martes 07 de abril de 2026 - Edición Nº4399

Interés general | 7 abr 2026

Enfoques

Adolescencia, desborde y salud mental: lo que los síntomas sociales están mostrando

Es un momento donde lo emocional se intensifica y donde los límites, tanto internos como externos, cumplen una función fundamental.


Por Catalina Irades (*)

En los últimos días, escenas de disturbios -y hasta una muerte- protagonizadas por adolescentes en espacios públicos volvieron a instalar una pregunta que incomoda pero que resulta necesaria: ¿Qué está pasando con los jóvenes hoy?

La respuesta no puede reducirse a una explicación simple. Cuando aparecen episodios de desborde, violencia o desorganización grupal, no se trata únicamente de conductas aisladas. En muchos casos, funcionan como expresiones visibles de procesos más profundos, tanto individuales como sociales.

Construcción de identidad

La adolescencia es, por definición, una etapa de transición. Implica la construcción de identidad, la separación progresiva de las figuras parentales y la búsqueda de pertenencia. Es un momento donde lo emocional se intensifica y donde los límites, tanto internos como externos, cumplen una función fundamental.

Sin embargo, en el contexto actual, estos procesos se ven atravesados por condiciones particulares.

Por un lado, vivimos en una cultura que ha debilitado ciertas referencias tradicionales de autoridad. Esto no implica necesariamente algo negativo, pero sí genera un escenario donde los límites muchas veces aparecen difusos o inconsistentes. Para un adolescente, la ausencia de marcos claros no siempre se traduce en libertad, sino en desorientación.

Por otro lado, el grupo de pares adquiere un protagonismo aún mayor. En muchos casos, la identidad se construye más desde la mirada del otro que desde una elaboración interna. Esto puede favorecer conductas impulsivas, especialmente en contextos grupales donde se diluye la responsabilidad individual.

A esto se suma un factor central de la época: la exposición.

Las redes sociales no solo amplifican los comportamientos, sino que también modifican su lógica. Lo que antes podía ser un acto impulsivo y momentáneo, hoy puede convertirse en contenido, en validación o en búsqueda de visibilidad. La acción deja de ser solo vivida para ser también mostrada.

En este contexto, el límite entre lo privado y lo público se vuelve cada vez más difuso.

Lo no dicho

Desde la salud mental, es importante comprender que el desborde no es únicamente un problema de conducta. Es, muchas veces, una dificultad en la regulación emocional. Cuando no hay recursos psíquicos suficientes para procesar lo que se siente —frustración, enojo, vacío, angustia—, el cuerpo y la acción toman protagonismo.

Actuar reemplaza a pensar.

Pero también hay otro elemento clave: lo que no se dice.

Muchos adolescentes atraviesan sentimientos de soledad, desconexión, falta de sentido o dificultad para proyectarse en el futuro. Sin embargo, estas experiencias no siempre encuentran espacios de escucha. Siguen siendo, en gran medida, un tabú.

En lugar de ser interpretados como señales de malestar, estos comportamientos suelen ser leídos únicamente desde lo disciplinario o lo social, dejando de lado su dimensión subjetiva.

Esto no implica justificar los hechos, sino complejizarlos.

Pensar estos fenómenos únicamente en términos de control o sanción limita la posibilidad de intervenir de manera efectiva. La pregunta no debería ser solo cómo se detiene el desborde, sino qué lo está produciendo.

Límites como forma de cuidado

La familia, la escuela y las instituciones cumplen un rol central en este proceso. No solo como espacios de regulación, sino como lugares donde se transmiten herramientas simbólicas: la palabra, el límite, la espera, la posibilidad de tramitar el malestar sin necesidad de actuarlo.

En este sentido, el límite no es solo una restricción. Es también una forma de cuidado. Ordena, contiene y permite que el sujeto pueda ubicarse frente a sí mismo y frente a los otros.

La salud mental en la adolescencia no puede pensarse de manera aislada. Está directamente vinculada al contexto social, cultural y vincular en el que los jóvenes crecen.

Por eso, cuando aparecen escenas de desborde colectivo, más que mirar únicamente el síntoma, es necesario preguntarse por el entramado que lo sostiene.

Porque muchas veces, lo que irrumpe en la calle es lo que no está pudiendo ser tramitado en otros espacios.

Y en ese sentido, más que un problema exclusivamente juvenil, se trata de un fenómeno que interpela a toda la sociedad.


(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental
 

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