lunes 13 de julio de 2026 - Edición Nº4496

Economía | 13 jul 2026

Opinión

De Vaca Muerta a la IA: una oportunidad que Argentina no puede dejar pasar

Deben ser partes de una misma estrategia. La primera puede proveer los recursos financieros y energéticos, la segunda puede aportar productividad, eficiencia y valor agregado.


Por Fabián Ruocco (*)

Durante generaciones, la narrativa nacional fue simple y casi mágica: el futuro de la Argentina estaba en su tierra. La fertilidad de la Pampa, la inmensidad de la Patagonia y las reservas de hidrocarburos alimentaron la idea de que la prosperidad vendría por añadidura. Hoy esa partitura vuelve a sonar con fuerza: Vaca Muerta surge como la llave para atraer inversiones, empleo y dólares. Pero la pregunta que debemos hacernos es menos romántica y más urgente: ¿Vamos a convertir esa prosperidad en desarrollo o volveremos a perder el tren?

La experiencia histórica es elocuente. La riqueza de recursos no siempre equivale a bienestar general; sin decisiones inteligentes, los beneficios no recaen en la totalidad de la sociedad y las ventajas se disipan. En pleno siglo XXI la Argentina tiene la oportunidad de sumar a su patrimonio natural otro activo —más renovable, más sostenible—: el talento humano y la capacidad tecnológica. No es una metáfora: la IA es hoy infraestructura estratégica, y su adopción puede multiplicar el valor de nuestro suelo.

Recientemente visité Finlandia y Estonia, como parte de una delegación de expertos argentinos. Lo que vi no fue un milagro: fue política sostenida. Ambos países construyeron sociedades con un rasgo central: la confianza. No una confianza abstracta, sino institucional, apuntalada por sistemas públicos digitales que funcionan, educación de calidad y marcos regulatorios predecibles. Su lección principal para nosotros es práctica: el progreso se traza mientras se construye credibilidad.

Estonia, en particular, ofrece una postal relevante. Pocas materias primas, climas adversos y una historia difícil no les impidió apostar por la digitalización total del Estado. Hoy presentan un “Estado invisible” cuyo diseño reduce costos de transacción y fortalece la soberanía tecnológica. Esa soberanía no se mide solo en fronteras o ejércitos, sino en la capacidad de una sociedad para generar conocimiento y usarlo para resolver sus problemas.

En Argentina el debate suele polarizarse entre quienes creen que la solución está bajo tierra y quienes piensan que la tecnología lo resolverá todo. Es una falsa dicotomía. Vaca Muerta y la IA deben ser partes de la misma estrategia: la primera puede proveer los recursos financieros y energéticos, la segunda puede aportar productividad, eficiencia y valor agregado. La pregunta es cómo construir el puente entre ambos que fortalezca y potencie el potencial argentino.

Aquí entran dos actores clave: la comunidad científica y las políticas públicas. El Instituto Argentino de Inteligencia Artificial (INARIA) hoy desempeña un papel central en la articulación de capacidades: su plataforma pública reúne proyectos de investigación aplicada, oferta de formación y casos de uso en sectores productivos. A la vez que da cuenta de prototipos locales para optimizar procesos agroindustriales, detectar fallas en redes de distribución de energía y mejorar la gestión hospitalaria. Es decir: la IA ya está en marcha, con impactos concretos y medibles.

Asimismo, las unidades de vinculación tecnológica -Ley 23.877- aportan evidencia sobre las posibilidades de convergencia entre energía y tecnología, y optimizan la práctica. Sus informes muestran proyectos de simulación y control que permiten aumentar la eficiencia operativa en plantas industriales y consumo energético. Esos ahorros y mejoras productivas son el tipo de retornos que convierten una inversión extractiva en desarrollo sostenido de alta rentabilidad.

Sin embargo, tecnología y conocimiento sin capital humano presentan un profundo déficit que la Argentina puede y debe superar. La escala requiere políticas de Estado: programas de capacitación masiva, la integración de las capacidades que promueven las universidades, incentivos fiscales para I+D+I y convocatorias público-privadas que arranquen hoy y perduren mañana.

Un tercer factor —y quizás el más difícil— es el marco institucional. La experiencia nórdica nos muestra que los países que más avanzaron lo hicieron con reglas claras y cumplimiento. Argentina necesita un pacto de largo plazo que establezca qué se espera de las inversiones en Vaca Muerta, que debe garantizarse en materia de IA. Sin estas reglas, la tecnología sólo promueve la concentración de riqueza en sectores reducidos.

En este contexto, la ética y la gobernanza de la IA deben ser un eje del debate público, no se trata solo de qué soluciones tecnológicas adoptamos, sino para quién las diseñamos. La adopción responsable implica marcos regulatorios que fomenten la competencia, protejan derechos y establezcan obligaciones que promuevan usos para cerrar brechas sociales. La encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, nos recuerda un principio sencillo: ningún avance tecnológico tiene sentido si no respeta la dignidad humana y contribuye al bien común.

Mientras los recursos naturales permanecen, el tiempo apremia y la ventana para integrar tecnología y capital humano se estrecha: otros países compiten por talento y por mercados. La elección que enfrenta la Argentina no es solo económica; es estratégica y moral. Podemos seguir administrando crisis o armar un método que convierta el potencial en progreso real y distribuido.

La pregunta no es si nos subimos a la promesa de Vaca Muerta, sino con qué boleto: uno que repite fórmulas extractivas o uno que combina energía, educación y reglas claras para construir una Argentina más productiva y más justa. La sinergia entre energía, ciencia y tecnología no es teórica; es práctica, rentable y replicable, sólo debemos aprovechar la oportunidad que tenemos a nuestro alcance.


(*) Director Ejecutivo de CEDyAT.

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