Por Catalina Irades (*)
Vivimos en la época de mayor conectividad de la historia. Podemos comunicarnos con cualquier persona, en cualquier momento y desde prácticamente cualquier lugar. Tenemos dispositivos, plataformas, aplicaciones, videollamadas, mensajes instantáneos y canales de comunicación que hace algunas décadas parecían impensables.
Sin embargo, hay una paradoja que merece nuestra atención: nunca tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y, aun así, parece cada vez más difícil encontrarnos, escucharnos y comprendernos.
Podemos tener cientos de contactos y no saber a quién llamar cuando algo nos duele. Recibir decenas de notificaciones y experimentar que nadie nos escucha. Compartir fragmentos de nuestra vida durante todo el día y, al mismo tiempo, sentir que nadie conoce realmente lo que nos pasa.
Pero el problema no es exclusivamente tecnológico. La tecnología amplió nuestras posibilidades de contacto; no necesariamente mejoró nuestra capacidad de construir vínculos.
Estamos en la era de la comunicación, pero no necesariamente en la era de saber comunicarnos.
Y esta dificultad atraviesa todas las dimensiones de nuestra vida: las relaciones afectivas, las familias, los grupos sociales, las instituciones y también las organizaciones empresariales.
Desde una perspectiva psicológica y psicoanalítica, comunicarse no consiste simplemente en emitir un mensaje y esperar que el otro lo reciba. Entre lo que una persona quiere decir, lo que efectivamente expresa y lo que el otro interpreta existe un espacio donde intervienen la historia subjetiva, las expectativas, los temores, los prejuicios y las experiencias previas.
No siempre escuchamos lo que el otro dice. Muchas veces escuchamos desde aquello que esperamos, tememos o suponemos.
Por eso, una misma conversación puede producir interpretaciones completamente diferentes.
Hay personas que callan para evitar un conflicto, otras que responden desde la impulsividad y otras que esperan que el otro comprenda algo que nunca se animaron a expresar. También están quienes utilizan el silencio como castigo, la ironía como defensa o la ambigüedad como forma de evitar una posición.
El resultado es una acumulación de malentendidos que, con el tiempo, deteriora los vínculos.
La comunicación clara, directa y asertiva no significa hablar sin filtros ni imponer una opinión. Significa poder expresar lo que pensamos, necesitamos y esperamos, reconociendo que el otro también tiene derecho a pensar diferente.
Y hay algo más: muchas veces, la conversación que más necesitamos tener es precisamente la que más incómoda nos resulta.
Decir que algo nos molesta, establecer un límite, pedir una explicación, reconocer un error o comunicar una decisión puede generar tensión. Pero evitar permanentemente esas conversaciones no elimina el conflicto: muchas veces lo posterga, lo desplaza y lo vuelve más difícil de resolver.
La comunicación asertiva no evita todas las incomodidades; evita que el silencio y la ambigüedad terminen ocupando el lugar de una conversación necesaria.
Esta dificultad también aparece en las relaciones afectivas.
Conversaciones fragmentadas, vínculos sin acuerdos, presencia intermitente, afectos que aparecen cuando el otro tiene disponibilidad y desaparecen cuando se requiere compromiso. Relaciones en las que se comparte intimidad, pero se evita la responsabilidad de construir un vínculo.
A veces llamamos libertad a la imposibilidad de establecer acuerdos. Confundimos no tener expectativas con no animarnos a expresar lo que necesitamos. Y terminamos adaptándonos a relaciones que nos generan más incertidumbre que bienestar.
Desde la clínica, una pregunta importante no es solamente por qué alguien permanece en una relación que lo hace sufrir, sino qué lugar ocupa ese vínculo en su economía psíquica ¿Qué teme perder? ¿Qué espera recibir? ¿Qué historia se actualiza en esa espera? ¿Qué precio está dispuesto a pagar para no encontrarse con la posibilidad de estar solo?
No toda relación imperfecta es dañina, ni todo desencuentro implica un vínculo patológico. Pero hay una diferencia entre aceptar que el otro es distinto y renunciar sistemáticamente a las propias necesidades para conservar su atención.
La empatía también resulta fundamental. No significa estar de acuerdo con todo ni justificar cualquier comportamiento. Significa reconocer que enfrente hay otro sujeto, con una historia, límites y una perspectiva que no necesariamente coinciden con los nuestros.
El respeto tampoco puede quedar reducido a las buenas formas. Se expresa en cómo hablamos, cómo escuchamos, cómo disentimos y cómo tratamos al otro cuando no obtenemos lo que queremos.
El riesgo no es solamente estar solos. También es acostumbrarnos a estar acompañados de una manera que nos hace sentir solos.
En la adolescencia, esta problemática adquiere una dimensión particular. Es una etapa en la que la identidad está en construcción, la pertenencia al grupo tiene un peso significativo y la mirada de los otros puede adquirir una intensidad enorme.
Las redes pueden ofrecer reconocimiento, comunidad y espacios de expresión. Pero también pueden convertirse en escenarios de comparación permanente, exposición, hostigamiento y exclusión.
Cuando un adolescente no encuentra un lugar donde sentirse escuchado, puede refugiarse en espacios digitales que le ofrecen una sensación inmediata de pertenencia. El problema aparece cuando ese refugio reemplaza progresivamente otras posibilidades de encuentro, cuando la aprobación virtual se vuelve indispensable o cuando la vida comienza a medirse según la aceptación de los demás.
Hay algo que los adultos no deberíamos perder de vista: detrás de una pantalla también hay un sujeto que necesita ser reconocido, alojado y escuchado.
No alcanza con preguntar cuánto tiempo pasa conectado. Es necesario preguntarse qué encuentra allí, qué busca, qué evita y qué no está pudiendo construir en sus vínculos cotidianos.
En mi trabajo territorial con adolescentes he podido observar el valor que adquiere un espacio donde alguien escucha sin juzgar. Jóvenes que inicialmente no conocían a quien coordinaba una actividad se acercaron después a compartir sus inquietudes, sus pérdidas y hasta sus proyectos de futuro.
Esa experiencia confirma algo fundamental: muchas veces, antes de ofrecer respuestas, necesitamos generar condiciones para que la palabra pueda aparecer.
La prevención en salud mental no consiste en esperar a que el sufrimiento se vuelva evidente. Implica construir espacios de escucha, referentes confiables y circuitos de acompañamiento.
La soledad persistente, la desesperanza, la exclusión y la sensación de no tener a quién recurrir pueden profundizar situaciones de vulnerabilidad. En sus expresiones más graves, el sufrimiento psíquico puede incluir ideas suicidas. Es importante no simplificar: el suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial, no una consecuencia automática de la soledad, de una ruptura afectiva o del uso de redes sociales.
Por eso, no deberíamos banalizar el sufrimiento adolescente ni interpretar automáticamente sus silencios como una etapa, una exageración o una búsqueda de atención.
Desde mi trabajo como consultora en salud mental y desarrollo organizacional, encuentro que esta problemática tiene otra expresión que merece especial atención: la comunicación dentro de las empresas.
Las organizaciones pueden contar con tecnología de última generación, plataformas de gestión, grupos de WhatsApp, reuniones virtuales y canales internos de comunicación, pero seguir teniendo enormes dificultades para comunicarse.
Un equipo puede intercambiar cientos de mensajes y no resolver un conflicto. Un gerente puede transmitir objetivos sin asegurarse de que fueron comprendidos. Un colaborador puede acumular malestar porque no encuentra condiciones para expresar un desacuerdo. Un empresario puede interpretar el silencio de su equipo como conformidad, cuando en realidad existe temor, desmotivación o falta de confianza.
La comunicación organizacional no se resuelve incorporando más canales. Requiere desarrollar competencias para transmitir información con claridad, escuchar, dar devoluciones, establecer expectativas y abordar los conflictos.
Hay conversaciones que los líderes postergan porque resultan incómodas: señalar un incumplimiento, establecer responsabilidades, comunicar una decisión difícil, reconocer un error o poner límites.
Pero cuando un líder no comunica con claridad, el equipo completa los vacíos con interpretaciones. Y cuando las expectativas no están explicitadas, aparecen frustraciones, conflictos y responsabilidades difusas.
En este punto, la empatía no significa renunciar a la exigencia ni evitar decisiones difíciles. Un liderazgo saludable puede ser firme sin ser violento, directo sin ser descalificador y exigente sin desconocer la dimensión humana de quienes trabajan.
El respeto no debilita la autoridad. La hace más consistente.
Un empresario no necesita solamente personas que ejecuten instrucciones; necesita equipos capaces de comprender objetivos, asumir responsabilidades y construir acuerdos. Para eso, la comunicación debe ser una competencia de gestión, no una habilidad que se presupone.
Una organización puede tener excelentes herramientas tecnológicas y, sin embargo, fracasar por no saber conversar.
Cuando la comunicación falla de manera sostenida, las consecuencias no quedan limitadas a un malentendido.
En una pareja, puede convertirse en distancia emocional. En una familia, en silencios que se transmiten entre generaciones. En un adolescente, en la sensación de no tener un lugar. En una empresa, en conflictos internos, desgaste, rotación y pérdida de confianza.
Desde una mirada psicológica, no podemos separar completamente el bienestar individual de los contextos vinculares en los que cada persona desarrolla su vida.
El sujeto no vive aislado. Trabaja, ama, pertenece, responde a expectativas, ocupa roles y construye su identidad en relación con otros.
Por eso, hablar de salud mental también supone preguntarnos qué calidad de vínculos estamos construyendo y qué condiciones ofrecemos para que las personas puedan expresar lo que les sucede.
No alcanza con pedirle a alguien que gestione sus emociones si el entorno no ofrece espacios para conversar, resolver diferencias y establecer límites.
Tampoco alcanza con enseñar herramientas de comunicación si no existe una disposición real a escuchar.
Quizás el desafío de esta época no sea desconectarnos de la tecnología, sino recuperar la capacidad de encontrarnos más allá de ella.
Poder sostener una conversación sin estar pendientes de otra pantalla. Expresar una necesidad sin sentir que estamos exigiendo demasiado. Construir acuerdos en lugar de interpretar silencios. Aprender a disentir sin agredir y a escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta.
Necesitamos recuperar el valor de la palabra, de la empatía y del respeto. Pero también el valor de las conversaciones incómodas: aquellas que permiten aclarar, reparar, establecer límites y tomar decisiones.
En la vida personal, en las instituciones y en las empresas, comunicarse bien no es un detalle de convivencia. Es una condición para construir vínculos más saludables y organizaciones más sostenibles.
No necesitamos necesariamente más contactos. Necesitamos relaciones en las que podamos existir sin tener que demostrar todo el tiempo que merecemos un lugar.
Porque una sociedad puede estar hiperconectada y, aun así, producir sujetos profundamente aislados. Una empresa puede estar comunicada por múltiples plataformas y, sin embargo, tener equipos que no se escuchan. Una familia puede compartir todos los días un espacio y no encontrar el momento para preguntarse cómo está realmente cada uno.
En la era de la comunicación, quizás el verdadero desafío sea aprender algo que ninguna tecnología puede resolver por nosotros: escuchar al otro, decir lo que necesitamos y hacernos responsables de la manera en que nos vinculamos.
La conexión nos permite llegar al otro. La comunicación nos permite transmitir. Pero es el respeto, la empatía y la disposición a escuchar lo que puede convertir ese intercambio en un verdadero encuentro.
(*) Psicóloga clínica · Psicoanalista · Consultora en salud mental, liderazgo y desarrollo organizacional. Especialista en acompañamiento a empresarios y emprendedores.