Por Catalina Irades (*)
Cada 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer vuelve a instalar debates necesarios sobre derechos, oportunidades y desigualdades. Sin embargo, más allá de las discusiones políticas o sociales, existe una dimensión menos visible pero profundamente relevante: la relación entre la experiencia laboral de las mujeres y su salud mental.
El trabajo no es solo una actividad económica. Desde una perspectiva psicológica y psicoanalítica, también es un organizador central de la identidad. A través del trabajo, las personas construyen reconocimiento, autonomía, sentido de pertenencia y proyecto de vida.
En el caso de muchas mujeres, este proceso ha estado históricamente atravesado por tensiones particulares. Durante décadas, el acceso al trabajo remunerado implicó no solo una conquista de derechos, sino también una transformación profunda en la forma en que se organizan los roles sociales, familiares y personales.
Hoy, gran parte de las mujeres participan activamente del mundo laboral, emprenden, lideran empresas, ocupan posiciones profesionales y toman decisiones económicas. Sin embargo, esta expansión de oportunidades convive con nuevas formas de presión psicológica.
Uno de los fenómenos más observados en la clínica y en la psicología organizacional es la doble o triple exigencia. Muchas mujeres sostienen simultáneamente responsabilidades laborales, tareas de cuidado y expectativas sociales vinculadas al rendimiento personal. Esto genera una carga psíquica particular que, en muchos casos, permanece invisibilizada.
La hiperexigencia es uno de los rasgos más frecuentes. Aparece en forma de perfeccionismo extremo, dificultad para delegar, miedo al error o sensación constante de tener que demostrar capacidad. Esta dinámica no siempre surge únicamente del entorno laboral, sino también de procesos internos vinculados a la construcción de autoestima y reconocimiento.
A esto se suma un fenómeno cada vez más presente en la cultura contemporánea: la comparación permanente, amplificada por las redes sociales. En un escenario donde se exhiben modelos de éxito, productividad, maternidad ideal y desarrollo personal simultáneo, muchas mujeres experimentan la sensación de que siempre están llegando tarde a alguna meta.
El resultado puede ser una combinación compleja de agotamiento emocional, ansiedad por rendimiento y dificultades para desconectar del trabajo. No es casual que el burnout —síndrome de desgaste profesional— aparezca cada vez con mayor frecuencia en mujeres que sostienen múltiples roles sin espacios reales de descanso psíquico.
Desde la psicología del trabajo, es importante comprender que el bienestar laboral no depende solo de la motivación individual. También está profundamente condicionado por las culturas organizacionales. Ambientes laborales con liderazgo empático, reconocimiento profesional y distribución clara de responsabilidades tienden a generar mayor estabilidad emocional.
En cambio, organizaciones basadas exclusivamente en la presión por resultados o en la disponibilidad permanente suelen amplificar el desgaste psicológico.
En el caso de las mujeres que emprenden o lideran proyectos propios, aparece además otro factor: la soledad decisional. Tomar decisiones, sostener equipos y enfrentar la incertidumbre económica requiere recursos emocionales importantes. Cuando no existen redes de apoyo o espacios de contención profesional, la carga mental puede volverse difícil de sostener.
Por eso, hablar de mujeres y trabajo no debería limitarse únicamente al acceso a oportunidades. También implica reflexionar sobre las condiciones emocionales en las que ese trabajo se desarrolla.
La salud mental laboral no se construye solamente con esfuerzo individual. Requiere entornos que comprendan los límites humanos, promuevan el equilibrio entre productividad y bienestar, y reconozcan que el rendimiento sostenible depende del cuidado psicológico de quienes trabajan.
El desafío actual no es solo que más mujeres trabajen o emprendan. El verdadero desafío es construir culturas laborales donde el crecimiento profesional no implique sacrificar la estabilidad emocional.
Porque cuando el trabajo deja de ser un espacio de desarrollo y se convierte en una fuente constante de presión interna, el costo ya no es solo individual. También impacta en las organizaciones, en la calidad de vida y en la salud colectiva.
Cuidar la salud mental de quienes trabajan —y especialmente de quienes sostienen múltiples roles— no es una cuestión secundaria. Es una condición necesaria para construir sociedades más equilibradas y sostenibles.
(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental laboral