La irrupción de la inteligencia artificial abrió una paradoja en el aprendizaje de idiomas. Nunca fue tan sencillo acceder a una traducción inmediata y, al mismo tiempo, nunca fue tan relevante preguntarse qué significa realmente saber inglés. Si una herramienta puede escribir, traducir y corregir en segundos, ¿para qué invertir tiempo en aprender?
Para Delfina Gallo, la respuesta está en la autonomía. “Creo que la IA nos obliga a revisar qué entendemos por ‘saber inglés’. Hoy podemos traducir un texto, corregir un mail o incluso recibir asistencia durante una conversación en segundos, pero tener acceso al idioma no significa necesariamente dominarlo”.
La diferencia es especialmente relevante en un mercado laboral atravesado por reuniones virtuales, entrevistas internacionales y equipos distribuidos en distintos países. La tecnología puede funcionar como asistente, pero existen situaciones profesionales en las que comprender un matiz, reaccionar rápidamente o defender una idea continúa dependiendo de la persona.
“Saber inglés sigue siendo poder comprender, interpretar y responder por cuenta propia: poder tomar decisiones en tiempo real, adaptar lo que decimos al contexto y desenvolvernos frente a otro sin depender permanentemente de una herramienta”, sostiene Gallo.
La inteligencia artificial también está modificando cómo se enseña inglés. Hoy es posible generar ejercicios, practicar conversaciones o recibir correcciones de manera inmediata. Esa abundancia, sin embargo, crea otro desafío: distinguir qué herramienta utilizar, para qué y en qué momento.
“La IA está transformando profundamente la manera de aprender: permite acceder a recursos en segundos, practicar de nuevas formas y personalizar determinados aspectos del proceso. Pero eso no reduce el rol del docente; lo vuelve más sofisticado”, explica Gallo.

En ese escenario, el diferencial del profesor deja de estar exclusivamente en transmitir información y se desplaza hacia el diagnóstico, la planificación y el acompañamiento. “Una herramienta puede generar ejercicios o corregir una oración; un docente puede comprender por qué una persona todavía no logra desenvolverse en una reunión, qué necesita trabajar y cómo acompañarla hasta conseguirlo”.
También se transformó el motivo por el cual millones de personas buscan aprender inglés. Ya no está asociado únicamente a viajar o estudiar en otro país. El idioma se incorporó a situaciones laborales cotidianas y, especialmente con el crecimiento del trabajo remoto, permite participar de oportunidades internacionales sin abandonar el lugar de residencia.
“Y en ese escenario, el objetivo ya no es solamente ‘entender inglés’, sino poder usarlo para hacer algo: explicar una idea, defender una posición, liderar una conversación, construir vínculos y aprovechar una oportunidad cuando aparece”, señala Gallo.
La IA puede reducir determinadas barreras idiomáticas, pero todavía existe una diferencia entre obtener una traducción y conducir una conversación. Esa distancia resulta especialmente visible cuando hay que negociar, improvisar, interpretar tonos o responder sin demoras.
Por eso, Gallo plantea: “no creo que la IA elimine la necesidad de aprender inglés: cambia la pregunta. Ya no se trata solamente de cuánto inglés sabemos, sino de qué somos capaces de hacer con él cuando no hay tiempo para detener la conversación y consultar una herramienta.”
Durante los próximos años probablemente veremos una enseñanza cada vez más personalizada y apoyada en inteligencia artificial. Parte de las tareas repetitivas podrá automatizarse y cada estudiante tendrá más recursos disponibles. Precisamente por eso, el valor estará en desarrollar aquello que resulta más difícil delegar.
“El desafío no será competir con la IA, sino aprender a utilizarla sin convertirnos en dependientes de ella”, afirma Gallo.
La discusión, entonces, no parece ser inteligencia artificial versus aprendizaje tradicional. El verdadero cambio consiste en utilizar la tecnología para acelerar el proceso sin entregar completamente a una máquina la capacidad de comunicarnos.
Gallo sintetiza esa transformación con una definición que probablemente marque buena parte del debate educativo de los próximos años: “Para mí, hacia ahí va el aprendizaje del inglés: menos dependencia y más autonomía”.