Por Catalina Irades (*)
Hay algo que aparece con frecuencia en el consultorio y que, aun después de tantos años de hablar de violencia, abuso y salud mental, continúa resultándome profundamente inquietante: la culpa de quien fue dañada.
Una mujer llega después de haber atravesado una situación de violencia y puede decir:
“¿Por qué no me fui antes?”
“¿Por qué lo permití?”
“¿Por qué no me defendí?”
“¿Por qué volví?”
“¿Por qué no me di cuenta?”
Incluso puede llegar a preguntarse si, de alguna manera, tuvo responsabilidad en aquello que le ocurrió.
Y entonces aparece una pregunta que considero imprescindible: ¿Quién le enseñó a una persona agredida a sentirse responsable de la violencia que recibió?
La respuesta no está solamente en su historia individual.
También está en una cultura.
Cuando una persona atraviesa una situación traumática, puede intentar encontrar una explicación que le devuelva alguna sensación de control.
“Si yo hubiera hecho otra cosa, esto no habría ocurrido”.
Es una frase dolorosa, pero psicológicamente comprensible.
Porque aceptar que otro pudo dañarnos implica reconocer algo mucho más angustiante: que no siempre podemos controlar las acciones del otro.
La culpa puede funcionar entonces como una ilusión de dominio: si fue mi culpa, entonces quizás podría haberlo evitado.
Es paradójico.
La persona se responsabiliza de aquello que hizo otro porque, de algún modo, responsabilizarse puede resultar psíquicamente menos angustiante que aceptar haber estado expuesta a una situación que no pudo controlar.
Pero hay que decirlo con claridad: la responsabilidad de quien ejerce violencia no puede ser trasladada a quien la padeció.
Esto no significa negar la subjetividad de quien sufrió.
Todo lo contrario.
Significa devolverle una diferencia fundamental: una cosa es participar de la propia historia y otra muy distinta es ser responsable del daño que otro decidió producir.
Aquí aparece una distinción que considero fundamental desde una perspectiva clínica.
Reconocer que una persona fue víctima de violencia puede ser necesario.
Pero convertir “víctima” en una identidad permanente puede producir otro problema.
No se trata de negar el daño.
Se trata de poder historizarlo.
Decir: “Esto me ocurrió”, no es lo mismo que decir: “Esto soy.”
El primer enunciado reconoce una experiencia.
El segundo corre el riesgo de convertir la experiencia en destino.
En el trabajo analítico, muchas veces el recorrido comienza precisamente cuando una persona puede dejar de preguntarse únicamente: “¿Por qué me pasó?”. Para empezar a preguntarse: “¿Qué hago ahora con aquello que me pasó?”.
No para borrar la historia. No para justificar al agresor. No para responsabilizar a la víctima. Sino para recuperar, progresivamente, un lugar de sujeto.
Hay otra cuestión que me preocupa particularmente.
Hemos avanzado enormemente en la posibilidad de hablar de salud mental, pero todavía existe una asociación cultural persistente entre emocionalidad, vulnerabilidad y feminidad.
Como si pedir ayuda fuera algo naturalmente femenino.
Como si hablar de angustia fuera “de mujeres”.
Como si llorar fuera una debilidad.
Como si ir a terapia implicara no poder resolver la vida.
Y esa asociación tiene consecuencias.
Porque cuando una mujer dice que está angustiada, muchas veces se interpreta como emocional.
Cuando dice que está agotada, como sobrepasada.
Cuando denuncia violencia, puede ser interrogada sobre sus decisiones.
Cuando necesita ayuda, aparece la pregunta sobre por qué no pudo sola.
La misma sociedad que durante siglos enseñó a las mujeres a cuidar, tolerar, comprender, sostener y perdonar puede luego reprocharles que sean demasiado emocionales cuando finalmente expresan el costo psíquico de todo aquello.
La salud mental no es una cuestión de género
Tenemos que salir de esa trampa.
La salud mental no es femenina. Es humana.
La angustia no tiene género.
El trauma no tiene género.
El duelo no tiene género.
La necesidad de pedir ayuda tampoco.
La Organización Mundial de la Salud estima que más de mil millones de personas viven actualmente con alguna afección de salud mental. Define la salud mental como un estado de bienestar que permite afrontar las tensiones de la vida, desarrollar capacidades, aprender, trabajar y participar de la comunidad. Y algo especialmente importante: señala que la salud mental está determinada por factores individuales, familiares, comunitarios y estructurales.
Es decir: no todo lo que sucede en la mente comienza en la mente.
Las condiciones sociales también producen efectos psíquicos.
La violencia produce efectos psíquicos.
La precariedad produce efectos psíquicos.
La discriminación produce efectos psíquicos.
La soledad produce efectos psíquicos.
El abuso produce efectos psíquicos.
Y también puede producirlos el mandato de tener que soportarlo todo en silencio.
La violencia no termina necesariamente cuando termina el golpe
Esta es una de las cuestiones que más deberíamos comprender.
La violencia puede terminar objetivamente y continuar subjetivamente.
Una relación puede terminar. Una persona puede alejarse. Puede realizar una denuncia. Puede cambiar de casa. Puede reconstruir su vida.
Y, sin embargo, quedar viviendo durante mucho tiempo con miedo, culpa, hipervigilancia, vergüenza, dificultades para confiar o una percepción deteriorada de sí misma.
No porque sea débil. Porque el psiquismo necesita tiempo y trabajo para elaborar aquello que irrumpió violentamente en su historia.
La OMS reconoce que la violencia contra las mujeres puede producir depresión, estrés postraumático, trastornos de ansiedad, dificultades para dormir e intentos de suicidio, además de consecuencias físicas y sociales. (Organización Mundial de la Salud)
Por eso hablar de violencia sin hablar de salud mental es incompleto.
Y hablar de salud mental sin mirar las condiciones de violencia también lo es.
Quizás porque todavía persiste una idea profundamente arraigada:
“Si necesitás un psicólogo, algo está mal en vos.”
Como si consultar fuera la evidencia de una falla.
Como si una persona saludable debiera poder resolver sola sus conflictos.
Como si necesitar ayuda fuera una forma de incapacidad.
Pero pensemos en cualquier otra dimensión de la salud.
Nadie considera vergonzoso consultar a un médico cuando tiene dolor.
Nadie debería considerar vergonzoso consultar a un profesional cuando existe sufrimiento psíquico.
Argentina reconoció hace más de quince años, mediante la Ley 26.657, la protección de la salud mental como un derecho y estableció que su comprensión debe contemplar dimensiones históricas, socioeconómicas, culturales, biológicas y psicológicas. (Argentina)
Sin embargo, que algo sea reconocido jurídicamente como un derecho no significa que haya dejado de ser un estigma cultural.
Una sociedad puede reconocer un derecho en una ley y continuar desvalorizándolo en sus conversaciones cotidianas.
Ahí todavía tenemos trabajo por hacer.
Hay un mandato particularmente cruel que atraviesa muchas historias femeninas:
Sé fuerte.
Sé buena madre.
Sé independiente.
No dependas de nadie.
No hagas escándalo.
No exageres.
No hables demasiado.
No seas conflictiva.
No muestres demasiado.
No llores.
Y cuando todo eso finalmente se rompe, aparece otra exigencia: ahora gestioná tus emociones.
Pero quizás tengamos que revisar la pregunta.
No siempre se trata de enseñar a una persona a soportar mejor.
A veces se trata de ayudarla a dejar de soportar aquello que nunca debió naturalizar.
Decir esto no significa afirmar que la sociedad “cause” automáticamente un trastorno psicológico.
La clínica exige mucho más cuidado que eso.
Pero sí podemos reconocer que las condiciones culturales, económicas, vinculares y sociales participan en la construcción de las experiencias subjetivas.
La propia Organización Mudial de la Salud advierte que las normas de género, la desigualdad y la discriminación tienen efectos sobre la salud. En el caso de la violencia contra las mujeres, señala además que sus raíces incluyen normas de género dañinas, desigualdad económica, pobreza, discriminación institucional y otras condiciones sociales.
Por eso la prevención no puede limitarse a decirle a una mujer:
“Tenés que fortalecerte”.
También tenemos que preguntarnos: ¿Qué tenemos que transformar para que no tenga que fortalecerse permanentemente contra lo mismo?
La salud mental como derecho, no como confesión de debilidad
Quizás uno de los grandes cambios culturales que todavía necesitamos producir sea este:
dejar de pensar la consulta psicológica como confesión de fracaso.
Pedir ayuda no significa no poder.
A veces significa haber podido durante demasiado tiempo.
Ir a terapia no significa estar roto.
Puede significar querer comprender.
Reconstruir.
Elaborar.
Prevenir.
Elegir.
Y, en algunos casos, simplemente dejar de vivir bajo el peso de una historia que durante demasiado tiempo fue llevada en soledad.
Desde el psicoanálisis no trabajamos para borrar el pasado.
Trabajamos para que el pasado no tenga necesariamente la última palabra.
Porque una persona puede haber sido víctima sin quedar condenada a vivir como víctima.
Puede haber sido abusada sin que el abuso defina toda su identidad.
Puede haber sido violentada sin que la violencia determine todo su futuro.
Y puede sentir culpa sin que esa culpa sea una verdad.
Quizás haya que empezar por devolver las responsabilidades a donde corresponden
A quien sufrió, darle la posibilidad de recuperar su voz.
A quien ejerció violencia, devolverle la responsabilidad por sus actos.
A las familias, enseñarles a escuchar sin juzgar.
A las instituciones, garantizar acceso.
A los profesionales, trabajar con ética y evidencia.
A la sociedad, revisar sus mandatos.
Y a cada uno de nosotros, comprender que cuidar la salud mental no significa esperar a que alguien se quiebre.
Significa poder mirar antes.
Porque todavía hay demasiadas personas que llegan a pedir ayuda después de haber pasado años preguntándose si tenían derecho a sentirse mal.
Y quizás una de las preguntas más importantes que podemos hacer hoy no sea:
“¿Qué te pasa?”
Sino: “¿Qué tuviste que soportar para llegar hasta acá?”.
La salud mental no debería ser el lugar al que llegamos cuando ya no podemos más.
Debería ser un derecho que podamos ejercer mucho antes de rompernos.
(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental