lunes 30 de marzo de 2026 - Edición Nº4391

Política | 30 mar 2026

Enfoques

Salud mental hoy: entre la exposición, la exigencia y lo que aún no se dice

Fenómenos como el burnout, la ansiedad laboral o la desmotivación crónica no aparecen de manera aislada. Son, en muchos casos, respuestas a los entornos hostiles.


Por Catalina Irades (*)

La salud mental se ha convertido en uno de los temas más presentes en la conversación contemporánea. Sin embargo, su visibilidad no siempre implica comprensión. Hablar de salud mental no es solamente reconocer su existencia, sino también entender su complejidad y el lugar estructural que ocupa en la vida de las personas.

En los últimos años, distintos debates sociales —incluidos aquellos más sensibles, como los vinculados al sufrimiento extremo y la eutanasia— han puesto en evidencia una realidad que durante mucho tiempo permaneció en segundo plano: el dolor psíquico existe, es significativo y no siempre encuentra espacios adecuados para ser elaborado.

Sin necesidad de tomar posiciones, estos escenarios invitan a una reflexión más amplia. Nos obligan a preguntarnos no solo por los límites de la vida, sino por las condiciones en las que esa vida es vivida.

Desde una perspectiva psicológica, la salud mental no puede reducirse a la ausencia de enfermedad. Es una condición dinámica que atraviesa la forma en que una persona piensa, siente, trabaja, se vincula y construye sentido. Es, en definitiva, un eje organizador de la subjetividad.

En este contexto, las problemáticas contemporáneas adquieren un papel central.

Vivimos en una cultura marcada por la exposición constante. Las redes sociales han transformado la manera en que las personas se perciben a sí mismas y a los otros. La comparación permanente, la construcción de ideales de éxito y la necesidad de validación externa generan una presión sostenida que impacta directamente en la autoestima y en la estabilidad emocional.

A esto se suma el lugar del trabajo en la vida actual. Lejos de ser únicamente un medio de subsistencia, el trabajo funciona como un organizador de identidad, reconocimiento y valor personal. Pero cuando se combina con lógicas de hiperproductividad, disponibilidad permanente y exigencia constante, puede convertirse en una fuente significativa de desgaste psíquico.

Fenómenos como el burnout, la ansiedad laboral o la desmotivación crónica no aparecen de manera aislada. Son, en muchos casos, respuestas a entornos que demandan más de lo que el sujeto puede sostener en el tiempo.

Sin embargo, a pesar de esta creciente visibilidad, todavía existen aspectos de la salud mental que continúan siendo tabú.

El sufrimiento emocional profundo, la sensación de vacío, la angustia persistente o incluso la dificultad para encontrar sentido siguen siendo experiencias que muchas personas transitan en soledad. Aún hoy, expresar malestar puede ser interpretado como debilidad, falta de capacidad o incapacidad para adaptarse.

Este silenciamiento no es menor. Cuando el malestar no encuentra un espacio de simbolización -es decir, de palabra, de escucha y de elaboración- tiende a intensificarse o a manifestarse de otras formas: en el cuerpo, en los vínculos o en el rendimiento cotidiano.

Por eso, uno de los desafíos actuales no es solo hablar más de salud mental, sino cómo se habla de ella.

No se trata de banalizarla ni de convertirla en un concepto de moda, sino de abordarla con la profundidad que requiere. Esto implica reconocer que no todas las experiencias pueden resolverse con respuestas rápidas, y que el bienestar no es un estado permanente, sino un equilibrio que necesita ser sostenido.

En el ámbito laboral, esto se traduce en la necesidad de construir culturas organizacionales más conscientes, que contemplen los límites humanos y promuevan condiciones de trabajo sostenibles. En lo social, implica habilitar conversaciones más honestas sobre el malestar, sin reducirlo ni estigmatizarlo.

Y en lo individual, supone un cambio de paradigma: dejar de exigir respuestas inmediatas a procesos que, por su naturaleza, requieren tiempo, elaboración y acompañamiento.

Los debates contemporáneos, incluso los más incómodos, cumplen una función fundamental: visibilizan aquello que durante mucho tiempo se evitó. Nos enfrentan a la necesidad de pensar la salud mental no como un tema accesorio, sino como un componente central de la vida.

La verdadera toma de conciencia no radica únicamente en nombrar el problema, sino en generar condiciones para que ese malestar pueda ser comprendido, acompañado y, en la medida de lo posible, transformado.

Porque en una sociedad que exige cada vez más, aprender a reconocer los propios límites y darle lugar a la subjetividad no es un signo de debilidad.

Es, en todo caso, una forma de cuidado. Y también, una forma de responsabilidad.


(*) Psicóloga clínica– Psicoanalista– Especialista en salud mental laboral

Más Noticias