Buenos Aires se convirtió en escenario de una postal que sorprendió a más de uno: jóvenes caracterizados como animales recorriendo calles, plazas y eventos, visibilizando subculturas que durante años se desarrollaron principalmente en espacios virtuales. En ese contexto, una reciente entrevista en C5N permitió conocer de primera mano cómo viven esta experiencia quienes forman parte de la comunidad furra y, sobre todo, marcar diferencias con los therians, dos conceptos que suelen confundirse.
Durante la charla, uno de los entrevistados explicó que ser furro no implica creerse un animal ni desconectarse de la realidad, sino participar de una expresión artística y recreativa. “Esto es un hobby”, remarcó, al tiempo que contó que su interés surgió de manera progresiva y acompañado por su familia.
Según detalló, su madre fue una de las primeras en preguntarle si realmente se sentía un animal, algo que él se encargó de aclarar desde el inicio: le gustan los personajes antropomórficos y el diseño de criaturas con rasgos animales, pero siempre desde la ficción y el cosplay. “No es lo mismo ser furro que ser therian”, sostuvo, marcando una línea clara entre ambas identidades.
La entrevista también dejó al descubierto el costado menos visible de este mundo: el esfuerzo económico que implica. Las llamadas “fursuits”, trajes artesanales que representan a la “fursona” (el personaje propio), pueden costar cifras muy elevadas. En su caso, explicó que el traje que deseaba rondaba los 1.500 dólares, motivo por el cual tuvo que salir a trabajar para poder pagarlo por sus propios medios.