El Monitor de Opinión Pública (MOP) de Zentrix Consultora de agosto muestra una sociedad que empieza a ordenar su voto de 2027 alrededor de una sola pregunta: continuidad o cambio del modelo económico. El 38,7 % se inclina por sostenerlo, un piso que resiste, pero que está delimitado con precisión por la clase social. En paralelo, Javier Milei mejora levemente su imagen y su aprobación, aunque esa recuperación no altera la estructura del rechazo ni le abre espacio de crecimiento.
Frente a las próximas elecciones presidenciales, el 38,7 % de los argentinos quiere que el mismo modelo económico continúe y el 59,8 % pide un cambio de rumbo. La cifra global, sin embargo, esconde el dato verdaderamente relevante: ese respaldo no está repartido de manera uniforme, sino que se ordena casi linealmente por posición social. Entre la clase alta, seis de cada diez quieren continuidad; en la clase baja, apenas uno de cada cuatro. La demanda de cambio, en tanto, trepa a más de siete de cada diez en la base de la pirámide.
📊 El Monitor de Opinión Pública de Zentrix de agosto muestra que si las elecciones de 2027 fueran hoy, casi 4 de cada 10 argentinos (38,7%) votaría por mantener el modelo económico actual.
— Zentrix Consultora (@ZXConsultora) September 6, 2026
️🚨🚨 Ese piso no es parejo: en la clase alta el respaldo trepa a 6 de cada 10, en la… pic.twitter.com/LgfGV82tNh
Lo que ese contraste revela es que la discusión sobre el rumbo económico dejó de ser ideológica para volverse posicional: no se defiende o se rechaza el modelo por convicción doctrinaria, sino según cuánto se haya ganado o perdido con él. Quienes lo respaldan son quienes ya atravesaron el costo del ajuste sin comprometer su nivel de vida; quienes piden cambio son los que lo sintieron en su bolsillo. Ese dato tiene una consecuencia electoral directa: el oficialismo tiene un electorado sólido, pero numéricamente acotado, y su crecimiento depende de convencer justamente al segmento donde su gestión produjo más deterioro.
La edad, en cambio, no explica nada. Jóvenes, adultos y mayores respaldan la continuidad en proporciones casi idénticas —entre 37,7 % y 39,4 %—, lo que desarma cualquier lectura generacional del fenómeno. En la Argentina de 2026 no hay una juventud libertaria enfrentada a mayores opositores: hay una estructura social que divide al país por arriba y por abajo, no por edad.

Sobre ese piso de apoyo pesa, además, un límite temporal. El 53,2 % afirma que ya se le acabó la paciencia para esperar resultados económicos y solo el 22,9 % dice estar viéndolos. La impaciencia es transversal y prácticamente idéntica en los tres tramos etarios. Es decir, incluso parte de quienes respaldan la continuidad del modelo lo hacen sin margen de espera. El Gobierno conserva convicción de fondo, pero perdió el crédito temporal que la sostenía, y esa combinación es más frágil de lo que sugiere el número de apoyo aislado.
La aprobación de Milei subió al 32,2 % en agosto frente al 31,4 % de julio, interrumpiendo la caída de los meses previos, aunque la desaprobación sigue en el 54,1 %. La imagen personal acompaña ese leve repunte: la positiva pasó del 30,9 al 32,7 por ciento.
El movimiento, sin embargo, es de amplitud y no de estructura. La brecha social se mantiene intacta: la gestión cosecha casi un 60 % de aprobación en la clase alta y apenas un 22,4 % en la clase baja. El oficialismo recuperó algo de terreno dentro de su propio territorio, sin conquistar nada fuera de él. Lo que mejoró es la intensidad del respaldo, no su alcance.
La segmentación de imagen confirma el mismo perfil de siempre: Milei rinde mejor entre varones, jóvenes y clase alta, y toca su piso entre mujeres —donde el rechazo llega al 65,8 %— y en la clase baja, donde la negativa alcanza el 69,3 %. Es un electorado nítido y fiel, pero encapsulado.
Aquí aparece uno de los datos más importantes del relevamiento en clave estratégica. La vicepresidente Victoria Villarruel registra una imagen positiva del 18,9 % contra el 55,3 % de negativa, y el rechazo electoral es el más alto del tablero: el 62,8 % jamás la votaría. Pero su distribución interna es la que importa. Su mejor imagen positiva está en la clase alta (28,6 %), exactamente el mismo estrato donde Milei tiene su núcleo duro, y allí también concentra su mayor potencial de expansión: el 34,2 % de ese segmento declara que “podría votarla”.

Villarruel, en otras palabras, no crece en el territorio opositor, sino dentro del propio electorado que respalda la continuidad del modelo económico. No representa una alternativa al oficialismo: representa una competencia por su misma base. En un escenario donde el apoyo al modelo tiene un techo estructural del orden del 38 %, una eventual candidatura de la vicepresidenta de la Nación no ampliaría el caudal oficialista, sino que lo fragmentaría, dividiendo el voto de continuidad entre dos ofertas que abrevan del mismo espacio. El riesgo para el Gobierno, entonces, no está en la oposición, sino en su propia interna.
En tanto, la jefa del bloque libertario en el Senado, Patricia Bullrich, completa el cuadro interno con un perfil distinto. Con el 37,2 % de imagen positiva contra el 49,8 % de negativa, reproduce la estructura del oficialismo con menor intensidad que el Presidente: mejor en clases altas y medias, mejor entre varones, y con caída marcada en el estrato bajo, donde su positiva baja al 25,6 % y el rechazo trepa al 62,4 %. Su particularidad está en la proyección electoral: con el 19,3 % de voto seguro exhibe el mayor potencial de expansión del tablero, ya que un 27,7 % adicional declara que podría votarla. A diferencia de Villarruel, su margen de crecimiento no depende exclusivamente del núcleo duro presidencial, lo que la posiciona como la figura oficialista con más recorrido teórico por delante. Nuevamente, el riesgo para el Gobierno no está en la oposición, sino en cómo ordene su propia interna.
Axel Kicillof es el reflejo invertido de Milei: su imagen positiva es apenas del 24,7 % en la clase alta y de casi el doble —48,9 %— en la clase baja. A su vez, rinde claramente mejor entre mujeres y mayores. Esa simetría confirma que ambas figuras no compiten por el mismo votante, sino que expresan los dos polos del mismo clivaje social. El problema del gobernador es que ese anclaje, que le garantiza un piso, también le impone un techo: la mitad del electorado jamás lo votaría.
En cambio, la diputada nacional del PTS en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores-Unidad, Myriam Bregman, registra el 41,3 % de imagen positiva contra el 44,2 % de negativa: el diferencial menos adverso de todo el relevamiento, apenas tres puntos, aunque igualmente negativo que el del resto del tablero. Su fortaleza se concentra entre mujeres (50,4 % de positiva) y, a contramano de la oposición tradicional, su mejor registro está en la clase baja (53,5 %), mientras que en la alta el rechazo trepa al 60,2 %. Pero repite la paradoja de siempre: es la mejor valorada en términos relativos y a la vez la menos votada, con apenas el 11,9 % de voto duro y un 51,7 % que jamás la votaría.
La proyección electoral describe un tablero congelado. Todas las figuras superan el 50% de rechazo absoluto y ninguna alcanza siquiera el 30 % de voto seguro. Milei y y Axel Kicillof encabezan ese indicador prácticamente en un empate —26,5 % y 25,9 %, respectivamente—, un dato que resume el momento político: los dos polos del clivaje social conservan su núcleo, ninguno logra expandirse.
KICILLOF: IMAGEN NEGATIVA EN TODOS LOS SEGMENTOS, PERO CON UNA ESTRUCTURA QUE DEFINE SU TECHO Y SU PISO 🔎
— Zentrix Consultora (@ZXConsultora) August 27, 2026
👥 Con 51,6% de imagen negativa y 35,4% positiva, Kicillof se muestra con más rechazo que adhesión en prácticamente todos los segmentos. Pero el número agregado esconde una… pic.twitter.com/WhVMoShEnX
El escenario que deja agosto no es el de una transferencia de poder en marcha, sino el de un empate estructural. El modelo económico conserva una base de apoyo real, delimitada por clase social y sin margen de paciencia. Así, el oficialismo mejora sin ampliarse, la oposición no capitaliza y la principal amenaza al caudal de votos del Gobierno no proviene de sus adversarios, sino de una eventual fractura dentro de su propio electorado. Con techos de rechazo tan altos y márgenes de crecimiento tan estrechos, la elección de 2027 puede terminar definiéndose más por quien logre mantener la unidad que por quien logre ampliar su base.