En los últimos dos años, los datos oficiales sugieren una fuerte caída de la pobreza en Argentina. Según las cifras publicadas por el INDEC, el indicador pasó de niveles superiores al 50 % en el primer semestre de 2024 a ubicarse cerca del 30 % en el primer semestre de 2025. Sin embargo, esos números parecen no reflejar realmente una mejora en las condiciones de vida de la población.
Un reciente estudio, elaborado por investigadores del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) perteneciente a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata, plantea que la magnitud de esa caída podría estar sobreestimada. El trabajo no cuestiona los datos oficiales del INDEC, sino que analiza cómo ciertas características del método de medición pueden afectar los resultados, especialmente en un contexto de alta inflación como el argentino.
El trabajo, realizado por Iván Albina, Leonardo Gasparini y Leopoldo Tornarolli, parte de una observación empírica: entre 2023 y 2025 la tasa de pobreza mostró oscilaciones muy fuertes –subas y bajas abruptas– difíciles de explicar únicamente por cambios reales en la economía, por lo que se preguntan si los factores metodológicos pueden jugar un rol en tales basculaciones.
El estudio examina tres dimensiones de la medición de la pobreza por ingresos que pueden adquirir particular relevancia en contextos de inflación cambiante. La primera es el desfasaje temporal entre el período de referencia de los ingresos relevados por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y el de los precios usados para calcular la canasta de pobreza; la segunda, la variación en los patrones subreporte de ingresos en esas encuestas a lo largo del tiempo, y la tercera, la utilización de patrones de consumo desactualizados para definir el valor de la línea de pobreza.
La conclusión es clara: cuando se incorporan correcciones parciales en cada una de esas dimensiones, la pobreza también baja, pero mucho menos de lo que muestran las cifras oficiales.
El punto de partida del análisis es una inconsistencia: la evolución de la pobreza en los últimos años resulta difícil de conciliar con otros indicadores de la economía.
Entre el segundo semestre 2023 y el primero del 2025, la pobreza primero subió con fuerza y luego cayó aún más rápido. Según los datos oficiales, bajó más de 10 puntos porcentuales en ese período. Sin embargo, no se observaron cambios económicos, como por ejemplo un fuerte crecimiento del empleo, del salario o del gasto social, que expliquen una mejora tan marcada.
Esto llevó a los investigadores a hacerse una pregunta central: ¿y si parte del cambio no se debe a la realidad económica sino a cómo se mide?
Uno de los principales hallazgos tiene que ver con un desajuste técnico. Para medir la pobreza, se comparan los ingresos de los hogares con el costo de una canasta básica. Pero en la práctica, esos dos datos no siempre corresponden al mismo momento.
Los ingresos que se relevan en encuestas suelen corresponder al mes anterior, mientras que el valor de la canasta se calcula con precios actuales. En un contexto de alta inflación, esto genera un problema: los ingresos quedan “atrasados” frente a precios que suben rápidamente.
El problema es que el grado de sobreestimación de la pobreza podrá variar de acuerdo a la inflación: en momentos de inflación acelerada, aumenta; y cuando la inflación baja, la sobreestimación se reduce.
Otro factor clave es el llamado “subreporte”. En las encuestas, muchas personas no declaran todos sus ingresos, ya sea por desconfianza o dificultades para estimarlos, especialmente en contextos inflacionarios.
El estudio muestra que este fenómeno no es constante: cambia con el tiempo. En años recientes, el subreporte habría sido mayor durante períodos de alta inflación y menor cuando la inflación comenzó a desacelerarse.
Esto tiene un efecto directo: si las personas empiezan a declarar mejor sus ingresos, los datos muestran una mejora en la pobreza, aunque esa mejora no sea completamente real.
Al corregir este efecto, la caída de la pobreza entre 2023 y 2025 pasa de más de 10 puntos a poco más de 6 puntos.
El tercer punto tiene que ver con la forma en que se calcula la línea de pobreza. La canasta básica que se usa como referencia se basa en patrones de consumo de hace casi dos décadas.
Pero la estructura de gastos de los hogares cambió: hoy los servicios —como tarifas, transporte o alquileres— tienen un peso mayor. Y esos precios fueron los que más aumentaron en el último tiempo.
Si se actualizan esos patrones de consumo, la canasta de referencia se valoriza de manera distinta, ya que incorpora una estructura de gasto más reciente en un contexto de cambios persistentes en los precios relativos. Esto modifica la línea de pobreza contra la cual se comparan los ingresos de los hogares y, como consecuencia, la evolución de la medición de la pobreza.
Cuando se combinan los tres ajustes —desfase temporal, subreporte de ingresos y actualización de la canasta— el resultado es contundente: la pobreza habría bajado mucho menos que lo que indican los datos oficiales.
Según el estudio, en lugar de una caída de más de 10 puntos porcentuales, la reducción habría sido de apenas 1,7 puntos en el período analizado. Este dato refleja que la magnitud de la mejora que se ha puesto de manifiesto según los datos del INDEC, podría estar exagerada por cuestiones metodológicas.
En otras palabras, parte de la caída en la pobreza puede explicarse por la forma de medir, más que por mejoras reales en las condiciones de vida. Esto es especialmente relevante en un país con inflación en ascenso, donde pequeñas diferencias técnicas pueden tener grandes impactos en los indicadores sociales.
La discusión no es menor. Las cifras de pobreza son clave para evaluar políticas públicas, diseñar programas sociales y entender la situación económica.
En este marco, la doctora María Eugenia Rausky, docente de la carrera de Sociología en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, agregó que “la información se construye, no se trata de ‘datos puros objetivos’, la medición de la pobreza depende de definiciones y decisiones que tienen un indudable trasfondo político, en un sentido amplio. Es decir, qué se considera ‘pobreza’ para una sociedad en un sentido ligado a la coyuntura, es decir, a la voluntad de las autoridades políticas de generar, o dar a conocer, una determinada medición”.
Una vez “resueltos” los aspectos políticos, la discusión es eminentemente técnica o, más precisamente, metodológica. El trabajo del CEDLAS justamente muestra los límites de esas decisiones metodológico-técnicas.
La discusión respecto de la medición de la pobreza es de larga data en el país, incluso, el método de la línea de pobreza e indigencia circunscribe/restringe la medición a la insuficiencia de ingresos y muchos estudiosos del tema se han preguntado. ¿alcanza con medir la suficiencia o no de ingresos para identificar y clasificar a un hogar como pobre?
La respuesta, afirma Rausky, es no. Por eso se enfatiza en la necesidad de aproximarse a su medición desde una perspectiva que atienda su multidimensionalidad/integralidad, en la que el ingreso es apenas una de sus dimensiones. Adicionalmente, además de “medir” es importante cualificar la información estadística que se presenta y complementar con abordajes microsociológicos que repongan en profundidad lo que significa ser pobre/vivir en la pobreza/empobrecerse para quienes transitan la experiencia: estos datos no solo pueden no reflejar exactamente lo que pretenden medir (como muestra el informe), sino que no expresan los que las personas viven en su vida cotidiana.
Por eso, para acceder a estas vivencias y percepciones es necesario ampliar y complejizar los estudios cuantitativos, con estudios cualitativos que visibilizan lo que las estadísticas dejan afuera.
Las investigaciones sobre pobreza basadas en información y datos correctamente producidos son clave en cualquier agenda pública orientada a ampliar el bienestar social y combatir la desigualdad.
Muchos especialistas del fenómeno de la pobreza vienen enriqueciendo su estudio a partir de miradas que trascienden su asociación con la percepción o no de ingresos suficientes para cubrir una canasta de bienes y servicios.
Las investigaciones cualitativas sobre pobreza permiten justamente ampliar la comprensión e indagar acerca de las formas en que las personas afectadas por esta situación significan y construyen diversas respuestas frente a los condicionamientos que padecen, ayudando a romper estereotipos y prejuicios que muchas veces recaen sobre ellos, sobre sus estilos de vida, sus consumos, el modo en que crían y cuidan de sus hijos.
Por eso, explicó la socióloga, “nos da herramientas muy importantes para discutir/cuestionar miradas que presentan a la pobreza como un problema de moralidad individual, de responsabilidad del sujeto, como si no tuviese nada que ver con el modo en que se distribuye el poder y la riqueza”.
Es muy importante entender, cómo los estudios cualitativos muestran, que los modos en que las personas pobres significan y responden a sus condiciones de vida son muy heterogéneas. Una diferenciación muy importante fue la que se estableció entre los nuevos pobres o pauperizados, que en nuestro país cobró visibilidad con las políticas implementadas durante el menemismo- son aquellos que descienden socialmente por la pérdida de ingresos (esa clase media empobrecida) y aquellos que padecen la pobreza estructural. Es decir, esa pobreza de larga data que no tiene necesariamente que ver con dinámicas coyunturales.
En este sentido el equipo del Centro Interdisciplinario de Metodología de las Ciencias Sociales del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS, Facultad de Ciencias Humanidades y Ciencias de la Educación – UNLP- CONICET) trabaja desde hace muchos años en investigaciones empíricas realizadas en barrios periféricos del aglomerado Gran La Plata, a partir de una aproximación compleja y multidimensional al estudio de la pobreza, que atiende especialmente a las estrategias que despliegan los hogares para lograr su reproducción cotidiana, lo que incluye no solo analizar las estrategias de generación de ingresos, sino también las prácticas alrededor de la alimentación, el cuidado, entre otras.