El viaje a Isla Martín García es distinto. Para llegar, hay que tomar una lancha desde Tigre o San Fernando. Y, de pronto, lo que parecía un Delta más, se convierte en una anomalía: una isla de jurisdicción bonaerense, en medio del río que comparte frontera con Uruguay.
Pero eso es solo el dato técnico. Lo verdadero es que uno llega allí como quien entra en un libro viejo, con las páginas todavía vivas.

La isla fue prisión de presidentes, punto militar estratégico, centro de cuarentena y faro sanitario. Pero también es hogar: hoy viven unas 120 personas, entre fareros, guardaparques y familias que se resisten al abandono.
Las calles son de tierra roja. El aire tiene olor a guayaba y a historia. El antiguo teatro, que alguna vez tuvo butacas de terciopelo y hoy guarda telones raídos, se mantiene en pie como un milagro. Las antiguas panaderías militares ahora son parte del recorrido turístico, junto con el presidio, la escuela (donde asisten menos de diez chicos) y el cementerio, donde descansan las víctimas de epidemias que nadie recuerda.
El bosque de ceibos, ceibales y monte nativo en general, da sombra a un sendero que lleva hasta la costa rocosa. Desde allí se ve Montevideo, la costa oriental, más cerca de lo que se espera. Y para el atardecer, el río de la Plata parece una sábana dorada que se pliega entre los siglos.
Los visitantes suelen ir por el día, pero quedarse una noche en las cabañas del Parque Provincial es entrar en otro mundo. No hay supermercados ni apuro. Sólo el canto de los teros, la memoria de los presos, y un silencio que enseña.
Descubierta por el español Juan Díaz de Solís en 1516, la isla debe su nombre a uno de sus tripulantes llamado Martín García, quien falleció a bordo y fue enterrado allí. Don Pedro de Cevallos, primer Virrey del Río de La Plata, la convirtió en sitio fortificado y guarnición militar.
Es un lugar histórico nacional y sitio histórico provincial ya que en su territorio se desarrollaron innumerables hechos de relevancia. A fines del siglo XIX, Sarmiento quiso fundar la ciudad capital de un Estado que agrupara los territorios de Argentina, Paraguay y Uruguay llamada Argirópolis, por citar uno de ellos.
La cárcel de la isla fue elegida una y otra vez para confinar figuras políticas que ejercieron el poder: en el golpe de estado de 1930, alojó a Hipólito Yrigoyen; años más tarde fue preso el expresidente Marcelo Torcuato de Alvear.
Cuando derrocaron a Juan Domingo Perón en 1955, también fue alojado allí mientras que en la década del 60 Arturo Frondizi estuvo privado de su libertad durante un año y medio. Aún pueden visitarse las ruinas de esta cárcel, además del teatro y otros espacios de gran interés histórico.
En cuanto a su patrimonio natural, se pueden observar sus particulares costas formadas con sedimentos del Río de la Plata, cubiertas de juncales, pajonales y matorrales inundables que son refugio de gallaretas, garzas, patos, caracoleros, pollonas de agua, federales y verdones. También observamos lagartos overos entre senecios, marcelas y algunos espinillos.
La isla tiene nueve ambientes bien representados, lo que la constituye en una de las Reservas con mayor atractivo para visitar.