lunes 27 de mayo de 2024 - Edición Nº3719

Espectáculos | 11 abr 2024

Entrevista

“El teatro hace de lo colectivo y de la solidaridad su propia militancia”

Así lo afirma el actor, director y docente Marcelo Velázquez, al frente de “Mongo y el Ángel”, cada viernes en el Teatro del Pueblo. El visceral valor artístico del “aquí y ahora”, una bocanada de aire puro en tiempos aciagos.


Con marcado suceso en el off porteño transcurre una nueva temporada de Mongo y el Ángel, obra de Héctor Oliboni dirigida por Marcelo Velázquez, presentándose los viernes a las 20 horas en el Teatro del Pueblo, calle Lavalle 3636.

Tres personajes tan marginales como queribles, Mongo (Bautista Duarte), Pino (Martín Urbaneja) y Liliana (Silvina Katz) construyen un necesario encuentro desde sus soledades más profundas. 

Vidas que transcurren a la intemperie, entre los despojos, mendigando comida y afecto. En las cercanías de un teatro cerrado, estos seres invisibilizados y sin voz existen en el desamparo y en la hostilidad de la calle…

Al hablar de uno de los grandes activos de la pieza, el abordaje de la marginalidad sin caer en el grotesco, el director introduce: “Sabíamos, con los actores y con todo el equipo, que estábamos abordando un tema delicado y muy sensible, especialmente por la situación social y económica actual”

“La propuesta fue pensar y construir estos personajes de la obra sin estereotipos, ni prejuicios, sino observando lo que sucedía en la calle durante todo el proceso de ensayos. Si bien se trata de una obra artística, la realidad se nos metía todo el tiempo en el trabajo de creación de los personajes y en la construcción del ámbito de la calle y en un lugar abandonado transformado en basural donde se desarrolla el espectáculo”, acota Velázquez en diálogo con ANDigital

En igual tenor, resalta: “Sabía que era una obra para excelentes actores y pude contar con Martín Urbaneja, Silvina Katz y Bautista Duarte que, sumado al talento actoral y la experiencia, pusieron en juego su humanidad, sensibilidad e inteligencia, tan necesarios para abordar esta temática. Se trató de un proceso muy enriquecedor para todos y creo que logramos un equilibrio entre la realidad y el mundo poético que requiere la obra”.

Los personajes están ahí -multiplicándose día tras día en este presente- y nos devuelven, como un espejo, la imagen de lo que no querríamos nunca llegar a ser.  

Mongo y el Ángel, nos sumerge, también, en un mundo de creencias que posibilita la aparición de lo mágico-maravilloso en el que los personajes esperan que algo mejor suceda: un milagro. En tiempos oscuros, lo angelical atraviesa la obra -y nuestras vidas humanas- como la esperanza de lo que está por venir.

El teatro como pulsión de vida

Lo maravilloso del teatro, y por esto mismo creo que subsiste luego de tanto tiempo, es que se trata de un arte siempre en presente. El presente de la lectura de una obra que elijo o me llega para leer; el presente de todo el proceso de varios meses de ensayos; y el presente de la representación en cada función que es, además, el presente de los espectadores. En cada uno de estos momentos se actualiza el texto original y resuena siempre diferente, siempre en un aquí y ahora. Esto es el teatro y se distingue de cualquiera de las otras artes”, reflexiona el también director de Los otros Duarte, que pasó con gran repercusión por la misma sala.

En igual tesitura, plantea que “hay un diálogo permanente y de forma dialéctica con el texto dramático, y ese diálogo produce, todo el tiempo, nuevos sentidos”. 

El texto original que tiene algunos años vuelve ahora a dialogar con nosotros que lo recreamos y con el público que asiste a cada función, y, con nuestro entorno, nuestra realidad y nuestras circunstancias. En el proceso de ensayos surgieron situaciones creadas por los actores y la actriz o propuestas por la dirección que no están en el texto original y que forman parte de nuestra propia creación sobre la obra del autor Héctor Oliboni. Esta es nuestra manera de apropiarnos de la obra que, en un principio, está sólo en el papel y a la que hay ofrecerle carnadura, emoción, pensamientos y espectacularidad”, completa Velázquez.

En cuanto la importancia del arte en tiempo de dramático individualismo y políticas de vaciamiento, indica que “el teatro, como el arte colectivo por excelencia -y el más artesanal y efímero- y que necesita del encuentro permanente entre muchos creadores (actores, autores, directores, equipos artísticos) y el encuentro con el público que asiste a las funciones noche a noche, hace de lo colectivo y de la solidaridad su propia militancia”. 

“No vamos a cambiar la realidad haciendo o consumiendo arte, pero sí nuestro propio modo de vivir en este mundo tan complejo, tan individualista, tan hostil. La directora francesa Arianne Mnouchkine dijo alguna vez que ‘el teatro es, durante algunas horas, una utopía. Personas que respiran juntas, que no se matan, que no se pelean todo el tiempo, que se miran, que se hablan. El teatro es un reflejo de lo que el mundo podría ser’”, cita.

Y sentencia: “Mongo y el ángel, más allá de su anécdota, apuesta a esta utopía. Creo que el arte, en su condición de falta de utilidad práctica, da cuenta de que el mundo y nosotros siempre podríamos ser mejores”. 

Con un denominador común de aceptación y elogios entre los asistentes, el director matiza: “Es un abismo siempre cómo va a repercutir en el público un espectáculo. A partir de las primeras funciones, las devoluciones apuntan a la dureza en cómo se plasma la realidad de estos personajes, tan reconocibles hoy en día en nuestras calles y, al mismo tiempo, que se pueda vislumbrar, desde la poética de la obra, una luz de esperanza en un contexto tan hostil que interpela a los espectadores”.

“Y recibimos, también, además de elogios para las actuaciones y por la composición total del espectáculo, un agradecimiento por la apuesta a la creencia en lo humano, en la posibilidad del encuentro y de la solidaridad aún en las situaciones más críticas”, finaliza.
 

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