domingo 02 de agosto de 2026 - Edición Nº4516

Interés general | 2 ago 2026

Vida moderna

Las vacaciones no son otra carrera: ¿Por qué nos cuesta tanto bajar un cambio?

El receso invernal deja al descubierto algo que va mucho más allá del paréntesis escolar: nuestra dificultad para parar un poco ¿Qué tiene que decir la neurociencia sobre esa necesidad de llenar cada minuto con actividades?


Por María Eugenia Cossini (*)

Hay algo curioso en las vacaciones de invierno. Pasamos meses esperándolas y, cuando finalmente llegan, hacemos todo lo posible para que se parezcan al resto del año. Organizamos salidas, buscamos actividades, reservamos entradas, armamos planes y nos preocupamos porque los chicos “aprovechen” cada día. Si viajamos, queremos conocer todo. Si nos quedamos, sentimos que no podemos dejar pasar el tiempo. 

Lo hacemos con la mejor intención. Queremos que nuestros hijos sean felices, que vivan experiencias, que creen recuerdos. Sin embargo, en ese intento por ofrecerles unas vacaciones inolvidables, muchas veces terminamos transmitiéndoles una idea que atraviesa nuestra época: que el tiempo solo vale cuando está lleno. 

Nos cuesta tanto descansar que hasta convertimos las vacaciones en un proyecto por gestionar. La cultura de “aprovechar el tiempo” se metió tan profundamente en nuestras vidas que ya no alcanza con descansar: sentimos que también tenemos que hacerlo de manera eficiente. Organizamos, planificamos, optimizamos. Y, casi sin darnos cuenta, transformamos el descanso en otra lista de tareas. 

Pero el cerebro no funciona así

Durante mucho tiempo imaginamos que el aprendizaje ocurría únicamente cuando estábamos concentrados, estudiando o resolviendo problemas. Hoy sabemos que no. La neurociencia muestra que existen momentos en los que el cerebro parece estar en reposo, pero en realidad está realizando un trabajo silencioso y fundamental. Es entonces cuando integra experiencias, consolida recuerdos, conecta ideas, imagina escenarios futuros y encuentra relaciones que, en medio del ritmo cotidiano, suelen pasar inadvertidas. 

Por eso no es casual que muchas buenas ideas aparezcan mientras caminamos, manejamos, nos duchamos o simplemente miramos por la ventana. Lejos de ser tiempo perdido, esos momentos permiten que el cerebro haga algo que también necesita: procesar. 

Con los chicos sucede algo parecido. 

Cuando dicen “me aburro”, nuestra reacción suele ser inmediata. Buscamos una actividad, proponemos una salida o recurrimos a una pantalla. Sin embargo, el aburrimiento no siempre es un problema que haya que resolver. Muchas veces es el punto de partida de la imaginación, del juego espontáneo, de la creatividad y de la autonomía. Cuando desaparece el estímulo permanente, aparecen las preguntas, las historias inventadas, los juegos que nadie planificó

Quizás el mayor desafío de estas vacaciones no sea encontrar más cosas para hacer, sino recuperar algo que los adultos parecemos haber olvidado: la capacidad de simplemente estar. Estar sin mirar el reloj. Estar sin pensar cuál será la próxima actividad. Estar sin sentir que cada minuto tiene que justificarse

Si pensamos en los recuerdos más felices de nuestra infancia, es probable que muchos no estén asociados a una agenda perfectamente organizada. Recordamos una tarde jugando a las cartas, una conversación larga, una receta hecha en familia, una caminata sin apuro o una película vista todos juntos bajo una manta. No porque fueran experiencias extraordinarias, sino porque alguien estaba verdaderamente presente. 

Tal vez esa sea la pregunta que valga la pena hacernos estas vacaciones. No cuántas actividades logramos hacer. No cuántos lugares visitamos. Ni siquiera cuánto “aprovechamos” el tiempo. 

Tal vez la verdadera pregunta sea cuánto pudimos habitarlo. 

Porque nuestros hijos probablemente olviden muchas de las cosas que hicieron durante estas dos semanas. Lo que difícilmente olviden es cómo se sintieron mientras las compartían con nosotros.


(*) Especialista en innovación educativa. Educadora. Conferencista. Autora 


 

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