viernes 07 de agosto de 2026 - Edición Nº4521

Interés general | 7 ago 2026

Enfoques

Cuando el otro deja de ser un sujeto: la violencia que comienza mucho antes del femicidio

Antes del golpe suele haber control. Antes de la agresión física, muchas veces hubo aislamiento. Antes de la amenaza existieron descalificaciones, manipulación emocional, vigilancia constante o celos naturalizados.


Por Catalina Irades (*)

Cada vez que un femicidio ocupa los titulares, la sociedad busca respuestas urgentes. Nos preguntamos cómo pudo ocurrir, qué señales se pasaron por alto, qué podría haberse hecho para evitarlo. Pero quizás la pregunta más profunda sea otra: ¿Cuándo empieza realmente un femicidio?

La respuesta, probablemente, incomode.

No comienza el día del crimen. Comienza mucho antes. Empieza cuando el otro deja de ser reconocido como un sujeto con deseos, libertad y derecho a decidir sobre su propia vida. Comienza cuando el amor se confunde con la posesión, cuando el vínculo se transforma en dominio y cuando la diferencia deja de ser aceptada para convertirse en una amenaza.

Desde el psicoanálisis sabemos que amar implica una experiencia profundamente humana y, al mismo tiempo, profundamente difícil: aceptar que el otro nunca nos pertenece.

Sigmund Freud describió el narcisismo como una instancia necesaria para la constitución del yo. Sin embargo, cuando ese narcisismo se rigidiza y no logra tolerar la frustración, el rechazo o la pérdida, aparece una lógica peligrosa: el otro deja de existir como un sujeto independiente y comienza a ser vivido como una extensión de uno mismo.

Entonces, si el otro se va, si elige otro camino o simplemente decide poner un límite, esa decisión puede experimentarse como una amenaza insoportable para quien no ha podido construir recursos psíquicos para tramitar la separación.

No se trata de afirmar que el psicoanálisis explique por sí solo un femicidio. Sería irresponsable reducir un fenómeno tan complejo a una única mirada. En estos hechos confluyen dimensiones psicológicas, sociales, culturales, educativas, jurídicas y económicas que deben ser abordadas de manera integral.

Pero la clínica sí nos enseña algo valioso: la violencia extrema rara vez aparece de un día para otro.

Antes del golpe suele haber control.

Antes de la agresión física, muchas veces hubo aislamiento.

Antes de la amenaza existieron descalificaciones, manipulación emocional, vigilancia constante, celos naturalizados o una necesidad permanente de supervisar la vida del otro.

Y quizás uno de los mayores problemas sea precisamente ese: muchas de estas conductas todavía encuentran justificaciones culturales.

Durante demasiado tiempo confundimos intensidad con amor.

Confundimos dependencia con compromiso.

Confundimos control con cuidado.

Y esas confusiones tienen consecuencias.

Vivimos en una época donde hablamos cada vez más de salud mental, pero todavía nos cuesta reconocer que la forma en que aprendemos a vincularnos también forma parte de ella.

Educar emocionalmente no significa enseñar a no sufrir. Significa enseñar a tolerar la frustración, aceptar un “no”, comprender que perder forma parte de la vida y que ningún vínculo puede sostenerse desde la apropiación del otro.

Como profesionales de la salud mental también tenemos una responsabilidad ética.

No diagnosticar desde los titulares.

No convertir cada tragedia en una explicación simplista.

No patologizar aquello que requiere un análisis serio y multidisciplinario.

La prudencia científica no implica silencio. Implica hablar con responsabilidad.

Quizás la prevención más profunda no comience únicamente cuando interviene la Justicia ni cuando la violencia ya dejó marcas visibles.

Comience mucho antes.

Comience en la crianza.

En la escuela.

En la manera en que enseñamos a amar.

En la forma en que transmitimos que nadie tiene derecho a decidir sobre la vida, el cuerpo, el tiempo o el deseo de otra persona.

Porque una sociedad que reconoce al otro como sujeto construye vínculos más libres, más sanos y más humanos.

Y cuando el otro deja de ser un objeto de posesión para recuperar su condición de sujeto, la violencia pierde el terreno donde, silenciosamente, comienza a gestarse.

Quizás allí resida el mayor desafío de nuestro tiempo: educar para el vínculo antes que reparar la violencia.

Porque el femicidio no empieza con la muerte.

Empieza el día en que alguien cree que amar le da derecho a poseer.


(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista

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