domingo 08 de noviembre de 2026 - Edición Nº4614

Interés general | 8 nov 2026

Enorme expectativa

Mientras esperamos al Papa: la fe, el deseo y una sociedad que necesita volver a cuidar

Una lectura psicológica y psicoanalítica de la visita de León XIV a la Argentina: qué esperamos de una figura religiosa y qué nos está diciendo sobre la sociedad que somos.


Por Catalina Irades (*)

Hay esperas que exceden un acontecimiento. La llegada del papa León XIV a la Argentina es una de ellas.

Desde distintos lugares del país, miles de personas se preparan para recibirlo. Algunos lo harán desde la fe, otros desde la tradición familiar, la curiosidad, la pertenencia cultural o la necesidad de encontrar un mensaje de esperanza en un contexto social complejo.

Pero, desde una perspectiva psicológica, hay una pregunta que me interesa especialmente: ¿Qué esperamos cuando esperamos al Papa?

No esperamos solamente a un hombre que ocupa la máxima autoridad de la Iglesia católica. Esperamos, también, aquello que su figura representa para millones de personas: una referencia simbólica, una palabra que ordene, una presencia que convoque, una posibilidad de recuperar sentido frente a aquello que individualmente y como sociedad muchas veces no sabemos cómo tramitar.

La espera tiene una dimensión psíquica. Nos permite proyectar expectativas, depositar esperanzas y construir una representación de aquello que deseamos que ocurra. Pero también nos enfrenta con una pregunta menos cómoda: ¿qué hacemos nosotros con aquello que esperamos que venga a decirnos otro?

Freud y la pregunta por la religión

Resulta interesante recuperar a Sigmund Freud para pensar este acontecimiento, precisamente porque su posición frente a la religión fue crítica y, al mismo tiempo, profundamente interesada en comprender su función en la vida humana.

En El porvenir de una ilusión (1927), Freud analiza las creencias religiosas como construcciones vinculadas con deseos humanos, especialmente con la necesidad de protección frente al desamparo, la incertidumbre y las fuerzas que no podemos controlar.

En El malestar en la cultura (1930), retoma una discusión que había mantenido con el escritor Romain Rolland, quien le planteaba la existencia de un sentimiento oceánico: una sensación de infinitud, de pertenencia a algo más grande que uno mismo, que consideraba una fuente de la experiencia religiosa.

Freud reconoce que no experimentaba personalmente ese sentimiento y propone otra lectura de sus posibles raíces psíquicas. No obstante, el intercambio abre una cuestión relevante: la necesidad humana de encontrar sentido, protección y pertenencia frente a la experiencia del desamparo.

Desde el psicoanálisis, no se trata de determinar si la fe es verdadera o falsa, ni de reducir la experiencia religiosa a una explicación clínica. Se trata de comprender qué lugar ocupa en la subjetividad, qué sostiene, qué representa y qué posibilidades abre.

La fe puede ofrecer comunidad, rituales, palabras para el dolor y una trama de pertenencia. Para muchas personas, también constituye una manera de atravesar la incertidumbre y sostener la esperanza.

Pero hay una distinción que considero fundamental: la esperanza no debería convertirse en una forma de esperar pasivamente que otros resuelvan aquello que también nos corresponde transformar.

El mensaje que ya está llegando: mirar la realidad

Antes de llegar a la Argentina, León XIV dejó en Uruguay un mensaje que merece ser leído más allá de su dimensión religiosa.

El 7 de noviembre, durante un encuentro con la realidad social de Casavalle, en Montevideo, habló de niños que no van a la escuela por miedo a no regresar, de madres que no cuentan con los medios para alimentar a sus hijos y de personas que viven en condiciones de vulnerabilidad.

Su planteo fue concreto: Iglesia, comunidad civil y Estado deben trabajar unidos para construir una sociedad en la que nadie quede excluido.

No es un mensaje que se limite a pedir oración. Es una interpelación sobre la responsabilidad social frente al sufrimiento.

También resulta significativo su mensaje de enero de 2026 contra la trata de personas. Allí advirtió sobre las formas contemporáneas de explotación, incluidas las que se desarrollan en entornos digitales, y convocó a reconocer los mecanismos de captación y violencia que operan en los barrios y en las redes. .

Estos temas no son ajenos a la salud mental. La violencia, la explotación, el miedo, la pobreza y la exclusión no son solamente problemas económicos o de seguridad: afectan la constitución subjetiva, la confianza, los vínculos y las posibilidades de construir un proyecto de vida.

Cuando un niño tiene miedo de ir a la escuela, no estamos frente a un problema que pueda resolverse exclusivamente desde su mundo interno. Hay una realidad social que debe ser intervenida.

Cuando una persona es captada por una red de trata, no alcanza con hablar de su vulnerabilidad individual: hay estructuras de explotación que deben ser investigadas y desarticuladas.

No todo lo que sucede en la mente comienza en la mente. Muchas veces, el sufrimiento psíquico tiene raíces en condiciones sociales que no podemos seguir naturalizando.

El mate, los abuelos y los símbolos que nos sostienen

Hay un detalle del discurso de León XIV en Uruguay que me parece especialmente interesante para una lectura de nuestra cultura.

Al referirse al mate, lo describió como un signo de familiaridad, amistad y encuentro. Señaló que es un ritual en el que se comparte, se dialoga incluso sin palabras y se construyen lazos de pertenencia.

El mate no es solamente una infusión. En nuestra cultura rioplatense es una escena vincular: alguien prepara, otro recibe, alguien vuelve a cebar y la ronda continúa. Es una forma cotidiana de decir «estoy acá», de hacer lugar al otro y compartir un tiempo.

En una época marcada por la velocidad, la fragmentación de los vínculos y la comunicación permanente, recuperar el valor de esos rituales cotidianos también es recuperar una forma de encuentro. .

También debemos detenernos en el lugar que el Papa otorga a los abuelos y a las personas mayores.

En su mensaje para la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos de 2025, León XIV planteó que las generaciones necesitan unas de otras: los mayores aportan memoria, experiencia y sabiduría; los jóvenes, energía y apertura al futuro. Advirtió, además, sobre la soledad y el abandono de las personas mayores. .

Desde una perspectiva psicológica, esta transmisión entre generaciones es fundamental. Los abuelos no son solamente figuras afectivas: pueden ser portadores de historias, referencias identificatorias, relatos familiares y memoria colectiva.

Una sociedad que pierde el contacto con sus mayores corre el riesgo de perder también parte de su propia historia. Y una sociedad que no escucha a sus jóvenes compromete su futuro.

No se trata de idealizar ninguna generación, sino de recuperar la posibilidad de construir puentes entre ellas.

El deporte, los jóvenes y la necesidad de pertenecer

Otro aspecto de los mensajes de León XIV es su referencia al deporte como espacio de formación, encuentro y construcción comunitaria.

En su carta de febrero de 2026 sobre el valor del deporte, lo presenta como una escuela de vida: una experiencia donde se aprende disciplina, respeto por las reglas, solidaridad, esfuerzo compartido y capacidad de aceptar tanto la victoria como la derrota. .

No es un detalle menor. En la adolescencia, pertenecer a un equipo puede significar mucho más que practicar una actividad física. Puede ofrecer identidad, reconocimiento, referentes adultos, límites y un lugar dentro de un grupo.

En febrero de este año, el propio León XIV habló de jóvenes que viven situaciones de aislamiento y soledad, y propuso salir a buscarlos mediante iniciativas vinculadas con el deporte, el arte y la cultura. Recuperó, en ese contexto, una idea central del pontificado de Francisco: una Iglesia que no se conforme con recibir a quienes llegan, sino que salga al encuentro de quienes están lejos. 

Esto merece una lectura desde la salud mental: no podemos pedirles a los jóvenes que construyan pertenencia si no generamos espacios reales donde puedan sentirse parte.

La prevención no comienza solamente cuando aparece una crisis. También comienza en un club, una escuela, una plaza, una actividad cultural, una comunidad y un adulto que está disponible para escuchar.

Una Iglesia que salga a la calle

La expresión «Iglesia en salida» quedó especialmente asociada al papa Francisco, quien la desarrolló en su exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013).

En el punto 49 escribió que prefería una Iglesia accidentada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por encerrarse en sus propias seguridades. La idea no era solamente territorial: proponía una institución capaz de acercarse a las periferias humanas, involucrarse y acompañar a quienes sufren.

No es una frase de San Francisco de Asís, aunque su espiritualidad misionera y su cercanía con los pobres formen parte de esa tradición. La formulación que hoy reconocemos como «Iglesia en salida» pertenece al pensamiento pastoral de Francisco. .

Y aquí aparece una cuestión que trasciende a la Iglesia católica: ninguna institución puede cumplir su función social si permanece encerrada en sus propias estructuras.

Las instituciones educativas deben acercarse a las realidades de sus estudiantes. Las organizaciones deben escuchar a sus trabajadores. Los gobiernos deben reconocer las necesidades concretas de sus comunidades. Y las instituciones religiosas, si aspiran a ser referencias de cuidado y esperanza, también necesitan estar presentes donde la vida se vuelve más difícil.

La fe puede ser una fuerza de transformación cuando se traduce en acciones, cuando se convierte en cuidado, compromiso y responsabilidad por la vida del otro.

¿Qué esperamos de León XIV y qué espera la sociedad de nosotros?

La llegada del Papa a la Argentina nos encuentra en un contexto donde conviven la necesidad de creer, la incertidumbre, las dificultades económicas, la violencia, la fragmentación social y la búsqueda de horizontes.

Es comprensible que una figura de esta dimensión despierte expectativas. Su palabra puede convocar, abrir debates y poner determinados problemas en la agenda pública.

Pero no deberíamos depositar en una sola persona la responsabilidad de responder a todos nuestros problemas.

Desde mi perspectiva profesional, la salud mental de una sociedad también se construye en la calidad de sus instituciones, en la posibilidad de acceder a educación, en la protección de las infancias, en el cuidado de los adultos mayores, en la inclusión de los jóvenes y en la capacidad colectiva de reconocer el sufrimiento antes de que se convierta en una emergencia.

La fe y la razón no necesitan ocupar lugares de confrontación para que podamos pensar estos problemas. Freud nos permite interrogar la función psíquica de la religión; la realidad social nos exige observar sus consecuencias concretas; y los mensajes del Papa nos invitan a preguntarnos qué hacemos con aquello que decimos creer.

Quizás por eso esta espera tenga un significado que va más allá de una visita histórica.

Esperamos una palabra, pero también necesitamos revisar nuestras propias acciones. Esperamos un mensaje de esperanza, pero la esperanza necesita instituciones que la hagan posible. Esperamos que alguien mire a quienes sufren, pero también debemos preguntarnos cuántas veces nosotros elegimos no mirar.

Porque la salud mental no se construye solamente en un consultorio, ni la fe se agota dentro de un templo. Ambas encuentran una dimensión profundamente humana cuando se traducen en cuidado, presencia y responsabilidad.

Tal vez la pregunta más importante no sea solamente qué viene a decirnos el Papa, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros después de escucharlo.

La fe puede ayudarnos a esperar. Pero una sociedad más humana necesita, además, que aprendamos a hacernos cargo.


(*) Psicóloga clínica · Psicoanalista · Consultora en salud mental y desarrollo organizacional
 

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