viernes 12 de abril de 2024 - Edición Nº3674

Política | 2 abr 2024

Análisis

Guarangadas geopolíticas de compadrito

Ante la carencia de logros significativos Milei exhibe, apenas, derrotas ejemplarmente esclarecedoras, precios imposibles y papelones memorables. Y genera escándalos internacionales que no atenúan, siquiera, el impacto de la recesión.


Por Jorge Asís (*)

Espantosamente intolerable fue la ofensa de Javier Milei, El Psiquiátrico, al señor presidente de Colombia Eduardo Petro.

“Terrorista asesino”, le dijo.

Como al señor presidente de México, don Andrés Manuel López Obrador, AMLO.

“Que un ignorante hable mal, me enaltece”, dijo.

Guarangadas geopolíticas de compadrito que pueden pasar inadvertidas en un cuento de Jorge Luis Borges.

Pero acentúan la rigurosa degradación de la diplomacia presidencial.

Las guarangadas muestran, de manera explícita, que la extrema derecha, con uniforme anarcocapitalista y expresión libertaria, deriva torpemente en chiquilinada severa que contiene la pedantería del autoritarismo.

Chiquilinadas que no alcanzan para resolver los conflictos de la sociedad atribulada.

Agobiada por la sucesión implacable de fracasos institucionales, paulatinamente descendentes.

Ante la carencia de logros significativos Milei exhibe, apenas, derrotas ejemplarmente esclarecedoras, precios imposibles y papelones memorables.

Y genera escándalos internacionales que no atenúan, siquiera, el impacto de la recesión.

La manera de pararse ante el mundo de Milei es frontalmente ostentosa, peligrosamente clara.

Se aferra al tronco de los lineamientos que dictan Estados Unidos e Israel.

Es la debilidad que inspira el maniqueísmo.

Consta que, en el plano individual, Milei habilita a los empresarios para hacer negocios con quienes prefieran. Incluso con China.

O con cualquiera de los países tildados como impresentables por el campo occidental.

La canciller Diana Mondino, Geopolítica del Club de Leones, no la tiene fácil para conducir la política exterior y ajustarse al maniqueísmo presidencial.

La dama es sociable y sin embargo hace lo que puede. Debió transpirar para conseguir que Petro no expulsara a los diplomáticos argentinos acreditados en Bogotá.

Pero lo importante es que logró contener el enojo legítimo del presidente colombiano.

El cínico pragmatismo de los negocios se interpuso entre los insultos pasionales de los presidentes.

Con AMLO la solución resultó mucho más simple.

Ocurre que López Obrador se encuentra de salida. En el borde del último año. Más allá del territorio sensible de las agresiones.

“Me dijo ignorante y después de todo tiene razón. No entiendo cómo un pueblo inteligente como el argentino pudo haberlo votado para presidente”.

Versión grotesca de la guerra fría
 

Una vez que a la Argentina le encajaron la chatarra aeronáutica de Dinamarca, la diplomacia de Estados Unidos intensificó explícitamente la ofensiva política.

La movilizaba el objetivo patriótico de atenuar la competencia de China.

Es el marco de la flamante “guerra fría” (en versión grotesca).

Del conflicto larvado USA/Rusia se pasa sin escalas al conflicto USA/China.

Un partido que, al cierre del despacho, lo gana China. Por goleada.

En principio, por los avances increíblemente modernistas del sistema tecnológico 5G.

Carrera que mantiene a China a la vanguardia.

Y Estados Unidos queda tristemente atrás, muy lejos. Allá donde se juntan las paralelas.

La “generala” Richardson
 

La locuacidad desmesurada del señor embajador Marc Stanley es mediáticamente complementada por las crónicas anticipatorias de la nueva visita de la señora «generala» Laura Richardson, titular del Comando Sur.

La jerarca militar llega, al menos, por segunda vez.

Viene con la prioritaria preocupación por las posibles instalaciones de China en el extremo sur.

Atormentada por la planificación del puerto de aguas profundas que pueda facilitar, en caso de desplegarse el diferendo con pólvora, el desplazamiento marítimo de su ferretería.

Richardson viene con audiencias programadas. En principio con Nicolás Posse, el Premier del Silencio.

Y de inmediato con Luis Petri, El Carucha, ministro de Defensa.

Acompañada por la eficiencia del embajador Stanley, la señora poderosa se propone alarmar, aún más, a los funcionarios previamente alarmados por los riesgos geopolíticos de asociarse directamente a China.

Por extender, admitir y profundizar, las bases chinas. Como la de Neuquén.

Aparte, si tiene suerte, la generala Richardson podrá ser privilegiada con una fotografía junto al presidente Milei. Ningún logro menor.

Aunque el máximo mérito consiste en haber evitado que se le compren los aviones a China.

Es estratégicamente preferible adquirir la chatarra occidental que procede de Dinamarca.

Final con El Emir

El país que se imagina Milei naufraga infortunadamente en la playa del fundamentalismo occidental.

Una manera de la teocracia, pero con brotes racionales. Tenía mayor sentido esa religión en la iniciática década del noventa. Siglo anterior.

Cuando la Unión Soviética se desmoronaba con la cadencia de un flan.

Subproducto, en definitiva, de la guerra fría real. La utopía de la izquierda se había estrellado.

Cuando el muro de Berlín se reducía a polvo seco.

Y la Alemania Federal absorbía, como esponja, a la Alemania que había elegido ser comunista.

Y cuando el sistema capitalista se consagra como único sistema de acumulación.

Pero pasaron 25 años y aquel efecto mercantil fue excelentemente aprovechado por Carlos Menem, El Emir.

Fue Menem quien tuvo la suerte -el arrojo, la responsabilidad- de imponer la transformación económica en el país estancado y extrañamente en banda.

Pero aquel neoliberalismo fue superado hasta convertirse en uno de los antecedentes principales de la tragedia plural de 2001.

Descenso feroz que Argentina aún no supo resolver. Tampoco siquiera asumir.

Para ingresar en la posterior cadena de entusiasmos seguidos por fracasos que se arrastran hasta la asunción de Milei en la presidencia.

Venía El Psiquiátrico estéticamente capitalizado por el vago aspecto de Menem. Pero de Menem Trucho.

Con las patillas casi hasta el mentón no alcanza, lamentablemente, para encarar la transformación. Una pena.


(*) Periodista y escritor – publicado en JorgeAsisDigital.-
 

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