Por Agustina Haedo
En el Valle de Punilla no hicieron falta presentaciones. Bastó con que el aire de la sierra se encendiera y la Plaza Próspero Molina quedara a oscuras para que miles de gargantas entiendan que la espera había terminado. A más de diez años de su última presentación en ese escenario histórico, La Renga volvió a Cosquín para escribir una nueva página de su idilio con el público. El banquete, una vez más, estaba servido.
Desde las primeras horas de la mañana, las calles de la capital del folklore modificaron su fisonomía habitual. Micros de larga distancia, banderas atadas por todas partes, remeras negras con inscripciones gastadas y un desfile incesante de rengueros llegados desde cada rincón del país transformaron la tranquilidad serrana en un peregrinaje multitudinario. Más de 20 mil personas —según estimaciones de los organizadores— coparon la plaza con entradas totalmente agotadas.
A las pocas horas de caer la noche, Chizzo Nápoli, Tete Iglesias, Tanque Iglesias y Manu Varela salieron a escena. Los primeros acordes pesados de “Tripa y corazón” funcionaron como una detonación instantánea: la plaza explotó y el suelo pareció ceder ante el salto colectivo. El recorrido musical, que se extendería por casi tres horas y 32 canciones, hilvanó el presente del grupo con los clásicos que atraviesan tres décadas de historia.
El inicio intercaló pasajes de Alejado de la red, su último trabajo de estudio, pero la efervescencia terminó de desbordarse cuando sonó “Motoralmaisangre”. Para ese momento, el pogo ya era un maremoto incontrolable de cuerpos y trapos en movimiento. La noche, sin embargo, no solo estuvo hecha de distorsión y agite; también tuvo espacio para las resonancias del clima y la emoción cotidiana. Tras varios días de lluvia y cielos plomizos en la región, Chizzo lanzó al aire una pregunta que resonó con fuerza visceral: “¿Cuándo vendrán los días de sol?”. La frase no fue solo un guiño al clima, sino un abrazo colectivo cantado a pecho descubierto.
Como es habitual en las presentaciones de la banda, el escenario también se convirtió en un espacio de posicionamiento y memoria. Hubo un respetuoso homenaje a Ricardo Soulé, referente fundamental del rock nacional recientemente fallecido, a través de una emotiva versión de “Sam, el montañés”, y una cita explícita al repertorio de Piero con un fragmento de “Para el pueblo lo que es del pueblo”.
Pero el punto de mayor voltaje político de la velada llegó de la mano de un clásico ineludible. Antes de encarar “Panic Show”, Chizzo miró a la multitud y lanzó una frase que retumbó en toda la plaza: “Guarda, Milei, que el león está cagadísimo de hambre”. La declaración volvió a marcar la postura de la banda respecto al uso político de su obra por parte del presidente Javier Milei, desligando una vez más el espíritu de la canción de la plataforma del Gobierno.
El vídeo que subió la renga de esta noche en cosquin. Que banda hermano✌️🇦🇷 https://t.co/JsskymWY1p
— Nico (@NicolasLegui_) October 18, 2026
El calendario también dejó su huella en el repertorio. Coincidiendo con el 17 de octubre, Día de la Lealtad Peronista, la banda sorprendió durante la ejecución de “Los mismos de siempre”: entre los acoples de la guitarra, Chizzo deslizó el punteo de la Marcha Peronista, provocando una ovación inmediata que hizo estallar a la Próspero Molina en un canto unánime.
Hacia el tramo final, el recital alternó entre la furia del rock pesado y momentos de profunda nostalgia visual. Durante el cierre definitivo con “Hablando de la libertad” —el himno indiscutido con el que el grupo sella sus misas—, las pantallas gigantes devolvieron imágenes del Indio Solari, sumando una carga simbólica enorme a un escenario que ya lo había entregado todo.

Fueron casi tres horas de música donde el rock de Mataderos demostró que su convocatoria no depende de modas ni de fronteras. La Renga volvió a Cosquín y dejó claro que hay shows que se escuchan, otros que se ven, y unos pocos —como el de esta noche en las sierras— que se quedan a vivir para siempre en la memoria colectiva.