Por Rolando Salinas (*)
En los últimos años, la salud mental ganó visibilidad. Sin embargo, persiste una brecha importante entre quienes atraviesan problemas de salud mental y quienes reciben atención.
En 2018 se publicaron los resultados de un estudio nacional realizado en 3.927 adultos de las principales áreas urbanas del país. Casi 3 de cada 10 personas habían presentado algún trastorno mental a lo largo de su vida. Al proyectar el riesgo hasta los 75 años, la proporción alcanzaba aproximadamente el 37%.
Los problemas comenzaban temprano: la edad mediana de inicio rondaba los 20 años. Los trastornos de ansiedad eran los más frecuentes, seguidos por los del estado de ánimo y los relacionados con el consumo de sustancias. La depresión mayor figuraba entre los diagnósticos individuales más comunes.
Durante el año previo a la encuesta, alrededor del 15 % de los adultos había presentado algún trastorno mental: 5,8 % cuadros leves, 5,3 % moderados y 3,7 % severos. Aproximadamente una de cada cuatro personas con un trastorno durante ese período presentaba un cuadro severo.
La gravedad no dependía solo del diagnóstico, sino también de la interferencia de los síntomas en el trabajo, la vida social, la familia y la capacidad de sostener la vida cotidiana.
En nuestra población consultante observamos, durante la última década, cambios en la misma dirección.
Después de 2020, los días perdidos por enfermedad aumentaron cerca de un 50 por ciento. También siguieron siendo frecuentes los días en que las personas podían mantener sus actividades, aunque con un rendimiento reducido.
Como se trata de personas que ya habían llegado a la consulta, estos resultados no pueden extrapolarse directamente a la población general. Sin embargo, podrían reflejar procesos más amplios.
Si parte de lo observado entre quienes consultan también ocurre en la comunidad, es razonable pensar que la repercusión de la depresión, el estrés, la ansiedad y los síntomas somáticos podría ser hoy mayor que antes de la pandemia.
Aún no contamos con una nueva encuesta nacional comparable que permita medir el cambio en la población general. Esa actualización epidemiológica es necesaria.
Una parte considerable de los problemas de salud mental no llega inicialmente a un psiquiatra o a un psicólogo.
La depresión puede manifestarse como cansancio, insomnio, pérdida de energía, dolor o dificultades para concentrarse. El estrés y la ansiedad pueden acompañarse de palpitaciones, cefaleas, síntomas gastrointestinales, mareos, contracturas o trastornos persistentes del sueño.
En muchas personas predominan los síntomas físicos y la primera consulta ocurre con un clínico, un médico de familia, un pediatra o en una guardia.
Por eso, la separación rígida entre salud física y mental resulta insuficiente para comprender buena parte de la demanda sanitaria actual.
Los trastornos funcionales y los síntomas somáticos exigen considerar factores biológicos, psicológicos y sociales, sin reducir el problema a una causa exclusivamente orgánica o psicológica.
Los registros nacionales también muestran un aumento de las tasas de suicidio después de 2020.
Según el Sistema Nacional de Información Criminal, la tasa pasó de aproximadamente 8,2 suicidios cada 100.000 habitantes en 2020 a 9,8 en 2024: un incremento cercano al 20%.
El suicidio es un fenómeno complejo y multicausal. No puede atribuirse a un único factor ni exclusivamente a las consecuencias de la pandemia. Intervienen variables personales, familiares, sociales, económicas, culturales y sanitarias.
Pero su evolución obliga a mejorar la capacidad del sistema para reconocer depresión, desesperanza, consumo problemático y otras situaciones de riesgo antes de que aparezca una crisis.
El estudio nacional de 2018 mostró una brecha importante entre necesidad y tratamiento. Una proporción reducida de quienes habían presentado un trastorno durante el último año había recibido atención. Incluso entre los cuadros severos, muchas personas permanecían sin tratamiento.
Por eso, la atención primaria ocupa un lugar estratégico.
Incorporar la salud mental al primer nivel no significa convertir cada consulta médica en una consulta psiquiátrica ni transformar todo malestar en enfermedad.
Significa que los equipos puedan reconocer problemas frecuentes, evaluar su impacto en la vida cotidiana, realizar intervenciones iniciales y contar con circuitos claros de consulta y derivación cuando la complejidad lo requiera.
La depresión, la ansiedad, el estrés persistente, los consumos problemáticos y los síntomas somáticos ya forman parte de la práctica cotidiana de la medicina general, aunque muchas veces no lleguen a la consulta con esos nombres.
La puerta de entrada existe. El desafío es ampliar su capacidad de respuesta.
La legislación argentina produjo avances importantes en el reconocimiento de los derechos de las personas con padecimientos mentales y en la transformación del modelo de internación.
Ese marco sigue siendo necesario, pero también es perfectible.
Gran parte de su desarrollo se concentró, comprensiblemente, en los trastornos graves, las internaciones, los dispositivos especializados y la protección de las personas institucionalizadas.
Hoy es necesario complementar esa perspectiva con una política que contemple más ampliamente a la población general, la prevención, la atención primaria y la continuidad de cuidados.
Existe una población mucho mayor con depresión, ansiedad, estrés, síntomas somáticos o deterioro funcional que probablemente nunca necesite una internación psiquiátrica ni llegue espontáneamente a un servicio especializado.
Incorporarla no implica reducir la atención de las personas con trastornos graves, sino ampliar el campo de la política de salud mental según las necesidades actuales de la población.
La Organización Mundial de la Salud propone pensar la prevención desde una perspectiva de curso de vida: la salud se construye a partir de experiencias y exposiciones acumuladas desde la infancia hasta la vejez.
Esta mirada permite comprender que las condiciones del desarrollo temprano, la educación, los vínculos sociales, los hábitos, las enfermedades crónicas y las condiciones de vida pueden modificar las trayectorias de salud muchos años después.
En una población que envejece, esta perspectiva es especialmente relevante. En Argentina, las personas de 65 años y más representaban alrededor del 10,6 % de la población en 2010 y cerca del 12 % en 2022. Su participación seguirá aumentando durante las próximas décadas.
Vivir más años es uno de los grandes logros sanitarios contemporáneos. El desafío es que transcurran con la mayor autonomía y calidad de vida posibles.
Las demencias muestran con claridad la importancia de esta mirada. La enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente, pero forma parte de un conjunto de trastornos cuyo impacto aumentará con el envejecimiento poblacional.
La edad sigue siendo el principal factor de riesgo, aunque una parte importante se relaciona con factores potencialmente modificables a lo largo de la vida. En 2024, la Comisión de The Lancet sobre demencias estimó que actuar sobre 14 factores modificables podría prevenir o retrasar hasta el 45% de los casos.
Entre ellos se encuentran la educación, la hipertensión, el colesterol elevado, la diabetes, el tabaquismo, la inactividad física, la pérdida auditiva y visual, la depresión, el aislamiento social, la obesidad, el consumo excesivo de alcohol, los traumatismos craneales y la contaminación ambiental.
Cuidar la salud cerebral en la vejez implica controlar los factores cardiovasculares en la mediana edad, mantener la actividad física y social, tratar la pérdida auditiva o la depresión y sostener la actividad cognitiva mucho antes de que aparezcan signos de deterioro.
La misma lógica se aplica a la salud mental en general: las intervenciones realizadas en una etapa pueden modificar las trayectorias posteriores.
La salud mental no puede reducirse a la atención de los trastornos psiquiátricos graves ni comenzar cuando aparece una crisis.
Los datos nacionales muestran que estos problemas son frecuentes, comienzan temprano y pueden producir una discapacidad importante. Nuestra experiencia asistencial sugiere, además, que después de 2020 su impacto sobre el funcionamiento cotidiano podría haberse incrementado.
Al mismo tiempo, el envejecimiento poblacional obliga a trabajar durante toda la vida sobre los factores de riesgo y protección, además de responder a las necesidades inmediatas.
Fortalecer la atención primaria, integrar mejor la salud física y mental y adoptar una perspectiva de curso de vida permitiría pasar de un sistema que responde principalmente cuando el problema ya está instalado a otro con mayor capacidad para prevenir, detectar y tratar oportunamente.
La salud mental no pertenece solo a la psiquiatría. Forma parte de la salud de todos.
(*) Jefe del Instituto de Salud Mental y Medicina Psicosomática del Hospital Alemán (MN 72241)
Profesor de Psicología de la Salud y Epidemiología de la UCA