19 Sep. 2021 | 02:54
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A 12 años de su fallecimiento

Alfonsín, padre de la democracia para siempre

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  • Así lo bautizaron poco tiempo después que dejara de ser presidente los radicales de la localidad bonaerense de Caseros, en un multitudinario acto público. Cuando recibió ese día la plaqueta meneó, su cabeza para mostrar que no le correspondía ese honor. Pero era así.

    Raúl Alfonsín.
    Raúl Alfonsín.

    Por Jorge ‘Cacho’ Novillo (*)

    Un 31 de marzo, hace 12 años, el país se conmovía en sus entrañas. Fallecía Raúl Ricardo Alfonsín, aquel hombre que, a través del voto popular se convirtió en presidente de la Nación tras siete años de la dictadura más atroz y sangrienta que reconozca la historia argentina y bajo cuyo liderazgo se produjo el retorno a la vigencia plena de la Constitución Nacional en el país.

    Aquella noche, cuando el pueblo se anotició del fallecimiento de Alfonsín, la ciudadanía sintió que se había apagado el corazón no sólo de un político de raza, un demócrata, honesto a carta cabal, sino el del “padre de la democracia”, condición que mucho tiempo antes muy a su pesar -ya que no era afecto a los reconocimientos personales- se le había conferido.

    Tal vez, corresponda decir, para ser honestos, que así lo bautizaron poco tiempo después que dejara de ser presidente los radicales de la localidad bonaerense de Caseros, partido de Tres de Febrero, en un multitudinario acto público. Cuando recibió ese día la plaqueta meneó, su cabeza para mostrar que no le correspondía ese honor. Pero era así.

    Mucho tiempo después, en el 2008, sobrevendría un idéntico reconocimiento desde el propio Estado nacional que le ofrendó el merecido homenaje por haber sido quien cargó sobre sus espaldas la reconstrucción de la vigencia de la democracia, esa que logró consolidarse con el esfuerzo de todos los argentinos, tal como Alfonsín decía siempre. Y fue ese pregonar el que recogió la ciudadanía, más allá de sus pertenencias políticas para custodiar esa democracia.

    Ya nadie discute, desde la honestidad intelectual, lo que Alfonsín significó para que en el país, con el retorno a la democracia hubiese justicia. Fue su gobierno el que impulsó la constitución de la Conadep y garantizo la plena independencia de los jueces para ellos actuaran y determinarán las responsabilidades de los jerarcas de la dictadura que habían ordenado y desatado el horror de la violación a los derechos humanos que se había producido con ellos en el poder.

    Y entonces el llamado Juicio a las Juntas Militares se convirtió no sólo en un símbolo de su gobierno sino que desató la admiración del mundo por en ningún país del planeta hasta ese momento –y aún en el presente- se había juzgado a militares responsables de actos de genocidio de la magnitud como el que se había producido desde el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

    Pero también, Alfonsín y su gobierno dio garantías a la Justicia independiente que, también bajo el irrestricto principio del debido proceso se ubicara en el banquillo de los acusados y se condenara a aquellos miembros de las organizaciones guerrilleras que, antes de aquel golpe de Estado, habían contado con la aquiescencia de un gobierno civil para actuar por la vía armada, sembrando el terror, lo cual con la complicidad de los sectores del privilegio los militares tuvieran la excusa para tumbar a la democracia y entronizarse en el poder.

    Alfonsín, tampoco nadie lo pone en tela de juicio, cumplió su misión de llevar adelante la consolidación de la democracia al entregarle, antes de concluir su mandato, los atributos de mando a otro presidente elegido a través del voto popular en 1989 al advertir que la meta que se había auto impuesto se había logrado alcanzar.

    Ese sólo hecho marcó la dimensión de la tarea de Alfonsín, quien cuando dejó el gobierno, desde el llano, continuó con su contribución para hacer sólida a la democracia y la ciudadanía, con el tiempo, advirtió además, que aquel hombre había dejado el poder y su honradez en el ejercicio de la función pública era todo un ejemplo, digno de imitar. Jamás debió concurrir ante estrado judicial alguno. Sencillamente porque él y su gobierno no se habían apartado jamás de lo que establece la ley en el manejo de la gestión pública.

    Ese presidente radical emparentó decididamente la democracia con la paz. Y por eso frente a resabios del autoritarismo, patentizados en los tres levantamientos militares que soportó su gobierno –particularmente en el de Semana Santa de 1987- ordenó que no se apelara a la represión para evitar derramamiento de sangre entre argentinos y fue él, personalmente, el que conjuró aquellas asonadas.

    Desde esa misma concepción fue que con el acuerdo de paz con Chile evitó la reedición de episodios como los que se habían producido en 1978 cuando los militares en el gobierno pusieron al país al borde de una guerra con esa nación y después con la firma, con su entonces colega, José Sarney, de los protocolos de integración con Brasil para desterrar cualquier hipótesis de conflicto con el país hermano.

    Fue Alfonsín el que impulsó desde su gobierno el Programa Alimentario Nacional con el que planeó y logró que los sectores más vulnerables de la población tuviesen garantizado su asistencia alimentaria, mientras que con eficaces planes de salud y, con irrenunciable decisión, desarrolló acciones para el acceso a la salud y a la educación de amplias franjas de la sociedad así como otras destinadas a combatir la pobreza en la que habían quedado sumergidos miles de argentinos como consecuencia de las políticas del gobierno de facto.

    Y así, podríamos seguir enumerando la labor de Alfonsín como presidente y luego adentrarnos en su aporte desde el llano, cuando dejó el gobierno. Siempre su actitud fue la de poner por encima de intereses partidarios, y mucho menos personales, los del país y el conjunto de la ciudadanía que, ante su muerte, hace nueve años, se volcó a las calles, llegó hasta el Congreso, espero pacientemente su turno para pasar por la capilla ardiente, darle el último adiós para luego acompañarlo hasta su última morada en el Cementerio de la Recoleta.

    El país, por aquellas horas se paralizó. Nadie olvida a aquel hombre que ya entró en la historia y al que, como no podía ocurrir de otra manera, se le reconoce su conducta moral y política, no haberse apartado ni en un ápice de lo que, en su momento, se había propuesto realizar desde el gobierno si el pueblo, como finalmente ocurrió un 30 de octubre de 1983, lo elegía presidente.

    Por su conducta, su honradez y su empeño por devolverle la paz y la vida a los argentinos, por su tenacidad para llevar adelante aquel gobierno democrático aun soportando los efectos de las políticas de los militares que había devastado el país en su tejido social y en sus posibilidades de desarrollo, por haber sentado las bases de una “democracia para siempre”, los argentinos, cada 31 de marzo, evocamos su figura y volvemos a reivindicarlo como el “padre de la democracia”.

    Una vez más, como aquel 31 de marzo de hace 12 años, tal vez convenga recoger su convocatoria en defensa de los valores más trascendentes del ser humano, de procurar desde la política atender las necesidades de los que menos tienen, de los que más necesitan. Quizás, si determinadas circunstancias generan en el ciudadano confusión o desasosiego, sea recomendable que vuelva a repetir, como lo hacía Alfonsín, aquellas frases que conjugaban los sueños y los anhelos de cualquier argentino y entonces pronunciar esa suerte de rezo laico, u oración patriótica, “….que si algún distraído al costado del camino cuando nos ve marchar nos pregunta ¿Cómo juntos? ¿Por qué marchan? ¿Por qué luchan? debemos contestarles con las palabras de Preámbulo…, que marchamos, que luchamos, para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino….”.

    (*) Dirigente de la Unión Cívica Radical de Tres de Febrero

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