Por Verónica Dobronich (*)
Durante años, el teléfono inteligente fue presentado como una extensión indispensable de nuestra vida: trabajo, vínculos, entretenimiento, orientación, memoria. Todo en un mismo dispositivo. Hoy, ese mismo objeto empieza a ser señalado como culpable de una mente saturada, dispersa y permanentemente interrumpida.
No sorprende, entonces, que crezca una contracorriente: la de los llamados “teléfonos tontos”, dispositivos básicos que prometen menos estímulos, menos notificaciones y, en teoría, más libertad.
La tendencia no surge en el vacío. Aparece en un contexto de fatiga digital, ansiedad crónica y una sensación extendida de estar siempre “en deuda” con el mundo: mensajes sin responder, alertas constantes, aplicaciones que reclaman atención. Frente a eso, los teléfonos de funciones limitadas se presentan como una solución simple a un problema complejo: volver a llamar, escribir mensajes breves y poco más.
Sin embargo, el entusiasmo por esta vuelta a lo básico convive con una paradoja incómoda. Primero nos vendieron la hiperconectividad como sinónimo de progreso. Ahora nos venden productos, nuevos, diseñados, muchas veces costosos, para ayudarnos a salir de ella. La desconexión también se convirtió en mercado.
Minimalismo digital o identidad aspiracional
Para algunos usuarios, optar por un teléfono tonto es una decisión de bienestar. Menos distracciones, más foco, mayor presencia. En ese sentido, el dispositivo funciona como un límite externo frente a una economía diseñada para capturar la atención. No se trata solo de tecnología, sino de una declaración de valores: priorizar el tiempo, la profundidad y el silencio en un entorno que premia la inmediatez.
Pero esa elección empieza a adquirir una dimensión simbólica. El teléfono tonto deja de ser solo una herramienta y se transforma en un marcador de identidad. Comunica autocontrol, conciencia, incluso cierto estatus cultural: “puedo no estar disponible todo el tiempo”. Y ahí aparece la pregunta incómoda.
¿Quién puede permitirse estar menos localizable?
No todas las personas tienen la misma libertad para desconectarse. Para quienes dependen de aplicaciones para trabajar, conductores, repartidores, freelancers, trabajadores de plataformas, borrar apps o reducir la conectividad no es una opción neutral: es una amenaza directa a sus ingresos. En cambio, quienes cuentan con mayor estabilidad laboral, autonomía horaria o capital social pueden elegir cuándo y cómo estar disponibles.
Así, lo que se presenta como una decisión individual de bienestar empieza a revelar una brecha. La desconexión voluntaria puede convertirse en un privilegio. En este escenario, el teléfono tonto corre el riesgo de transformarse en un símbolo de clase: no tanto por su precio, sino por lo que habilita. No todos pueden darse el lujo de no responder, de no estar geolocalizados, de no reaccionar en tiempo real.
La estética de la desconexión
A esta tensión se suma otra capa: la estética. Muchos de estos dispositivos no son baratos ni improvisados. Tienen diseño cuidado, materiales premium y una narrativa aspiracional que los aleja de la simple nostalgia. Se parecen menos a un viejo celular olvidado en un cajón y más a un objeto curado, pensado para comunicar estilo de vida. Como los vinilos, las cámaras analógicas o los cuadernos de papel en la era digital, el teléfono tonto también dice algo sobre quien lo elige.
Más que tecnología, una pregunta cultural
La discusión de fondo no es si los teléfonos tontos son buenos o malos, ni si los smartphones “nos arruinaron”. La pregunta es más profunda y más incómoda: ¿qué tipo de relación queremos tener con la disponibilidad permanente? ¿La capacidad de desconectarse será un derecho, una habilidad emocional… o un nuevo signo de estatus?
Tal vez, hacia 2026, el debate no gire solo en torno a qué dispositivo usamos, sino a algo más esencial: quién puede elegir estar menos conectado y quién no. En un mundo que exige presencia constante, la verdadera revolución podría no ser apagar el teléfono, sino preguntarnos por qué sentimos que no podemos hacerlo.
(*) Especialista en Gestión de personas, inteligencia emocional y liderazgo.
