Por Catalina Irades (*)
Hay preguntas que hacemos todos los días casi por cortesía.
“¿Cómo estás?”.
Y hay otras que, en realidad, casi nunca nos animamos a formular:
“¿Cómo estás realmente?”.
La diferencia parece pequeña, pero psicológicamente puede ser enorme.
El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Este año, bajo el lema internacional “Cambiar la narrativa sobre el suicidio”, la propuesta es particularmente significativa: pasar del silencio a la conversación, del prejuicio a la comprensión y de la indiferencia a la posibilidad de acompañar.
Y quizás haya algo que debamos empezar a revisar: no podemos hablar de prevención del suicidio sin hablar antes de salud mental.
La Organización Mundial de la Salud estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo. En Argentina, los últimos datos oficiales consolidados registraron 3.488 suicidios durante 2023; la tasa fue de 7,5 muertes cada 100.000 habitantes, con una incidencia considerablemente mayor en varones.
Son números.
Pero detrás de cada número hubo una persona.
Y alrededor de esa persona hubo vínculos, familias, compañeros de trabajo, amigos, proyectos, historias y silencios.
La salud mental no comienza cuando aparece un diagnóstico
Durante mucho tiempo construimos una idea demasiado estrecha de la salud mental.
Parecía pertenecer exclusivamente al territorio de la enfermedad: depresión, ansiedad, crisis, tratamientos, diagnósticos.
Pero la salud mental es mucho más amplia.
También tiene que ver con nuestra capacidad para atravesar conflictos, tolerar frustraciones, elaborar pérdidas, construir vínculos, pedir ayuda, poner límites y encontrar algún sentido en aquello que hacemos.
Y esto nos obliga a mirar un escenario contemporáneo particularmente complejo.
Vivimos en una época que premia la productividad, la exposición, la velocidad y la capacidad de respuesta.
Tenemos que estar disponibles.
Responder mensajes.
Producir.
Emprender.
Crecer.
Mostrar resultados.
Sostener una imagen.
Y, preferentemente, hacerlo con una sonrisa.
En las redes sociales mostramos el resultado; pocas veces mostramos el proceso psíquico que implicó llegar hasta allí.
El éxito puede convertirse entonces en una escena paradójica: cuanto más exitoso parece alguien hacia afuera, menos permiso puede sentir para reconocer que algo no está funcionando por dentro.
El sujeto que funciona no necesariamente está bien
Este punto resulta especialmente importante para el mundo laboral y empresarial.
Hay personas que continúan trabajando mientras atraviesan una crisis emocional. Dirigen equipos. Contestan correos. Cumplen objetivos. Asisten a reuniones. Facturan. Viajan. Publican.
Funcionan.
Pero funcionar no siempre significa estar bien.
La OMS estima que alrededor del 15% de los adultos en edad laboral presenta algún trastorno mental en un momento determinado. Además, depresión y ansiedad generan aproximadamente 12.000 millones de días de trabajo perdidos cada año y representan cerca de un billón de dólares anuales en pérdida de productividad a nivel mundial.
Por eso, hablar de salud mental en las organizaciones no es solamente hablar de bienestar.
Es hablar también de gestión, liderazgo, productividad y sostenibilidad.
Una empresa que únicamente pregunta cuánto produce una persona, pero nunca observa bajo qué condiciones psíquicas lo hace, está mirando solamente una parte de su capital humano.
Desde una perspectiva psicoanalítica, hay algo todavía más profundo.
No siempre necesitamos que alguien nos diga “tenés que poder”.
Muchas veces esa voz ya está instalada dentro de nosotros.
El superyó contemporáneo puede adoptar formas particularmente exigentes:
Tenés que poder.
No podés aflojar.
Los demás dependen de vos.
No es para tanto.
Después descansás.
Hay gente que está peor.
No podés mostrarte vulnerable.
Y así construimos sujetos extraordinariamente eficaces para sostenerlo todo.
Hasta que ya no pueden sostenerse a sí mismos.
No estoy planteando que la exigencia laboral, una crisis económica, una ruptura, el aislamiento o una dificultad particular expliquen por sí mismos una conducta suicida. El suicidio es un fenómeno multicausal, atravesado por dimensiones psicológicas, biológicas, sociales, culturales y ambientales.
Precisamente por eso necesitamos abandonar las explicaciones simples.
No hay una única causa.
Y tampoco hay una única intervención.
La prevención no comienza necesariamente cuando alguien dice explícitamente que está pensando en morir.
También comienza mucho antes: cuando una sociedad aprende a reconocer el sufrimiento psicológico sin ridiculizarlo.
Cuando una organización deja de considerar la angustia como falta de carácter.
Cuando un líder entiende que pedir ayuda no es incompetencia.
Cuando una familia puede hablar de salud mental sin convertirla en un secreto.
Cuando dejamos de decirle a alguien que “tiene todo” como argumento para invalidar cómo se siente.
Y cuando podemos preguntar algo tan sencillo como:
“¿Cómo estás?”
Pero hacerlo de verdad.
Escuchar la respuesta.
No apresurarnos a solucionar.
No minimizar.
No juzgar.
Y saber cuándo es necesario recurrir a profesionales y servicios especializados.
Porque acompañar no significa convertirse en terapeuta de otra persona. Significa no dejarla sola frente a su sufrimiento y ayudarla a encontrar una red de asistencia adecuada.
También las empresas tienen algo que decir
En este punto, la prevención del suicidio deja de ser exclusivamente un asunto sanitario y se transforma también en una conversación social y organizacional.
La OMS sostiene que los entornos laborales deficientes —sobrecarga, inseguridad laboral, discriminación, escaso control sobre el trabajo, entre otros factores— pueden constituir riesgos para la salud mental. También señala que los lugares de trabajo pueden convertirse en espacios de protección cuando promueven condiciones saludables.
Por eso, un liderazgo contemporáneo no debería limitarse a preguntar:
“¿Cuánto estás produciendo?”
También debería preguntarse:
“¿Qué condiciones estamos generando para que las personas puedan producir sin destruirse en el intento?”
No se trata de convertir a las empresas en consultorios psicológicos.
Se trata de comprender que las organizaciones también producen subjetividad.
Una cultura que premia permanentemente la disponibilidad, penaliza el error, naturaliza la sobrecarga y confunde compromiso con agotamiento puede terminar construyendo trabajadores que aprendan a ocultar aquello que necesitan expresar.
Y aquello que no encuentra palabras puede terminar buscando otras formas de manifestarse.
Quizás el verdadero desafío de este 10 de septiembre sea justamente ese.
Cambiar la narrativa.
Dejar de pensar que hablar de suicidio es “dar ideas”.
Dejar de asociar la vulnerabilidad con debilidad.
Dejar de creer que quien sonríe necesariamente está bien.
Dejar de esperar una crisis extrema para ocuparnos de la salud mental.
Y dejar de considerar que pedir ayuda es el último recurso.
Puede ser, en realidad, una de las primeras formas de cuidado.
Porque prevenir no significa tener todas las respuestas.
A veces significa algo mucho más humano: atrevernos a hacer una pregunta y quedarnos disponibles para escuchar la respuesta.
La salud mental no debería convertirse en conversación únicamente cuando alguien llega al límite.
Debería formar parte de nuestra manera cotidiana de vivir, trabajar, liderar y vincularnos.
Porque detrás del empleado, del empresario, del profesional, del líder, del emprendedor o de la persona que parece poder con todo, hay siempre un sujeto.
Y ningún resultado, ningún cargo, ninguna facturación y ningún éxito debería hacernos olvidar de eso.
Prevenir también es mirar al otro antes de que el silencio se vuelva insoportable.
(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental laboral