Por Walter Martello (*)
La reciente campa帽a impulsada por la Defensor铆a del Pueblo de la provincia de Buenos Aires pone el foco sobre una problem谩tica que crece de manera silenciosa y merece toda nuestra atenci贸n. Bajo una consigna tan sencilla como contundente 鈥淧arece un juego entre amigos, pero es una trampa鈥, la iniciativa invita a reflexionar sobre el avance de las apuestas online entre ni帽os, ni帽as y adolescentes y sobre la necesidad de involucrarnos, como sociedad, en su prevenci贸n.
Las apuestas online y los PRODES se instalaron en muchos grupos de adolescentes como una forma m谩s de entretenimiento. Lo que para muchos comienza como una competencia entre amigos o una apuesta para hacer m谩s emocionante un partido puede convertirse, sin que nadie lo advierta, en un circuito de p茅rdidas econ贸micas, endeudamiento, ansiedad y deterioro de los v铆nculos familiares.
Los datos reflejan la magnitud del problema. Seg煤n UNICEF Argentina, ocho de cada diez j贸venes menores de 25 a帽os apostaron alguna vez y la edad de inicio ya descendi贸 hasta los 12 y 13 a帽os. Es decir, hablamos de chicos y chicas que todav铆a est谩n construyendo herramientas para reconocer situaciones de riesgo, pero que ya conviven con una oferta permanente de apuestas disponible desde su celular.
Durante mucho tiempo, apostar implicaba ir a un casino, a una agencia o a un hip贸dromo, por ejemplo. Hab铆a un espacio f铆sico, una edad m铆nima y una conciencia social de que se trataba de una actividad destinada exclusivamente a personas adultas. Hoy esa percepci贸n cambi贸 por completo.
Las apuestas online suelen presentarse con la apariencia de un entretenimiento cotidiano: un PRODE entre amigos, una apuesta durante un partido, un streamer que celebra cu谩nto gan贸, un bono de bienvenida o una publicidad que aparece entre una jugada y otra. El juego dej贸 de percibirse como una conducta de riesgo y pas贸 a integrarse de manera casi natural al consumo digital de muchos adolescentes.
Esa naturalizaci贸n constituye uno de los mayores desaf铆os para la prevenci贸n. La ludopat铆a juvenil no empieza con una deuda. Empieza cuando apostar deja de percibirse como una conducta de riesgo y pasa a formar parte del entretenimiento cotidiano. En ese momento, el problema ya comenz贸, aunque todav铆a no haya p茅rdidas de dinero. Las deudas, la ansiedad, las mentiras para conseguirlo y el deterioro de los v铆nculos familiares suelen llegar despu茅s.
No podemos seguir abordando las apuestas online como si fueran un problema exclusivamente individual cuando, en realidad, estamos frente a un fen贸meno social, tecnol贸gico y cultural que interpela a las familias, a las instituciones educativas, a las plataformas digitales y al Estado.
Aunque las apuestas online est谩n prohibidas para menores de edad, muchos adolescentes logran acceder mediante intermediarios conocidos como 鈥渃ajeros鈥. Se trata de personas que reciben transferencias a trav茅s de billeteras virtuales y cargan saldo en plataformas ilegales o clandestinas, sorteando los mecanismos de control.
Este circuito demuestra que el problema no se limita al acceso a las plataformas. Existe un entramado que facilita el ingreso de menores a un sistema pensado para mantenerlos jugando el mayor tiempo posible. En los barrios m谩s vulnerables, cuando las deudas crecen, incluso pueden aparecer prestamistas informales vinculados a econom铆as ilegales, profundizando situaciones de enorme vulnerabilidad.
La evidencia disponible muestra que este fen贸meno impacta con mayor intensidad sobre los varones adolescentes. Lejos de responder a una cuesti贸n biol贸gica, esta diferencia se explica por factores culturales. Las apuestas deportivas encontraron un terreno especialmente f茅rtil en consumos hist贸ricamente asociados a los varones, como el f煤tbol, los videojuegos competitivos y determinados contenidos de streaming e influencers.
La promesa de demostrar qui茅n sabe m谩s de f煤tbol, anticipar un resultado o ganar dinero de manera r谩pida termina ocultando que detr谩s de esas plataformas existe un modelo de negocio dise帽ado para incentivar la permanencia y la repetici贸n del juego.
Frente a este escenario, la prevenci贸n no puede recaer 煤nicamente sobre los adolescentes. Somos los adultos quienes debemos construir entornos m谩s seguros para que ni帽os, ni帽as y adolescentes puedan desarrollarse sin quedar expuestos a una oferta permanente de juego.

Las familias ocupan un lugar insustituible. Hablar sobre apuestas, conocer las aplicaciones que utilizan los hijos, acompa帽ar el uso de celulares y billeteras virtuales y prestar atenci贸n a cambios de conducta o movimientos inusuales de dinero son acciones que pueden marcar una diferencia.
Pero tambi茅n es fundamental que las escuelas, los clubes, las organizaciones comunitarias y los equipos de salud incorporen esta problem谩tica como parte de la agenda de prevenci贸n.
Al mismo tiempo, resulta injusto trasladar toda la responsabilidad a madres, padres o cuidadores. Ninguna familia puede enfrentar sola un ecosistema digital dise帽ado para captar la atenci贸n de los adolescentes las 24 horas del d铆a. La prevenci贸n requiere una comunidad involucrada y un Estado presente que acompa帽e con pol铆ticas p煤blicas, informaci贸n y herramientas concretas.
Las campa帽as de concientizaci贸n son fundamentales, pero por s铆 solas no alcanzan. La velocidad con la que crecen las apuestas online y la facilidad con la que llegan a ni帽os, ni帽as y adolescentes obligan a acompa帽ar la prevenci贸n con un marco regulatorio actualizado.
Hoy existen iniciativas legislativas orientadas a fortalecer la prevenci贸n de la ludopat铆a y a regular la publicidad de las apuestas online, especialmente aquella que alcanza a adolescentes a trav茅s de redes sociales, plataformas digitales y eventos deportivos. Sin embargo, el debate a煤n no se ha traducido en una respuesta integral capaz de acompa帽ar la velocidad con la que evoluciona este fen贸meno.
Resulta una contradicci贸n que una actividad prohibida para menores encuentre, al mismo tiempo, m煤ltiples formas de promocionarse en los mismos espacios digitales donde ni帽os y adolescentes pasan buena parte de su vida cotidiana.
La experiencia demuestra que ninguna estrategia aislada alcanza. Las familias tienen un rol irremplazable. Las escuelas deben incorporar herramientas de prevenci贸n y educaci贸n digital. Las plataformas deben asumir mayores responsabilidades en materia de controles y publicidad. Y el Estado tiene la obligaci贸n de generar reglas claras que prioricen la protecci贸n de las infancias y adolescencias.
Porque, como advierte la campa帽a de la Defensor铆a del Pueblo, puede parecer un juego entre amigos. Pero detr谩s de esa apariencia se esconde una trampa que compromete no solo el presente de miles de adolescentes, sino tambi茅n la manera en que estamos construyendo los entornos digitales en los que crecer谩n las pr贸ximas generaciones.
Proteger a las infancias y adolescencias frente a este fen贸meno no es una opci贸n ni puede quedar librado 煤nicamente a la voluntad de las familias. Es una responsabilidad compartida que exige compromiso social, prevenci贸n sostenida y decisiones pol铆ticas capaces de acompa帽ar los cambios tecnol贸gicos y culturales de nuestro tiempo. Si una actividad reservada para personas adultas logra instalarse entre adolescentes con la apariencia de un juego, ya no estamos frente a un problema individual estamos frente a un desaf铆o colectivo que interpela al Estado, a las instituciones y a todos nosotros como sociedad.
(*) Defensor del Pueblo Adjunto General de la provincia de Buenos Aires - responsable del Observatorio de Adicciones y Consumos Problem谩ticos.