Cuando la enfermedad de Parkinson avanza, los medicamentos que inicialmente logran controlar los síntomas pueden comenzar a perder eficacia o provocar efectos secundarios. En esos casos, algunos pacientes pueden beneficiarse de una alternativa terapéutica quirúrgica llamada estimulación cerebral profunda (Deep Brain Stimulation, DBS), un procedimiento que en las últimas décadas se consolidó como uno de los tratamientos más utilizados para los trastornos del movimiento en el mundo.
La técnica consiste en implantar finos electrodos en regiones específicas del cerebro vinculadas al control del movimiento. Estos electrodos se conectan a un pequeño generador de impulsos eléctricos (similar a un marcapasos), que se coloca debajo de la piel, generalmente en la zona del pecho. A través de estímulos eléctricos controlados, el dispositivo modula la actividad de los circuitos neuronales alterados por la enfermedad y ayuda a reducir síntomas como temblores, rigidez o lentitud motora.
Según explicaron los médicos Pablo Rubino y Joaquín Chuang, aunque no cura el Parkinson ni detiene su progresión, la estimulación cerebral profunda puede mejorar de forma significativa la calidad de vida de pacientes cuidadosamente seleccionados, en particular aquellos que presentan complicaciones motoras importantes pese a recibir tratamiento farmacológico adecuado.
La intervención requiere una planificación extremadamente precisa y la participación de un equipo multidisciplinario integrado por neurólogos, neurocirujanos, ingenieros biomédicos y especialistas en neurofisiología.
Para localizar el punto exacto del cerebro donde se implantarán los electrodos (conocido como “blanco quirúrgico”) se utilizan técnicas de neuroimagen como la resonancia magnética y sistemas de coordenadas estereotáxicas que permiten orientarse dentro del cerebro con precisión milimétrica. Con estos datos, los especialistas calculan la trayectoria más segura para alcanzar estructuras profundas relacionadas con el control del movimiento, como el núcleo subtalámico o el globo pálido.
Durante la cirugía se realiza además un registro electrofisiológico que permite escuchar y analizar la actividad eléctrica de las neuronas mientras los instrumentos avanzan hacia el objetivo. Este “mapa” de señales neuronales ayuda a confirmar que los electrodos se encuentran exactamente en la región adecuada.
En muchos casos el paciente permanece despierto durante parte del procedimiento, aunque con sedación y anestesia local. Esto permite evaluar en tiempo real cómo responde el cerebro a la estimulación y verificar que no se afecten funciones neurológicas importantes.
Una vez posicionados los electrodos en ambos hemisferios cerebrales, se conectan mediante cables que pasan por debajo de la piel hasta el generador de impulsos implantado en el tórax. El sistema completo queda completamente interno y puede ajustarse desde el exterior mediante programación electrónica.
A diferencia de técnicas neuroquirúrgicas utilizadas décadas atrás, la estimulación cerebral profunda no destruye tejido cerebral. Su funcionamiento se basa en modificar de manera controlada la actividad eléctrica de circuitos neuronales específicos, lo que permite ajustar la intensidad y frecuencia de los estímulos según la evolución de cada paciente.
De acuerdo a lo destacado por los integrantes del Servicio de Neurolgía del Hospital Alemán, esa posibilidad de programación posterior es una de las principales ventajas del procedimiento, ya que permite adaptar el tratamiento a lo largo del tiempo sin necesidad de nuevas cirugías.
Actualmente, la estimulación cerebral profunda es un tratamiento ampliamente utilizado en centros especializados de Europa, Estados Unidos y Asia. Se estima que más de 150.000 personas en el mundo han sido tratadas con esta técnica para Parkinson y otros trastornos del movimiento.
Estudios clínicos también han demostrado beneficios sostenidos. Una investigación multicéntrica publicada en JAMA Network observó que pacientes con estimulación cerebral profunda del núcleo subtalámico experimentaron una mejora cercana al 50 % en la función motora durante el primer año, además de una reducción significativa de las discinesias y de las fluctuaciones motoras asociadas a la medicación.
La Parkinson's Foundation señala además que muchos pacientes logran disminuir la dosis de fármacos antiparkinsonianos luego del procedimiento, lo que contribuye a reducir efectos adversos vinculados al tratamiento prolongado.
La cirugía suele durar varias horas y, tras la intervención, los pacientes permanecen internados entre dos y cinco días para observación. Posteriormente se inicia una etapa de ajustes progresivos del neuroestimulador, que se programan en consultas ambulatorias según la respuesta clínica.
Si bien los resultados pueden variar entre pacientes, para muchas personas con Parkinson avanzado la estimulación cerebral profunda representa hoy una herramienta terapéutica que permite recuperar autonomía y mejorar su vida cotidiana.