La mayoría de las personas que se acercan a estructurar su patrimonio solo piensan en una cosa: cómo repartir la herencia cuando ya no estén. Pero hay una realidad mucho más cercana y mucho más probable que pocos contemplan.
“Antes de morir, posiblemente pasemos un tiempo —días, meses o incluso años— en el que no podamos manejarnos solos, ya sea por cuestiones físicas, cognitivas o por la combinación de ambas”, advierte Mariano Sardáns, CEO de la gerenciadora de patrimonios FDI. “Y nadie puede predecir cuánto va a durar esta situación”, suma.
En ese momento, si el proceso no está preparado y bien planificado, el dinero deja de fluir. Nuestras cuentas, nuestros tratamientos médicos, nuestras empresas… todo se paraliza: desde pagar la luz, el gas, la comida, las enfermeras y los medicamentos, hasta administrar inversiones, alquileres, impuestos y sociedades — y todo eso puede ocurrir mientras la persona sigue con vida.
Según Sardáns, la pregunta correcta no es solo qué hacer para cuando ya no se esté. Hay una pregunta anterior, más urgente y más ignorada: “¿Está nuestro patrimonio preparado para que todo siga funcionando cuando ya no podamos administrarlo?”.
Esta distinción tiene implicancias concretas en cómo se estructuran los activos, quién tiene acceso a las cuentas, cómo se designan representantes y qué mecanismos de continuidad existen.
Una planificación que solo contempla la muerte deja desprotegida una etapa que, en la práctica, la mayoría de las personas atravesará.