Por Catalina Irades (*)
En momentos como los que atraviesa actualmente la provincia, gran parte de la atención pública se concentra en los efectos visibles del temporal: rutas complicadas, familias que deben reorganizar su vida cotidiana, barrios afectados y equipos de asistencia trabajando de manera permanente.
Sin embargo, mientras estos acontecimientos se desarrollan, existe otra dimensión que suele permanecer menos visible pero que es igualmente relevante: el impacto psicológico que las emergencias climáticas generan en las personas.
Las tormentas intensas, las inundaciones o cualquier fenómeno que altera de manera abrupta la vida cotidiana activan mecanismos profundos del sistema emocional humano. Cuando el entorno que normalmente brinda estabilidad se vuelve incierto, el cerebro entra en estado de alerta.
Desde la psicología del trauma sabemos que los eventos inesperados y potencialmente amenazantes generan respuestas fisiológicas y emocionales inmediatas: miedo, ansiedad, sensación de vulnerabilidad, hiperalerta o dificultad para descansar. Estas reacciones no indican fragilidad psicológica. Son respuestas adaptativas del organismo frente a contextos de incertidumbre.
El investigador del trauma psicológico Bessel van der Kolk ha explicado ampliamente cómo, ante situaciones que ponen en riesgo la sensación de seguridad, el cerebro activa sistemas diseñados para la supervivencia. Estos mecanismos permiten reaccionar ante el peligro, pero también generan un importante desgaste emocional cuando las condiciones de tensión se prolongan en el tiempo.
Mucho antes, el psicoanálisis ya había identificado este fenómeno. Sigmund Freud describía que ciertos acontecimientos externos inesperados podían producir lo que denominó trauma psíquico: experiencias que superan momentáneamente la capacidad del individuo para procesar emocionalmente lo que está ocurriendo.
En contextos de emergencia climática no solo se ve afectado el entorno físico. También se altera uno de los pilares que organizan la vida humana: la previsibilidad. Las rutinas cambian, los espacios cotidianos se transforman y aquello que normalmente ofrece estabilidad deja de ser completamente confiable.
En medio de este escenario aparece además otra dimensión poco visible: la carga emocional que enfrentan quienes trabajan asistiendo a la población. Personal sanitario, fuerzas de seguridad, equipos de emergencia, docentes y voluntarios sostienen jornadas de alta exigencia psicológica, expuestos a demandas constantes y a situaciones de preocupación colectiva.
La literatura internacional describe este fenómeno como estrés traumático secundario o fatiga por compasión, un desgaste emocional que puede aparecer en quienes cumplen roles de cuidado durante situaciones críticas.
Por este motivo, en cualquier situación de emergencia resulta fundamental comprender que la salud mental también forma parte de la respuesta comunitaria. La contención emocional, la comunicación clara, la presencia institucional y las redes de solidaridad cumplen un papel esencial para atravesar momentos de incertidumbre.
La psicología social ha estudiado durante décadas un fenómeno que suele emerger en estas circunstancias: la resiliencia comunitaria. Frente a la adversidad, las comunidades tienden a reorganizarse, a generar redes de apoyo y a fortalecer vínculos que permiten sostener colectivamente los momentos de dificultad.
Hoy muchas personas permanecen atentas a la evolución del clima, pendientes de sus hogares, de las rutas o de familiares. En ese contexto, es importante comprender que las emociones que aparecen —preocupación, tensión o cansancio— forman parte de la respuesta humana ante lo inesperado.
Cuidar la salud mental en medio de una emergencia no es un aspecto secundario ni un lujo teórico. Es una dimensión fundamental del bienestar social.
Porque mientras la tormenta continúa, también se está poniendo a prueba algo más profundo que la resistencia de la infraestructura: la capacidad emocional de una comunidad para sostenerse frente a la incertidumbre.
(*) Psicóloga clínica - especialista en salud mental aplicada al trabajo, el liderazgo y el comportamiento humano.
Desarrolla investigación, formación y divulgación sobre salud mental en contextos sociales contemporáneos, con foco en el impacto psicológico de las transformaciones culturales, laborales y comunitarias.