sábado 04 de abril de 2026 - Edición Nº4396

Interés general | 4 abr 2026

Opinión

Los tiempos de la economía y la paciencia de la salud

Es un sistema que ha sobrevivido durante años gracias al endeudamiento, al deterioro de la infraestructura, al sacrificio del personal y a una silenciosa descapitalización.


Por Juan Manuel Ibarguren (*)

Durante décadas, el economista Milton Friedman repetía una observación que se convirtió en una regla empírica de la macroeconomía: los efectos de una expansión o contracción monetaria no se perciben inmediatamente en la economía real. Existe un rezago. Según Friedman, ese retraso suele ubicarse aproximadamente entre 12 y 18 meses.

La economía, en otras palabras, no reacciona de manera instantánea. Las decisiones de inversión, producción y consumo necesitan tiempo para acomodarse a las nuevas condiciones monetarias.

La Argentina actual ofrece un escenario interesante para reflexionar sobre ese fenómeno.

El gobierno ha implementado un programa de estabilización basado en un fuerte ajuste fiscal, una política monetaria contractiva y una corrección de precios relativos acumulados durante años de distorsiones. El objetivo es claro: estabilizar la macroeconomía, reducir la inflación y generar las condiciones para el crecimiento.

Pero surge una pregunta inevitable.

¿Cuándo comenzarán a verse los efectos positivos en la economía real?

Si seguimos la lógica de Friedman, el impacto pleno de un cambio en la política monetaria podría tardar más de un año en manifestarse. Sin embargo, la teoría monetaria no es el único marco conceptual que puede ayudarnos a interpretar este momento.

Dentro de la tradición de la escuela austríaca, el economista Roger Garrison desarrolló un modelo gráfico que describe cómo las distorsiones monetarias afectan la estructura de producción de una economía. Su representación —difundida ampliamente por economistas como Jesús Huerta de Soto— muestra cómo los ciclos económicos no son meramente fluctuaciones estadísticas, sino desajustes profundos entre el ahorro real, la inversión y la estructura temporal del capital.

Cuando el crédito artificialmente barato impulsa inversiones que no están respaldadas por ahorro genuino, la economía entra en una fase de expansión que inevitablemente termina en corrección.

La fase posterior es más silenciosa y menos visible: la recomposición de la estructura productiva, el retorno a proyectos viables y la reconstrucción del capital.

Ese proceso lleva tiempo.

Si el modelo de Garrison describe correctamente la dinámica de los ciclos, entonces la economía argentina podría encontrarse aún en esa fase de transición, donde las distorsiones del pasado todavía se están corrigiendo.

Pero aquí aparece un problema adicional que rara vez se menciona en los debates macroeconómicos.

Mientras la teoría económica habla de rezagos, ciclos y estructuras de capital, los sectores productivos deben sobrevivir en el presente.

Y pocos sectores reflejan esa tensión con tanta claridad como el sistema de salud.

Durante décadas, el sistema sanitario argentino ha funcionado con un esquema profundamente desequilibrado entre financiadores y prestadores. Los financiadores administran los recursos; los prestadores asumen el riesgo operativo, la inversión tecnológica y la responsabilidad profesional.

El resultado es una paradoja difícil de sostener.

Más de 4.500 clínicas y sanatorios del país arrastran deudas previsionales acumuladas durante más de 25 años, mientras los aranceles que reciben por sus prestaciones se encuentran sistemáticamente por debajo de los costos reales.

Es un sistema que ha sobrevivido durante años gracias al endeudamiento, al deterioro de la infraestructura, al sacrificio del personal y a una silenciosa descapitalización.

En términos económicos, podría decirse que el sector de la salud lleva décadas viviendo en su propio ciclo artificial, sostenido por precios que no reflejan la realidad de los costos.

Pero a diferencia de los modelos teóricos, la salud no puede detenerse mientras la economía se reacomoda.

Los pacientes siguen enfermándose. Los hospitales siguen funcionando. Las clínicas siguen invirtiendo para mantener estándares tecnológicos y profesionales.

Por eso surge otra pregunta incómoda.

Si el programa económico actual lograra estabilizar la macroeconomía y ordenar los precios relativos, ¿cuándo comenzará a manifestarse ese cambio en sectores como el de la salud?

¿Estamos todavía dentro del rezago que describía Friedman? ¿O seguimos atrapados en una estructura distorsionada que el propio modelo de Garrison advertiría como insostenible?

Porque si algo demuestra la experiencia argentina es que los tiempos de la macroeconomía y los tiempos de las instituciones no siempre coinciden.

La economía puede esperar los rezagos de la política monetaria. La salud, en cambio, no tiene ese lujo.

Y quizás allí radique uno de los desafíos más urgentes del presente: lograr que la estabilización macroeconómica no llegue demasiado tarde para quienes sostienen, todos los días, el funcionamiento real del sistema sanitario.

Porque sin prestadores, simplemente, no hay sistema de salud posible.

Tal vez entonces la pregunta central no sea solo cuándo comenzará a crecer la economía argentina, sino también si ese crecimiento llegará a tiempo para sostener las estructuras esenciales que la sociedad necesita para funcionar.


(*) Magíster en Administración de Servicios de Salud - CAMEOF

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