Por Catalina Irades (*)
El 16 de octubre, en el marco del Mes de la Salud Mental, desarrollé en Tartagal una intervención que reunió dos dimensiones que con frecuencia se abordan por separado: la salud mental de los adolescentes y el bienestar emocional de quienes emprenden, trabajan y construyen su desarrollo profesional.
La experiencia dejó una convicción que atraviesa mi trabajo como consultora: una problemática compleja no se resuelve con una charla aislada. Una charla puede abrir una pregunta, habilitar la palabra y hacer visible una necesidad; transformarla en una respuesta requiere estructura, planificación y continuidad.
Esa es, precisamente, la diferencia entre realizar una actividad y diseñar una estrategia de intervención.
El trabajo con estudiantes de cuarto y quinto año, tanto en una institución del centro de Tartagal como en Kilómetro 6, tuvo un contexto particularmente sensible. El domingo anterior al encuentro había trascendido la muerte por suicidio de una adolescente de 17 años.
Ese hecho exigía abordar la prevención con responsabilidad, sin simplificaciones ni explicaciones apresuradas. Hablar de suicidio implica reconocer el sufrimiento, ofrecer herramientas para identificar señales de alarma, favorecer la búsqueda de ayuda y fortalecer las redes de acompañamiento. Ninguna charla, por sí sola, puede garantizar la prevención; sí puede contribuir a que pedir ayuda deje de ser una posibilidad lejana o vergonzante.
También trabajamos sobre el reconocimiento y la gestión de las emociones, las inquietudes propias de esa etapa y la orientación vocacional. Porque acompañar a un adolescente no consiste únicamente en preguntarle qué le pasa: también supone ayudarlo a imaginar qué puede hacer con su futuro.
En Kilómetro 6 ocurrió algo que me resultó especialmente significativo. Muchos de esos estudiantes no me conocían. Sin embargo, al finalizar, algunos se acercaron, me entregaron notas y cartas, agradecieron el encuentro y pidieron que regresara. En esos escritos aparecieron deseos, proyectos y preguntas que no siempre encuentran un espacio donde ser escuchados.

Uno de los jóvenes me contó que había perdido a su madre y que la conversación lo había ayudado. También expresó su deseo de convertirse en profesor bilingüe, aunque lo nombrara como si fuera apenas un sueño.
No corresponde convertir una escena en una conclusión general ni confundir una intervención comunitaria con un tratamiento clínico. Pero sí es posible reconocer el valor de ese momento: un joven pudo poner en palabras una pérdida y, al mismo tiempo, hablar de un futuro posible.
Desde una perspectiva psicoanalítica, la palabra no es un detalle accesorio. Cuando alguien encuentra un interlocutor que escucha sin apresurarse a juzgar, puede empezar a organizar aquello que hasta entonces aparecía como angustia, silencio o incertidumbre.
Escuchar también es una forma de abrir posibilidades. Pero para que esas posibilidades no dependan de un encuentro excepcional, deben existir espacios y referentes a los que los jóvenes puedan volver.
La segunda dimensión de la intervención estuvo dirigida a emprendedores y profesionales, a través de una masterclass sobre inteligencia emocional, desarrollo profesional y estrategia comercial.
El objetivo fue vincular el crecimiento laboral con una pregunta que suele quedar fuera de las conversaciones sobre productividad: ¿Qué costo subjetivo tiene la manera en que estamos trabajando?
Al finalizar, una de las emprendedoras se acercó llorando. Me contó que sentía que había descuidado a su hija por dedicar tanto tiempo al trabajo. La conversación permitió revisar esa vivencia y empezar a reconocer que sostener un proyecto profesional no debería exigir, como precio inevitable, desatender otros vínculos fundamentales.
No se trataba de juzgarla ni de reducir una situación compleja a una fórmula sobre el equilibrio entre trabajo y familia. Se trataba de ayudarla a advertir que una organización de la vida que deja sistemáticamente afuera aquello que también importa merece ser revisada.
En el mundo emprendedor suele celebrarse la capacidad de producir, resistir, crecer y no detenerse. Pero el rendimiento no siempre es un indicador de bienestar. Una persona puede estar haciendo crecer su negocio y, al mismo tiempo, estar pagando un costo emocional o vincular que todavía no logra reconocer.
Por eso, la inteligencia emocional no puede limitarse a aprender a controlar lo que sentimos para continuar funcionando. También implica poder leer qué nos está pasando, reconocer los límites de nuestra organización cotidiana y tomar decisiones que no sacrifiquen de manera permanente nuestra vida personal.
No todo lo que parece éxito es sostenible. Y no todo lo que una persona puede soportar es saludable que tenga que soportar.
Las dos experiencias —la de los adolescentes y la de los emprendedores— comparten una cuestión central: las necesidades de salud mental aparecen en los lugares donde las personas estudian, trabajan, emprenden y construyen sus proyectos de vida.
Por eso, mi enfoque como consultora no se limita a proponer actividades aisladas. Busca traducir las necesidades detectadas en proyectos con objetivos, responsables, articulación institucional, recursos y mecanismos de continuidad.

En el ámbito educativo, esto supone generar espacios periódicos de escucha y orientación, capacitar referentes, establecer criterios para identificar situaciones que requieren atención especializada y construir circuitos claros de derivación y acompañamiento.
En el ámbito laboral y emprendedor, implica incorporar el factor humano a las estrategias de desarrollo: revisar las exigencias, los modos de liderazgo, la organización del tiempo, los vínculos y las condiciones que permiten sostener el crecimiento sin convertir el desgaste en una regla.
La prevención necesita más que buenas intenciones. Necesita planificación, coordinación y continuidad. Una actividad puede sensibilizar; una estructura permite sostener el trabajo cuando el evento termina y los profesionales se retiran.
Esta mirada también respalda el proyecto que presenté a una competencia internacional en salud mental. La experiencia territorial aporta una dimensión concreta a esa propuesta: las intervenciones no deberían quedar limitadas a acciones ocasionales, sino integrarse en modelos de trabajo capaces de articular necesidades comunitarias, instituciones y respuestas sostenibles.
Agradezco al intendente de Tartagal, Franco Hernández Berni, por impulsar el espacio institucional que hizo posible esta experiencia. Mi reconocimiento principal es para los estudiantes y participantes que se acercaron, confiaron sus preguntas y compartieron aspectos de sus vidas que merecen ser escuchados con respeto.
Lo vivido el 16 de octubre reafirmó algo que considero central en mi práctica profesional: la salud mental no puede depender exclusivamente de que una persona identifique lo que le ocurre, sepa dónde pedir ayuda y cuente con los recursos para acceder a ella. También requiere instituciones capaces de acercar herramientas, reconocer necesidades y sostener respuestas.
Llevar la salud mental al territorio es importante. Diseñar las condiciones para que ese trabajo continúe es el paso siguiente.
Porque una charla puede dejar una pregunta abierta. Una intervención puede hacer visible una necesidad. Pero una política de cuidado comienza cuando esa necesidad deja de depender de un encuentro ocasional y se convierte en un compromiso organizado, con recursos y continuidad.
(*) Psicóloga clínica · Psicoanalista · Consultora en salud mental y desarrollo organizacional