Por Catalina Irades (*)
Hay despedidas que no terminan cuando alguien se va. Hay despedidas que empiezan mucho antes.
Y hay otras que parecen reunir, en un mismo momento, varias pérdidas: una persona, una etapa, un lugar, una identidad.
El 7 de octubre de 2026, Lionel Messi jugó por última vez con la Selección Argentina.
Veintiún años después de aquel debut, cerró oficialmente su ciclo con la camiseta que durante tanto tiempo fue también escenario de sus mayores frustraciones, de sus derrotas, de sus críticas, de sus renuncias, de sus regresos y finalmente de sus conquistas.
Pero esta despedida tiene una particularidad que no debería pasar inadvertida.
Dos meses antes, Messi había perdido a su padre, Jorge.
Y quizás no sea posible comprender completamente el significado subjetivo de una despedida sin considerar también aquello que, en la vida psíquica, ocurre cuando desaparece una figura fundamental.
No para afirmar que una cosa causó la otra.
Eso sería una simplificación.
Sino para formular una pregunta: ¿Qué sucede cuando un hombre que durante gran parte de su vida construyó su carrera acompañado por su padre tiene que cerrar una etapa profesional después de haberlo perdido?
Jorge Messi no fue solamente el padre de Lionel.
Fue también una figura central en su recorrido profesional, representante y acompañante desde los primeros años, especialmente durante el proceso que llevó al niño rosarino a Barcelona y a convertirse en futbolista profesional. (Reuters)
Esto importa porque una carrera no se construye únicamente con talento. Se construye también con vínculos.
Con miradas que habilitan. Con alguien que acompaña. Con alguien que cree. Con alguien que lleva, sostiene, negocia, espera. Y cuando esa persona desaparece, no desaparece solamente un individuo.
Puede modificarse también una parte de la arquitectura subjetiva desde la cual alguien construyó su propia historia.
Por eso el duelo no es simplemente aprender a vivir sin alguien. Es también reorganizar quién soy ahora que esa persona ya no está.
Desde el psicoanálisis, Freud pensó el duelo como un trabajo psíquico frente a la pérdida de un objeto amado.
La palabra “trabajo” es importante.
Porque el duelo no consiste simplemente en aceptar intelectualmente que alguien murió. Implica una transformación. La realidad insiste: el otro ya no está.
Pero el vínculo con ese otro no desaparece de manera automática.
Quedan recuerdos.
Palabras.
Gestos.
Mandatos.
Valores.
Formas de mirar.
Identificaciones.
Y allí aparece una de las dimensiones más profundas del duelo: el muerto puede dejar de estar presente en la realidad y continuar presente en la vida psíquica.
No como una negación de la pérdida.
Sino como una transformación del vínculo.
¿Qué pasa cuando también se pierde una etapa?
La despedida de Messi de la Selección permite pensar algo todavía más interesante. No solamente murió su padre. También terminó una forma de ser Lionel Messi.
Durante más de dos décadas, “Messi de la Selección” fue una identidad.
El número 10.
El capitán.
El hijo de Rosario.
El niño que llegó a Barcelona.
El jugador cuestionado por no ganar con Argentina.
El que perdió finales.
El que se fue.
El que volvió.
El que finalmente ganó.
El campeón del mundo.
El hombre que levantó la Copa que durante años parecía imposible.
Esa identidad no desaparece.
Pero cambia de estatuto.
Ya no se trata de seguir construyéndola.
Ahora se trata de elaborar su final.
Y eso también es duelo.
Cuando el héroe deja de ser jugador
Argentina no solamente despide a un futbolista. Despide una figura identificatoria.
Durante años, millones de argentinos proyectaron en Messi expectativas, frustraciones, orgullo, decepciones y deseos.
Primero se le exigió ser Maradona.
Después se le exigió ganar.
Después se le exigió liderar.
Después se le exigió ser el mejor.
Y finalmente, cuando ganó, ocurrió algo profundamente interesante: dejamos de pedirle que demostrara quién era. Comenzamos a agradecerle lo que había hecho. Ese pasaje no es menor.
Porque también habla de una transformación colectiva.
Messi dejó de ser solamente un jugador al que se evaluaba.
Se convirtió en una figura con la que una generación entera se identificó.
Su triunfo produjo algo más que una victoria deportiva.
Produjo una reparación simbólica para muchos argentinos que habían acompañado durante años sus derrotas.
Desde el psicoanálisis, identificarse con alguien no significa simplemente querer parecerse a esa persona.
La identificación es un proceso mucho más profundo.
Tomamos algo del otro.
Un rasgo. Una posición. Una manera de enfrentar una dificultad. Una forma de relacionarnos con el deseo. Una ética.
Algo de esa persona puede incorporarse a nuestra propia subjetividad.
Por eso las grandes figuras deportivas producen identificaciones que exceden el deporte.
Un niño puede mirar a Messi y no querer necesariamente ser futbolista.
Puede aprender algo sobre perseverancia.
Sobre frustración.
Sobre espera.
Sobre trabajo.
Sobre volver después de perder.
Sobre sostener una vocación durante años sin garantía de éxito.
Y allí aparece una pregunta que quizás sea más interesante que cuánto ganó Messi:
¿Qué dejó Messi en quienes lo miraron?
Hay algo especialmente conmovedor en pensar el vínculo entre padre e hijo cuando el hijo alcanza aquello que alguna vez fue un proyecto compartido.
Porque toda vocación comienza mucho antes de convertirse en profesión.
Hay una escena originaria en la que alguien mira a un niño hacer algo y le dice, explícita o implícitamente: “Podés”.
A veces esa mirada inaugura un camino.
No sabemos exactamente qué parte de esa historia pertenece al padre, qué parte al hijo y cómo se transformó ese vínculo a lo largo de los años.
Y no corresponde hacer una interpretación clínica de la intimidad de Messi.
Pero sí podemos observar algo universal: cuando muere un padre, también se modifica la relación del hijo con aquello que alguna vez construyó junto a él.
La pregunta deja de ser solamente: “¿Qué quiero hacer?” Y puede aparecer otra: “¿Para quién, además de para mí, significaba esto?”
Por eso el último partido de Messi con Argentina adquiere una dimensión que excede el resultado. Messi entró a la cancha sabiendo que ya no volvería a hacerlo como jugador de la Selección.
Y esta vez había una ausencia imposible de ignorar.
Su padre ya no estaba en el palco.
La noche del homenaje, Messi volvió a referirse públicamente a él y a la ausencia que significaba. La despedida estuvo atravesada por emoción, gratitud y orgullo por lo construido.
Hay algo profundamente humano en esa escena.
El hombre que durante años fue observado por millones de personas también tuvo que enfrentarse a una experiencia que no puede resolverse con talento: perder a quien amamos.
Ningún título protege contra eso. Ningún dinero. Ninguna fama. Ningún éxito. El duelo iguala.
Cuando una vocación sobrevive al duelo
Pero hay algo más.
Messi se despide de la Selección.
No necesariamente del fútbol.
Continúa su carrera profesional en Inter Miami, por lo que sería incorrecto interpretar esta despedida como el final absoluto de su actividad como futbolista.
Y esto permite introducir una diferencia psicológica fundamental: una cosa es cerrar una etapa y otra es perder el deseo.
La vocación puede transformarse.
Puede cambiar de escenario.
Puede abandonar una camiseta y conservar aquello que la originó.
Porque el deseo no siempre está atado al lugar donde comenzó.
Quizás Messi ya no necesite demostrar nada con Argentina.
Pero eso no significa que haya dejado de ser futbolista.
La Selección puede terminar como escenario.
El jugador puede continuar como sujeto deseante.
Y esta distinción me parece fundamental también para cualquiera que atraviesa una transición profesional.
#AD10S 🐐 👋 El saludo que hace latir nuestros corazones ❤️ https://t.co/7sTdUjvQ58
— 🇦🇷 Selección Argentina ⭐⭐⭐ (@Argentina) October 7, 2026
El problema de no saber quién soy cuando termina lo que hago
Hay personas que llegan a una etapa de su vida en la que su profesión, su empresa, su cargo o su función deja de ocupar el lugar que ocupó durante décadas.
Y entonces aparece una pregunta angustiante: “¿Quién soy si ya no soy esto?”.
Eso también puede suceder después de una jubilación, un retiro, una separación, una venta de una empresa o la pérdida de un cargo.
Cuando una identidad profesional ocupa demasiado espacio psíquico, terminar una función puede sentirse como perderse a uno mismo.
Por eso una transición saludable no consiste solamente en dejar algo.
Consiste en poder reconstruir una continuidad del sujeto más allá del rol que termina.
Messi no deja de ser Messi porque deja de vestir la camiseta argentina.
Pero sí necesita elaborar quién será ahora que esa camiseta ya no forma parte de su presente.
Hay algo que quizás nuestra cultura del rendimiento todavía no comprende.
No todo legado consiste en seguir haciendo.
A veces el verdadero cierre consiste en saber cuándo una etapa cumplió su función.
Messi no necesita jugar eternamente para demostrar que fue importante.
No necesita ganar otra Copa para completar su historia.
No necesita seguir siendo el 10 de la Selección para conservar aquello que construyó.
El legado aparece precisamente cuando la persona puede retirarse de un lugar sin que ese lugar desaparezca de su historia.
Y eso también es elaborar.
Quizás Jorge Messi ya no pueda acompañar físicamente a su hijo.
Pero aquello que construyeron juntos no desaparece con su muerte.
Queda en una trayectoria.
En una manera de trabajar.
En una historia familiar.
En decisiones.
En recuerdos.
En valores.
En hijos que ahora serán padres.
Y, sobre todo, en aquello que el hijo puede transmitir de lo recibido.
Porque quizás una de las formas más profundas de atravesar un duelo sea esta: no repetir literalmente la vida del que murió, sino transformar aquello recibido en algo propio.
El padre muere. El hijo continúa.
La identificación permite que algo del vínculo permanezca sin impedir que el sujeto siga viviendo.
Messi cerró su historia con la Selección.
Pero su vocación no necesariamente terminó con esa camiseta.
Y quizás ahí esté la enseñanza más interesante de esta despedida.
Hay finales que no son renuncias.
Hay finales que son transformaciones.
Un hombre puede despedirse de aquello que durante años definió una parte fundamental de su identidad y, al mismo tiempo, conservar vivo aquello que verdaderamente lo movía.
Porque una vocación profunda no siempre depende del escenario.
Depende del deseo.
Y quizás después de tantos años de jugar para un país, para una camiseta, para una historia familiar y para millones de personas, Messi pueda finalmente jugar también desde otro lugar: no para demostrar que puede, sino porque todavía quiere hacerlo.
Tal vez ese sea uno de los signos más interesantes de una carrera verdaderamente realizada.
No terminar cuando desaparece la exigencia.
Sino poder continuar cuando ya no hay nada que demostrar.
#AD10S 🐐 Sos los brazos al cielo. Sos el abrazo eterno. Sos resiliencia. Sos los momentos más felices. Sos esa pasión que es productiva para el corazón, quizá la más productiva de las pasiones. ¡Gracias! Simplemente gracias, Leo. https://t.co/FGQJKTFoYk
— 🇦🇷 Selección Argentina ⭐⭐⭐ (@Argentina) October 7, 2026
Y quizás, en algún punto, el cierre de la Selección sea también una forma de devolverle a Messi algo que durante mucho tiempo pareció pertenecerle a todos: su propio deseo.
Porque el padre puede morir.
La camiseta puede quedar atrás.
El héroe puede despedirse. Pero aquello que fue verdaderamente construido puede permanecer.
El duelo no siempre consiste en aprender a vivir sin el otro.
A veces consiste en aprender a vivir llevando con nosotros aquello que el otro dejó.
(*) Psicóloga clínica – Psicoanalista – Especialista en salud mental