En el marco del Día Internacional de la Concientización sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos un relevamiento demuestra que hay conciencia pero falta acción.
Nueve de cada diez personas en América Latina consideran que el desperdicio de alimentos es un problema relevante, pero la preocupación no necesariamente se traduce en cambios de hábitos. La evolución de los datos entre 2025 y 2026 muestra que, además de conciencia, hacen falta herramientas, información e incentivos que faciliten decisiones más eficientes.
Hablar del desperdicio de alimentos ya no es una conversación nueva. El problema está instalado en la agenda y existe un amplio consenso sobre su impacto ambiental, económico y social. Sin embargo, reconocer el problema no necesariamente alcanza para modificar las conductas. La segunda edición de la Encuesta Regional sobre Percepción del Desperdicio de Alimentos de Cheaf, realizada en julio de 2026 sobre más de 4.500 respuestas de Argentina, Chile, México y Colombia, muestra justamente esa tensión: la preocupación por el desperdicio se mantiene elevada, mientras que algunos indicadores de comportamiento incluso empeoran.
---) Por dónde empezar a transformar la preocupación en hábitos sostenibles
El primer obstáculo aparece antes de cualquier cambio de hábito: muchas personas no cuentan con información suficiente para actuar de otra manera.
El informe señala que el desperdicio en los hogares está vinculado principalmente con la conservación de los alimentos: el 59,3 % de la región señala que los alimentos se descomponen antes de ser utilizados. Al mismo tiempo, persisten dificultades para saber qué hacer con los alimentos que todavía pueden aprovecharse, desde cómo conservarlos hasta cómo donarlos o rescatarlos.
En este sentido, Kim Durand, fundador y CEO de Cheaf, señala que “no es que no quieran hacerlo: no saben cómo. No saben, por ejemplo, que muchos de los panificados se pueden congelar para conservarlos, y no hace falta producir o comprar más”.
Entonces, para reducir el desperdicio no alcanza con saber que existe un problema, también es necesario contar con herramientas y conocimientos que permitan actuar frente a situaciones cotidianas.
Hay una señal particularmente llamativa en la comparación entre ambas ediciones del estudio a nivel regional. La preocupación por el desperdicio se mantuvo prácticamente estable: pasó de 91 % en 2025 a 90,7 % en 2026. Sin embargo, el porcentaje de personas que declara desperdiciar alimentos semanalmente aumentó de 27,3 % a 40,5 %”.
Las personas saben que desperdiciar alimentos tiene consecuencias ambientales, sociales y económicas, pero eso no necesariamente cambia lo que ocurre en la cocina o al momento de comprar. La pregunta ahora es cómo hacemos que la opción de no desperdiciar sea también la opción más fácil”, plantea Durand. La diferencia permite mirar el problema desde otro lugar: la conciencia es un punto de partida, pero no explica por sí sola el comportamiento.
De hecho, el propio informe concluye que quienes consideran el desperdicio un problema crítico tiran comida con una frecuencia similar a quienes le asignan menor importancia. Entre los factores que sí inciden aparecen variables más concretas, como la edad, el estado de conservación de los alimentos, la presión económica y la falta de información y reglas claras.
En 2026 apareció con mayor fuerza un factor que modifica la manera en que las personas toman decisiones: el costo de los alimentos.
El 57 % de los encuestados señala el aumento de precios como una influencia directa en sus decisiones de compra y aprovechamiento. En Argentina, además, el 31,5 % identifica la caída de los ingresos del hogar como un factor relevante, el porcentaje más alto entre los países analizados. Esto no significa que la sostenibilidad haya perdido importancia. Por el contrario, el estudio plantea un cambio en la relación entre ambas variables: las alternativas responsables necesitan demostrar también que pueden ser convenientes para el presupuesto familiar.
En ese contexto, aprovechar alimentos que todavía pueden consumirse, comprar productos con descuento próximos a su fecha o encontrar canales para rescatar excedentes puede funcionar simultáneamente como una decisión económica y ambiental.
Las promociones también forman parte de esta discusión. El estudio identifica que las ofertas que incentivan a comprar más unidades pueden terminar generando el efecto contrario al buscado cuando los alimentos no llegan a consumirse.
En otras palabras, comprar barato no siempre significa ahorrar si parte de lo comprado termina en la basura. El informe señala al 2x1 como un multiplicador comprobable de la sobrecompra y plantea la necesidad de revisar cómo se diseñan las promociones para que el incentivo económico no termine aumentando el desperdicio.
Frente a esto, aparecen otras alternativas, como los descuentos sobre productos próximos a su fecha de vencimiento o consumo. El 37 % de los encuestados afirma que compraría un producto en esa situación si tuviera descuento.
La diferencia está en que, en este caso, el descuento puede ayudar a rescatar un alimento que ya existe, en lugar de incentivar una compra adicional que quizás no llegue a utilizarse.
Finalmente, la responsabilidad no puede quedar únicamente en manos de los consumidores.El 74 % de los encuestados señala a los supermercados y grandes cadenas como los actores con mayor responsabilidad en la reducción del desperdicio, por encima de los hogares, los gobiernos y los restaurantes y comercios. En Argentina, esta percepción alcanza al 67,3 %. Pero, al mismo tiempo, la sociedad parece inclinarse más por facilitar la acción que por castigar la inacción: el 52 % considera que deberían establecerse incentivos para donar o rescatar alimentos, mientras que solo el 10% opta por multas a las grandes empresas.
La señal es clara: existe una demanda por soluciones que permitan que aquello que hoy se desperdicia pueda encontrar un destino antes de convertirse en residuo.
En palabras de Durand, “no solo estamos frente a un problema de falta de información, sino también de falta de facilitadores. Una cosa es saber que desperdiciar alimentos está mal y otra es contar con información, herramientas y alternativas que permitan actuar de manera diferente. Ahí es donde las soluciones concretas pueden cerrar la brecha entre lo que pensamos y lo que hacemos”.
El desperdicio de alimentos no se resuelve únicamente con campañas de concientización. La conciencia ya está instalada; el desafío ahora es convertirla en decisiones concretas.

Eso implica facilitar la planificación y conservación en los hogares, generar mejores alternativas para los productos próximos a su fecha, ofrecer información clara y desarrollar mecanismos que permitan a comercios, consumidores y otros actores recuperar alimentos que todavía pueden aprovecharse.
En ese punto, la tecnología puede funcionar como un puente entre el excedente y la demanda. Cheaf trabaja justamente sobre esa instancia, conectando a comercios que cuentan con alimentos excedentes con consumidores que pueden rescatarlos a través de la plataforma. La segunda edición del estudio plantea, en esa misma línea, la necesidad de avanzar “de la conciencia a la infraestructura para actuar”.
Porque si ya sabemos que desperdiciar es un problema, el próximo paso no es hablar más sobre el problema: es hacer más fácil evitarlo.