Por Catalina Irades (*)
“Es solo un partido”.
La frase, pronunciada con la serenidad de quien lidera un grupo, intenta poner las cosas en perspectiva. Y tiene razón. Desde la lógica, un partido dura 90 minutos.
Pero el psiquismo humano no funciona únicamente desde la lógica.
Hay acontecimientos que dejan de pertenecer al deporte para convertirse en fenómenos simbólicos. Hay encuentros que despiertan algo que estaba dormido en la memoria colectiva. Y entonces el fútbol deja de ser una competencia para transformarse, por unas horas, en identidad.
Porque el ser humano no vive solo de hechos. Vive de símbolos.
No amamos únicamente una bandera de tela. Amamos aquello que representa.
No lloramos únicamente por un gol. Lloramos por todo aquello que ese gol logra condensar.
La psicología sabe que las personas necesitan pertenecer. Necesitan construir un “nosotros”. Una identidad compartida que les recuerde que no están solas frente al mundo.
Quizás por eso ocurre algo extraordinario cuando juega la Selección.
Desaparecen las camisetas de los clubes.
Por un instante dejan de existir Boca, River, Racing, Independiente, Huracán, San Lorenzo…
La rivalidad cotidiana cede lugar a algo mucho más profundo.
Solo queda una camiseta.
Solo queda una bandera.
Solo queda un himno.
Y allí aparece uno de los fenómenos psicológicos más potentes: el sujeto deja de pensarse únicamente como individuo para sentirse parte de una comunidad.
Ese “nosotros” tiene un enorme valor psíquico.
Porque pertenecer también cura.
En tiempos donde predomina el individualismo, donde las redes sociales muchas veces nos empujan a competir más que a encontrarnos, el deporte todavía conserva una capacidad extraordinaria: recordarnos que hay causas que se viven colectivamente.
No se trata únicamente de ganar.
Se trata de sentir que compartimos algo.
Y cuando el rival es Inglaterra, para muchas personas aparecen además resonancias históricas que exceden el terreno de juego. No porque un partido pueda reparar la historia, sino porque ciertos símbolos despiertan memorias colectivas que siguen habitando el imaginario de un pueblo.
El deporte no reemplaza la historia.
Pero, a veces, la historia encuentra en el deporte una forma de volver a emocionarnos.
Entonces cantamos el Himno.
“¡O juremos con gloria morir!”
Esa frase, escrita en otro tiempo, no habla hoy de morir literalmente. Habla de un compromiso que trasciende al individuo. Habla de la decisión de sostener aquello que una comunidad considera valioso.
Los pueblos necesitan símbolos porque los símbolos organizan la identidad.
Y la identidad sostiene a las personas.
También resulta fascinante observar cómo construimos héroes.
Toda sociedad necesita figuras con las cuales identificarse. No porque sean perfectas, sino porque representan la posibilidad de alcanzar algo que creemos extraordinario.
Lo vimos con grandes deportistas argentinos a lo largo de la historia.
Y seguimos viéndolo cada vez que uno de “los nuestros” llega a la cima del mundo.
Pero existe una diferencia entre el ídolo y el líder.
El ídolo deslumbra.
El líder transforma.
El verdadero liderazgo no necesita demostrar permanentemente que es el mejor. Su grandeza consiste en hacer mejores a quienes lo rodean.
Cuando un capitán habilita que otro asuma el protagonismo, cuando confía, cuando delega, cuando comprende que el éxito del equipo vale más que el brillo individual, aparece una forma de liderazgo mucho más madura.
Quizás ese sea uno de los mayores aprendizajes que hoy ofrece nuestra Selección.
El héroe no siempre es quien levanta la copa.
A veces es quien crea las condiciones para que aparezca un nuevo héroe.
Y esa enseñanza trasciende el deporte.
Sirve para una empresa.
Para una familia.
Para una organización.
Para un país.
Porque las sociedades no crecen cuando dependen de un solo nombre.
Crecen cuando construyen generaciones capaces de sucederse unas a otras.
Hoy millones de personas mirarán un partido.
Algunos verán táctica.
Otros verán fútbol.
Pero muchos, sin saberlo, estarán buscando algo mucho más profundo: la posibilidad de volver a sentirse parte de un mismo relato.
Y quizás esa sea la mayor victoria.
Porque los partidos terminan.
Las copas cambian de dueño.
Los récords se rompen.
Pero aquello que un pueblo siente cuando se reconoce unido bajo una misma bandera permanece mucho después del pitazo final.
Ese es el verdadero poder de los símbolos.
Y también, el del fútbol.
(*) Psicóloga clínica – psicoanalista