Por Catalina Irades (*)
Toda sociedad necesita relatos.
Y, muchas veces, esos relatos también necesitan enemigos.
A lo largo de la historia argentina apareció una expresión que resurge una y otra vez: “la anti Argentina”.
Más que una definición objetiva, funciona como un significante. Un nombre que cada época llena con rostros diferentes. Cambian las personas, cambian las circunstancias, pero el mecanismo psicológico permanece sorprendentemente estable.
Desde el psicoanálisis, esto invita a una pregunta mucho más interesante que decidir quién tiene razón.
Sigmund Freud describió un mecanismo fundamental del psiquismo: la proyección.
Aquello que nos resulta difícil reconocer en nosotros mismos muchas veces es colocado en el otro. El conflicto interno encuentra una salida externa. Lo que no puedo aceptar de mí, lo ubico fuera de mí.
El enemigo comienza entonces a cargar con todo aquello que un grupo rechaza.
#CampañaAntiArgentina 🇦🇷🗣️ Javier Bardem aclaró que no cree que Argentina “sea un país xenófobo o racista”
— ANDigital (@ANDigitalOK) July 23, 2026
El actor español Javier Bardem salió a aclarar sus dichos pos final de la Copa del Mundo entre Argentina y España, cuando criticó a Javier Milei, a gran parte de nuestra… pic.twitter.com/sDXER3YIuJ
No porque necesariamente lo produzca.
Sino porque psicológicamente cumple esa función.
Existe además otro concepto freudiano que resulta iluminador: el narcisismo de las pequeñas diferencias.
Paradójicamente, los conflictos más intensos no siempre aparecen entre quienes son completamente distintos, sino entre quienes comparten una historia, una cultura o una identidad muy cercana.
Cuanto más parecido es el otro, más necesario parece construir una diferencia que permita definir quiénes somos.
Toda identidad necesita un borde.
El problema aparece cuando ese borde deja de organizar una identidad y comienza a organizar un rechazo.
También es posible leer este fenómeno desde Lo ominoso (Das Unheimliche). Freud sostenía que lo ominoso no es aquello completamente desconocido, sino aquello que siendo familiar regresa bajo una forma inquietante.
Quizá por eso ciertas figuras públicas generan reacciones tan intensas.
No porque sean absolutamente ajenas.
Sino porque, de algún modo, representan aspectos de nuestra propia sociedad que preferiríamos no mirar.
Lo ominoso incomoda porque nos enfrenta con algo que también nos pertenece.
Y aquello que incomoda suele generar la necesidad de expulsarlo simbólicamente.
Este mecanismo no ocurre solamente en la política.
También sucede dentro de las organizaciones.
Como consultora organizacional observo con frecuencia empresas donde los conflictos terminan concentrándose en una sola persona.
“El problema es ese gerente”.
“El conflicto empezó con aquella empleada”.
“Todo estaría bien si esa persona no estuviera”.
Sin embargo, cuando ese individuo se va, muchas veces el conflicto permanece.
¿Por qué?
Porque aquella persona no era el conflicto.
Era el lugar donde la organización había depositado el conflicto.
En psicología grupal se conoce como el fenómeno del chivo expiatorio: un miembro termina representando aquello que el grupo no logra elaborar colectivamente.
Eliminar al portador del síntoma no siempre elimina el síntoma.
Sucede exactamente igual en las familias.
Y muchas veces, también en una sociedad.
Los grandes líderes comprenden esta diferencia.
No gobiernan únicamente los hechos.
Gobiernan los significados.
Saben que una comunidad necesita cohesión, pero también entienden que construir identidad exclusivamente a partir de un enemigo tiene un costo elevado: empobrece el pensamiento, rigidiza las posiciones y dificulta el diálogo.
La verdadera fortaleza de una identidad no reside en señalar permanentemente quién queda afuera.
Reside en saber quiénes somos, aun cuando pensemos distinto.
Tal vez la pregunta más importante no sea quién representa hoy “la anti Argentina”.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra.
¿Qué parte de nosotros necesitamos proyectar para seguir creyendo que el problema siempre está del otro lado?
Porque el psicoanálisis enseña algo que sigue siendo profundamente vigente.
Lo que más rechazamos afuera suele decir mucho más de nosotros que del otro.
Y esa es, quizás, la reflexión más difícil de aceptar.
(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista