lunes 21 de septiembre de 2026 - Edición Nº4566

Interés general | 21 sep 2026

Enfoques

Las Cazzu sin nombre: vulnerabilidad psíquica, ausencia y violencia económica

¿Qué sucede cuando la responsabilidad de criar, cuidar y sostener económicamente recae de manera desproporcionada sobre una sola persona? La pregunta es social, pero también profundamente psicológica.


Por Catalina Irades (*)


Hay una pregunta que parece sencilla, pero que puede volverse brutal cuando se la piensa hasta el final: ¿Cómo se materna bien cuando falta lo necesario para sostener la vida cotidiana?

No hablo solamente de amor.

Hablo de comida.

De alquiler.

De medicamentos.

De ropa.

De escuela.

De tiempo.

De descanso.

De alguien que lleve al niño al médico cuando una tiene que trabajar. De alguien que responda económicamente cuando el ingreso no alcanza. De alguien que esté cuando aparece una urgencia.

Porque existe una idea romántica de la maternidad que ha hecho bastante daño: aquella que supone que, mientras exista amor suficiente, una madre siempre podrá sostenerlo todo.

Pero el amor no paga un alquiler.

No llena una heladera.

No reemplaza el descanso.

No resuelve una deuda.

No hace desaparecer la incertidumbre.

Y tampoco debería exigírsele a una madre que transforme su capacidad de sacrificio en una fuente inagotable de recursos.

Un problema que no empezó con Cazzu

En los últimos años, la situación pública de la cantante argentina Cazzu y las dificultades vinculadas a la crianza, la manutención y las decisiones respecto de su hija volvieron a poner en discusión una problemática que excede ampliamente a una celebridad.

En 2026, incluso llegó al Congreso argentino un proyecto denominado públicamente “Ley Cazzu”, que propone modificaciones vinculadas al ejercicio de la responsabilidad parental frente a situaciones de incumplimiento alimentario o ausencia.  

Pero sería un error convertir esta columna en un juicio sobre personas cuya intimidad no conocemos.

Una figura pública puede ponerle rostro a un problema.

No necesariamente permite conocer toda la verdad de una familia.

Por eso, el caso interesa menos por sus protagonistas que por aquello que permitió volver visible:

¿Qué sucede cuando la responsabilidad de criar, cuidar y sostener económicamente recae de manera desproporcionada sobre una sola persona?

La pregunta es social.

Pero también es profundamente psicológica.

La vulnerabilidad psíquica no empieza en la mente

Hay una tendencia contemporánea a hablar de salud mental como si todo ocurriera dentro de la cabeza.

“Tenés que gestionar mejor tus emociones.”

“Tenés que ser resiliente.”

“Tenés que poner límites.”

“Tenés que pedir ayuda.”

Todo eso puede ser cierto.

Pero hay momentos en los que la psicología corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de individualizar problemas que también son materiales.

Porque resulta difícil pedirle regulación emocional a una persona que no sabe cómo llegará a fin de mes.

Es difícil hablar de autocuidado cuando alguien trabaja todo el día y después comienza su segunda jornada en casa.

Es difícil pedir serenidad cuando existe una amenaza concreta sobre la vivienda.

Es difícil descansar cuando una madre sabe que, si ella se enferma, ¿quién sostiene a sus hijos?

La subjetividad no existe suspendida en el aire.

Está atravesada por las condiciones en las que vivimos.

Maternar también es sostener una realidad

Desde el psicoanálisis sabemos que convertirse en madre no constituye simplemente la incorporación de un nuevo rol.

Implica una transformación profunda de la posición subjetiva.

Cambian los tiempos.

Cambian las prioridades.

Cambian las identificaciones.

Cambian los temores.

Aparece otro ser humano cuya dependencia inicial exige una enorme disponibilidad física y psíquica.

Y allí hay algo que muchas veces olvidamos: para cuidar, también hay que poder ser cuidado.

Una madre agotada no es una mala madre.

Una madre angustiada no es una mala madre.

Una madre que tiene miedo porque no sabe si podrá pagar el alquiler no está fallando emocionalmente.

Está respondiendo psíquicamente a una situación que puede ser objetivamente amenazante.

La diferencia es enorme.

Cuando la ausencia del padre se convierte en una carga materna

La ausencia paterna no es solamente una ausencia afectiva.

Puede convertirse también en una transferencia de responsabilidades.

Lo que uno no hace, otro tiene que hacerlo.

Si uno no aporta, otro debe compensar.

Si uno no cuida, otro duplica su disponibilidad.

Si uno no resuelve, otro resuelve.

Y cuando esto se sostiene durante meses o años, la sobrecarga deja de ser una circunstancia puntual.

Se convierte en una forma de existencia.

UNICEF viene documentando precisamente esta desigualdad: los hogares monoparentales encabezados por mujeres presentan mayores niveles de pobreza infantil y mayores dificultades asociadas al trabajo y al cuidado.  

Hay algo todavía más significativo.

En un relevamiento de UNICEF, entre las madres cuyo hijo no convivía con el padre, solo el 26% señaló que el progenitor participaba siempre en las tareas de cuidado; casi la mitad afirmó que el padre no se responsabilizaba de esas tareas.  

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Cuánto de aquello que llamamos “fortaleza materna” es, en realidad, una mujer aprendiendo a sobrevivir a una sobrecarga que nunca debería haber sido exclusivamente suya?

La violencia económica también puede ser una violencia psíquica

No toda dificultad económica constituye violencia.

Y no todo incumplimiento puede interpretarse automáticamente de la misma manera.

Pero cuando la privación económica es utilizada para controlar, limitar o perjudicar a una mujer, estamos ante una categoría reconocida por la legislación argentina: la Ley 26.485 contempla la b, incluyendo la limitación de recursos o la privación de medios indispensables para una vida digna.

Esto tiene consecuencias subjetivas.

Porque el dinero no es solamente dinero.

Es autonomía.

Es posibilidad de decidir.

Es acceso a recursos.

Es capacidad de movimiento.

Es previsibilidad.

Y cuando falta de manera sistemática, puede aparecer algo más profundo que la preocupación económica: la sensación de no tener margen.

Y el margen psíquico importa.

Una persona necesita sentir que existe algún lugar desde donde puede decidir.

La fantasía de la madre omnipotente

Quizás uno de los mandatos más crueles de la maternidad contemporánea sea el de la madre omnipotente.

La que puede trabajar.

Criar.

Cocinar.

Educar.

Generar ingresos.

Acompañar emocionalmente.

Estar disponible.

Verse bien.

Tener paciencia.

No gritar.

No cansarse.

No enfermarse.

Y, si algo sale mal, preguntarse qué hizo mal ella.

Pero una madre no es omnipotente.

Es un sujeto.

Tiene límites.

Tiene angustias.

Tiene deseos propios.

Tiene necesidades.

Tiene derecho a cansarse.

Y necesita una red.

Porque criar nunca fue una tarea exclusivamente individual.

Lo que le respondí a mi hijo

Esta reflexión comenzó, en realidad, con una pregunta mucho más sencilla.

Mi hijo me preguntó cómo puede una madre maternar bien cuando no tiene comida, cuando no puede pagar el alquiler, cuando falta dinero y cuando, además, tiene que sostener emocionalmente a sus hijos.

La pregunta me quedó dando vueltas.

Porque detrás de ella había algo profundamente lúcido:

¿Cómo se puede exigir bienestar psíquico cuando las condiciones básicas de existencia están amenazadas?

Y quizás la respuesta no sea que una madre debe ser más fuerte.

Quizás tengamos que dejar de pedirle a las mujeres que sean extraordinarias para compensar aquello que otros no hacen.

Una madre puede amar profundamente a su hijo y, al mismo tiempo, sentirse exhausta.

Puede querer protegerlo y tener miedo.

Puede ser competente y sentirse desbordada.

Puede ser una excelente madre y necesitar ayuda.

Las contradicciones no invalidan el amor.

Son parte de la condición humana.

Maternar no debería ser sobrevivir

Hay una diferencia fundamental entre maternar y sobrevivir mientras se materna.

En el primer caso existe espacio psíquico para mirar al hijo, escucharlo, jugar, acompañarlo, poner límites, disfrutarlo.

En el segundo, gran parte de la energía está destinada a resolver lo urgente:

¿Qué comemos?

¿Cómo pagamos?

¿Quién lo cuida?

¿Cómo llego al trabajo?

¿Qué hago si se enferma?

¿Cómo consigo otro ingreso?

¿Qué pasa si no puedo más?

Cuando toda la energía psíquica está ocupada por la supervivencia, queda menos disponible para aquello que también necesita un niño: la presencia subjetiva de un adulto disponible.

Por eso hablar de maternidad también exige hablar de economía, trabajo, corresponsabilidad parental, redes de cuidado y salud mental.

No porque la maternidad pueda reducirse a ninguna de esas dimensiones.

Sino porque la subjetividad se construye en condiciones concretas de existencia.

Una sociedad que también debe preguntarse

Quizás la pregunta no debería ser únicamente: “¿Cómo hace esa madre para poder con todo?”

Porque esa pregunta vuelve a colocar toda la responsabilidad sobre ella.

Tal vez debamos empezar a preguntar: ¿Por qué tiene que poder con todo?

¿Qué parte corresponde al otro progenitor?

¿Qué parte corresponde a las redes familiares?

¿Qué parte corresponde a las organizaciones laborales?

¿Qué parte corresponde al Estado?

¿Qué parte corresponde a la comunidad?

Y, sobre todo: ¿Qué estamos llamando fortaleza cuando una mujer está simplemente intentando no quebrarse?

La salud mental materna no puede pensarse únicamente desde la capacidad individual de gestionar emociones.

También requiere condiciones materiales, vínculos confiables, corresponsabilidad y posibilidad de pedir ayuda.

Porque detrás de cada madre que “puede con todo” puede haber una mujer que hace muchísimo tiempo no tiene permitido decir:

“No puedo sola.”

Y quizás una de las formas más concretas de cuidar a una madre no sea decirle que es fuerte.

Sea preguntarle: “¿Qué necesitás para no tener que serlo todo el tiempo?”


(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental

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