Universitario Austral, lo explica de la siguiente manera: “El oído tiene sensores de aceleración y angulares, que informan si avanzamos, frenamos o nos movemos hacia arriba y abajo. Cuando los ojos dicen ‘quieto’ y el oído dice ‘en marcha’, el cerebro no interpreta bien esa información, y aparece el mareo”.
Esta descoordinación genera la secuencia típica: incomodidad, palidez, náuseas, sudor y, en algunos casos, vómitos. No se trata de una enfermedad, sino de una forma más intensa de procesar el movimiento. “Algunas personas procesan el desplazamiento con más susceptibilidad que otras”, aclara el especialista.
En la infancia es más frecuente porque el sistema vestibular está en desarrollo. En muchos casos mejora con los años; en otros persiste. En adultos, hay una asociación conocida: quienes padecen migraña suelen haber sido niños que se mareaban en los viajes. “No existe una transmisión genética definida, pero sí una predisposición familiar evidente: siempre aparece un padre, un hermano o un tío que reaccionaba de la misma forma”, señala el doctor Márquez.
Cómo aliviarlo
Aunque no siempre puede evitarse por completo, el mareo de viaje puede hacerse mucho más llevadero con medidas simples que buscan recuperar la coherencia sensorial entre lo que se ve y lo que se siente. Algunos consejos:
Evitar pantallas y lectura. Leer, mirar películas o usar el celular fija la vista en un mundo quieto mientras el oído registra movimiento: una combinación que suele empeorar los síntomas.
Buscar referencias externas. Abrir la ventanilla, sentir el aire y mirar hacia adelante ayuda a que la información visual coincida con el desplazamiento real. Mirar hacia los costados, en cambio, puede saturar la percepción por la velocidad de los objetos.
Elegir bien el lugar
En auto: en niños, el centro del asiento trasero mirando hacia adelante; en adultos, el asiento delantero fijando la vista en un punto estable frente al vehículo.
En barco: el centro de la embarcación, donde se siente menos el vaivén; en embarcaciones pequeñas, acostarse en el medio puede ser de ayuda.
En avión: los asientos sobre el ala ofrecen mayor estabilidad y un punto focal más tranquilo. Caminar por la cabina solo si el vuelo está calmo; si se mueve, empeora la sensación.
Cuidar el contexto. El calor no causa la cinetosis, pero la vuelve más difícil de sobrellevar. También conviene evitar comidas abundantes antes de viajar.
Cuando la hipersensibilidad es marcada, existen opciones adicionales. Una es la farmacológica, con medicamentos sintomáticos como el dimenhidrinato, que no impiden que aparezca el mareo pero lo hacen más tolerable. La otra es la kinesiología vestibular, un abordaje específico poco conocido, que trabaja sobre la causa mediante ejercicios de movimiento, reflejos oculares y estímulos visuales. “No elimina la predisposición, pero mejora de manera notable la tolerancia. En niños suele funcionar especialmente bien: el tratamiento adopta forma de juego, aunque su finalidad sea muy precisa”, explica el doctor Márquez.
Cuándo consultar al médico
Conviene consultar a un especialista cuando los episodios son frecuentes, intensos o interfieren de manera sistemática con los viajes y la vida cotidiana. El mareo de viaje no es peligroso, pero puede volverse muy limitante. Al final, el mensaje es claro: para viajar sin sobresaltos, los sentidos tienen que trabajar en sintonía. Cuando esa armonía se pierde, el cuerpo protesta. La buena noticia es que, con ajustes simples —y, en algunos casos, con tratamiento—, es posible recuperar el equilibrio y disfrutar del camino.