Por Catalina Irades (*)
Hay algo que sucede en Salta cada septiembre que difícilmente pueda comprenderse solamente desde la religión.
Miles de personas caminan.
Caminan durante días. Algunas durante semanas.
Caminan atravesando cerros, quebradas, caminos de altura, frío, viento, lluvia, cansancio y noches de poco descanso. Llegan desde distintos puntos de la provincia y también desde otras provincias. Hay familias, jóvenes, adultos mayores, trabajadores, mineros, habitantes de la Puna, personas que realizan por primera vez la peregrinación y otras que llevan décadas repitiéndola.
Este año, por ejemplo, una de las columnas más numerosas partió de San Antonio de los Cobres con alrededor de 3.750 peregrinos. El recorrido hasta la ciudad de Salta comprende unos 168 kilómetros. Otros grupos llegan desde lugares todavía más distantes: desde Santa Victoria Oeste, por ejemplo, la caminata puede acercarse a los 600 kilómetros.
Y entonces aparece una pregunta que, desde el psicoanálisis, resulta inevitable: ¿Qué hace que una persona camine semejante distancia cuando podría simplemente trasladarse?
La respuesta religiosa es la fe.
Y esa respuesta merece respeto.
Pero la psicología puede formular otra pregunta, no para reemplazarla, sino para profundizarla:
¿Qué significa para un sujeto poner el cuerpo en movimiento para encontrarse con aquello en lo que cree?
La historia del Señor y la Virgen del Milagro está profundamente ligada a la historia de Salta.
En septiembre de 1692, una serie de fuertes terremotos provocó una situación de enorme conmoción. En medio de ese escenario de temor y desorganización, el pueblo acudió a la Catedral, se realizaron procesiones y comenzó a consolidarse una experiencia religiosa que, con el paso de los siglos, se transformaría en una de las expresiones de fe popular más importantes de la Argentina.
Desde entonces, el llamado Pacto de Fidelidad se renueva año tras año.
Este dato histórico es fundamental.
Porque el Milagro no es únicamente un acontecimiento religioso del presente.
Es también una memoria colectiva.
Una tradición transmitida de generación en generación.
Un ritual que vuelve cada año.
Un acontecimiento que permite que una comunidad se reconozca a sí misma.
Y aquí aparece algo profundamente interesante para el psicoanálisis: el sujeto no vive solamente de aquello que recuerda individualmente. También vive de aquello que una comunidad conserva, repite y transmite.
En una época atravesada por la velocidad, la inmediatez y la virtualidad, hay algo casi contracultural en caminar cientos de kilómetros.
Hoy podemos comunicarnos en segundos con alguien que está a miles de kilómetros.
Podemos comprar sin salir de casa.
Podemos trabajar sin movernos de una habitación.
Podemos recorrer una ciudad sin conocerla realmente.
Y, sin embargo, para llegar al Milagro, miles de personas eligen hacer algo extraordinariamente antiguo: caminar.
Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
El cuerpo se cansa. Los pies duelen. La respiración cambia. La noche llega. El frío aparece. Y, aun así, se continúa.
Desde una lectura psicoanalítica, no resulta menor que una promesa se inscriba en el cuerpo.
Porque el cuerpo no es solamente organismo.
Es también un cuerpo atravesado por palabras, vínculos, recuerdos, pérdidas, deseos, promesas y significaciones.
La peregrinación convierte una creencia en una experiencia corporal.
La fe deja de ser solamente una idea y se transforma en camino.
El ser humano necesita producir sentidos frente a aquello que no puede controlar completamente.
La enfermedad. La muerte. La pérdida. La incertidumbre. El nacimiento. El amor. La esperanza.
La vida psíquica no funciona únicamente con aquello que podemos comprobar.
Necesitamos símbolos. Necesitamos relatos.
Necesitamos rituales que ordenen aquello que, de otro modo, podría quedar disperso.
El ritual no elimina la incertidumbre. Pero puede darle una forma.
Y quizás allí haya una de las potencias psicológicas de la fe.
No necesariamente en la posibilidad de obtener aquello que se pide, sino en la posibilidad de darle un lugar psíquico a aquello que nos preocupa, nos duele o esperamos.
El peregrino no camina únicamente hacia una Catedral.
Camina llevando consigo una historia.
Un pedido. Un agradecimiento. Una pérdida. Una promesa. Una persona enferma. Un hijo. Un padre. Una madre. Una memoria.
Algo que muchas veces no puede ser explicado completamente con palabras.
El milagro como experiencia colectiva
Hay otro fenómeno que merece ser observado.
Nadie camina completamente solo.
Incluso cuando el recorrido comienza individualmente, el camino produce comunidad.
Se comparte agua.
Se acompaña al que no puede seguir.
Se espera. Se reza. Se canta. Se descansa juntos. Se sostiene al otro.
Y eso también tiene una enorme importancia psíquica.
Porque frente a una cultura que muchas veces nos empuja hacia el individualismo —“resolvé”, “podés solo”, “sé fuerte”, “alcanzá tus objetivos”—, la peregrinación recupera una experiencia diferente: hay momentos de la vida en los que necesitamos que otro camine con nosotros.
Esto no es debilidad.
Es condición humana.
Hablar del Milagro es también hablar de salteñidad.
No porque todos los salteños crean exactamente lo mismo, ni porque una identidad pueda reducirse a una religión.
Sino porque determinadas prácticas, símbolos, relatos y rituales se incorporan a la memoria cultural de una comunidad.
El Milagro forma parte de esa memoria.
Y por eso puede ser leído también como un fenómeno de identidad colectiva.
Hay algo que se transmite: “Esto también somos nosotros”.
No solamente la Catedral.
No solamente las imágenes.
También las calles llenas de gente.
Los pañuelos. Las familias. Los peregrinos. La Puna. Los cerros. La espera. El cansancio. La llegada. El encuentro. La renovación del pacto.
Una identidad no se construye solamente con discursos.
También se construye con rituales compartidos.
Quizás este sea el punto más importante.
Analizar psicológicamente una experiencia religiosa no significa patologizarla.
Tampoco significa explicar la fe como una ilusión, ni demostrar que aquello que una persona considera milagroso es simplemente un mecanismo psíquico.
Eso sería reducir una experiencia humana compleja.
El psicoanálisis puede hacer otra cosa.
Puede preguntarse: ¿Qué lugar ocupa esa fe en la economía psíquica de un sujeto?
¿Qué representa? ¿Qué sostiene? ¿Qué permite elaborar? ¿Qué vínculo establece entre pasado y presente? ¿Qué lugar tiene en la transmisión familiar? ¿Qué ocurre cuando una promesa se cumple, cuando no se cumple o cuando se transforma? ¿Qué significa agradecer? ¿Qué significa pedir? ¿Qué significa volver cada año?
Son preguntas diferentes a preguntar si el milagro “es real” o “no es real”.
Porque la realidad psíquica también tiene efectos reales.
PEREGRINOS DEL MILAGRO. Descienden desde 3.500 m por caminitos que dan a enormes precipicios. Son los peregrinos de Cerro Negro del Tirao, Rosario de Lerma. Desde hace 13 años renuevan su pacto de fe Señor y la Virgen del Milagro#RosarioDeLerma #peregrinos #Milagro #salta pic.twitter.com/11PfiIZTNF
— Enfoque Salta (@enfoque_salta) September 12, 2026
Y allí reside una de las grandes enseñanzas del psicoanálisis: no todo aquello que produce efectos en la vida humana puede reducirse a aquello que puede medirse.
Vivimos tiempos de enorme fragmentación.
Discutimos políticamente.
Nos dividimos socialmente.
Nos enfrentamos en redes.
Desconfiamos de las instituciones.
Y muchas veces pareciera que cada uno construye su propia pequeña realidad.
Por eso resulta particularmente interesante observar qué sucede en Salta durante septiembre.
Miles de personas diferentes se encuentran alrededor de una misma tradición.
No necesariamente porque piensen igual.
Sino porque comparten un símbolo.
Y quizá allí haya algo que exceda a la religión.
Las sociedades también necesitan lugares simbólicos donde reconocerse.
Necesitan relatos que permitan construir pertenencia.
Necesitan memoria.
Necesitan rituales.
Necesitan aquello que, en un mundo cada vez más acelerado, les recuerde que existen cosas que no se compran, no se descargan y no se resuelven con un clic.
Hay cosas que solamente pueden vivirse.
Tal vez por eso, como salteña, mirar a quienes llegan caminando desde la Puna produce algo difícil de explicar solamente desde la razón.
Porque frente a ellos aparece una escena profundamente humana: una persona cansada que continúa caminando porque algo, para ella, tiene sentido.
Y quizás ahí esté uno de los grandes valores psicológicos de la experiencia.

No necesitamos pensar todos igual.
No necesitamos compartir la misma fe.
No necesitamos demostrar ni refutar el milagro.
Podemos hacer algo más humano: respetar aquello que para otro constituye un sentido.
Porque cuando una persona camina cientos de kilómetros llevando consigo una promesa, no estamos solamente frente a una manifestación religiosa.
Estamos frente a una historia subjetiva.
Y cuando miles de personas hacen lo mismo durante siglos, estamos también frente a la historia psíquica y cultural de un pueblo.
Por eso, cada septiembre, cuando Salta vuelve a llenarse de peregrinos, quizás la pregunta no sea solamente qué milagro esperan encontrar al llegar.
Quizás debamos preguntarnos qué sucede dentro de una persona cuando encuentra una razón para seguir caminando.
Porque en tiempos en los que tantas veces se ha perdido el sentido del camino, hay algo profundamente conmovedor en un pueblo que todavía sabe hacia dónde caminar.
Quizás el milagro no sea solamente llegar.
Quizás el milagro sea que, después de más de tres siglos, todavía haya un pueblo dispuesto a caminar juntos hacia algo en lo que cree.
(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental